Jueves, 08 de Enero de 2026

Sin Dios ni ley

ColombiaEl Tiempo, Colombia 7 de enero de 2026

Hablar de la "comunidad internacional" siempre ha requerido una fuerte dosis de cinismo

Hablar de la "comunidad internacional" siempre ha requerido una fuerte dosis de cinismo. Tras la Segunda Guerra Mundial, la utopía de un orden basado en reglas fue rápidamente fulminada por los hechos: desde los tanques soviéticos aplastando la disidencia en Europa del Este hasta el napalm estadounidense en Vietnam, pasando por la larga lista de dictaduras latinoamericanas impuestas desde Washington, a pesar de la existencia de la ONU, paralizada por la rivalidad de los bloques este y oeste. No obstante, incluso en medio de las guerras de Corea o las tensiones por Cuba, existían ciertos protocolos y el temor a una destrucción asegurada imponía límites. El problema actual es que, tras la caída del Muro y el derrumbe del bloque soviético, las potencias perdieron el miedo y, con él, la vergüenza. La llegada del siglo XXI marcó el punto de quiebre y el fin de las reglas. Desde la invasión a Irak, Washington y Moscú impusieron su propia ley, ignorando a la ONU, que se volvía cada vez más irrelevante. Rusia demostró en Ucrania que las sanciones no frenan a una potencia nuclear. Por su parte, Israel arrasó Gaza y acabó con la vida de 100.000 personas. Y a pesar de la ilegalidad y la crueldad de todas estas acciones, la ONU quedó paralizada por el veto de los poderosos. Ahora, las arbitrariedades se han trasladado a nuestro vecindario. Las alarmas se dispararon cuando Donald Trump, sin Dios ni ley, inició su campaña de bombardeo a embarcaciones en el Caribe, ejecutando tripulaciones sin fórmula de juicio. ¿Y cuál fue la respuesta del mundo? Un silencio atronador. Ninguna organización internacional se atrevió a llamar al orden al Tío Sam. Menos aún a sancionarlo. Con no poca razón, Trump interpretó ese mutismo como una luz verde y, empoderado por la inacción global, ordenó el ataque a Venezuela para raptar a Nicolás Maduro y a su esposa, violando los más elementales principios del derecho internacional y pisoteando incluso la ley estadounidense que le exige al presidente la autorización del Congreso para realizar tales acciones. Y lo ha hecho con un cinismo brutal: admitiendo que iba por el petróleo, y sin decir ni una palabra sobre el restablecimiento de la democracia ni la garantía de las libertades civiles ni el respeto de los derechos humanos en ese país. En este punto, no sobra hacer una aclaración: el hecho de rechazar esta actitud colonialista de EE. UU. no significa defender al dictador defenestrado. Cuestionar el caos internacional que siembra Trump no impide condenar a Maduro, quien presidía un régimen oprobioso que institucionalizó la violación de los derechos humanos, y encabezaba una tiranía que amordazó a la prensa, persiguió a la oposición y provocó un éxodo masivo, tras destruir la economía venezolana. Pero aceptar que una potencia secuestre líderes extranjeros -por despreciables que sean-, que la legítima defensa se convierta en exterminio o que un país se anexe territorios vecinos sería resignarse a la muerte del derecho internacional. La incapacidad de la ONU para frenar los ímpetus de los déspotas nos devuelve a la prehistoria diplomática; a un tiempo que parecía superado, cuando el derecho no existía y la razón siempre la tenía el más fuerte. Si no acusamos recibo con los horrores de Ucrania o Gaza, el caso de Venezuela nos deja notificados. ¿Qué sigue ahora? ¿Alguna incursión en México, en Colombia o en Cuba? ¿O quizás en Groenlandia...? Los delirios impulsados por nacionalismos tóxicos y egos imperiales conducen a aventuras militares que sabemos cómo empiezan, pero no cómo terminan. Los presagios no son nada alentadores. Y sin la camisa de fuerza de la Guerra Fría ni el amparo del derecho internacional, nadie está a salvo, y todos quedamos a merced de quien tenga el garrote más grande. puntoyaparte@vladdo.com
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