Miércoles, 07 de Enero de 2026

El mito cae, el régimen sigue ahí

ColombiaEl Tiempo, Colombia 6 de enero de 2026

Durante años, Venezuela ha sido mucho más que un país devastado por una dictadura

Durante años, Venezuela ha sido mucho más que un país devastado por una dictadura. Se ha convertido en un símbolo oprobioso para América Latina y para el mundo: la demostración cruda de lo que ocurre cuando el poder deja de reconocer límites jurídicos, acuerdos mínimos y derechos humanos, y se ejerce, descaradamente, como fuerza bruta. Venezuela es hoy el nombre de la ruptura del pacto civilizatorio. Por eso hay que decir con claridad, aunque resulte incómodo: la salida de Nicolás Maduro no es todavía el fin de la pesadilla. No supone, automáticamente, la llegada al poder de quienes tienen la legitimidad moral o el respaldo popular. La historia -la real, no la soñada- nunca comienza donde quisieran los puristas del derecho internacional ni los demócratas de salón. Venezuela sigue siendo, hoy, un país donde el poder real no ha cambiado, no reside en los ciudadanos como individuos libres e iguales ante la ley, sino en una tríada perversa que el chavismo convirtió en dogma: Ejército, comandos populares o milicias que suplantan al pueblo, barones del crimen organizado y de economías ilegales. Trabajando todos como aparato de control, disciplinamiento y supervivencia del régimen. Esa tríada explica por qué el chavismo, sin Maduro, continúa ahí. El error más frecuente es creer que, caído el dictador, empiezan a gobernar los que debieran. No es así. La caída del dictador no equivale a la restauración inmediata del orden constitucional: entre la fuerza que aún manda y la legalidad que debe reconstruirse hay una transición inevitablemente pragmática. En las transiciones del poder, primero mandan quienes pueden evitar que el país se termine de perder en el caos total; después, quienes pueden gobernar; y solo al final, quienes pueden representar. Desde esa lógica fría, casi maquiavélica, hay que entender por qué ciertos actores deben seguir sentados a la mesa y otros no. No se trata de simpatías ni afinidades ideológicas, sino de utilidad estratégica. Delcy Rodríguez representa, para el gobierno de Donald Trump, tres factores decisivos: continuidad administrativa de un Estado colapsado; canal directo con el poder duro -militares, inteligencia, estructuras coercitivas-; y capacidad real de entregar algo tangible: órdenes, información, desmovilización. No manda sola, pero coordina. Y en momentos de choque, eso pesa. María Corina Machado, por el contrario, encarna una amenaza existencial para el chavismo duro y para sectores de la oposición que jamás aceptarán su liderazgo. No controla armas, ni territorio ni logística. En resumen, no puede garantizar nada. Su legitimidad es indiscutible, pero su presencia temprana bloquearía cualquier negociación inmediata. Es una constatación política. Edmundo González, a su vez, es un símbolo civil, un referente para futuros consensos democráticos. Pero tampoco es hoy un operador del poder real. Las transiciones auténticas -las que no fracasan- suelen atravesar tres fases. Primero, el control del desorden, negociando con quienes tienen capacidad de apagar o prender el incendio. Luego, el reacomodo del poder, incorporando civiles, técnicos y actores aceptables. Y solo al final, la legitimación democrática plena, con elecciones libres, participación ciudadana y liderazgos representativos. Nada de esto implica que María Corina esté fuera del juego. Al contrario: es probable que sea la figura que legitime y capitalice políticamente el proceso cuando el país esté en condiciones de elegir, no de sobrevivir. La alarma real no es que no esté hoy en la mesa, lo que es a todas luces impresentable es que se la quiera sacar definitivamente del tablero. Venezuela, entonces, no está ante su final feliz, sino ante el final de una ilusión peligrosa: la de creer que la historia obedece a deseos. Primero se habla con el poder armado; luego, con los civiles dispuestos a romper el cordón umbilical del populismo autoritario; y solo después, que esperamos no sea muy lejano, vendrá el protagonismo de un país que recupere su identidad como comunidad de ciudadanos libres.
Aún no termina la pesadilla
Viviane Morales Hoyos
La Nación Argentina O Globo Brasil El Mercurio Chile
El Tiempo Colombia La Nación Costa Rica La Prensa Gráfica El Salvador
El Universal México El Comercio Perú El Nuevo Dia Puerto Rico
Listin Diario República
Dominicana
El País Uruguay El Nacional Venezuela