Sin principios
El único imperio, en el sentido moderno de esa palabra, que surgió en el siglo XX fue el de los Estados Unidos de Norteamérica
El único imperio, en el sentido moderno de esa palabra, que surgió en el siglo XX fue el de los Estados Unidos de Norteamérica. También la Unión Soviética lo fue a su manera, sí, pero en ese caso era más bien la continuación, con variaciones y matices, como pasa hoy con Putin, del viejo imperialismo ruso que concibieron los Románov en el siglo XVIII y que en el siglo XIX fue un elemento determinante y perturbador del ajedrez político del mundo. Pero desde 1898, cuando su intervención en la guerra de liberación cubana contra España, los Estados Unidos empezaron a ejercer como un gran poder global que se iría consolidando con el paso de los años, baste pensar nomás en lo que ocurrió en Panamá en 1903. Esa vocación imperial venía de muy atrás, desde la formulación misma de la ahora tan evocada ‘doctrina Monroe’, aunque solo en el siglo XX prosperó en serio y con toda su potencia. En 1917 los Estados Unidos intervinieron en la Primera Guerra Mundial y la definieron, poniéndose del lado de la Gran Bretaña y de Francia, y a partir de ese momento, bajo la inspiración de los principios liberales e internacionalistas del presidente Woodrow Wilson, quisieron darle una dimensión moral a su acción hegemónica, como si su destino histórico consistiera en usar su ya insuperable poder para reivindicar los valores de la democracia. Eso se acrecentó con la Segunda Guerra Mundial y luego con la Guerra Fría, en la segunda mitad del siglo XX, en un contexto bipolar en el que los Estados Unidos se proclamaban el bastión del llamado "mundo libre" contra la amenaza del comunismo soviético. Y aunque esa disputa era ante todo por el poder, como siempre en la historia, ambas potencias lograron darle un tinte épico e ideológico: el de la lucha definitiva por el futuro de la humanidad. Y es que el imperialismo americano (sí, ya sé que americanos somos todos aquí y no solo ellos, pero esa confusión tiene mucho que ver con lo que trato de decir en esta columna) no fue solo político y militar sino también cultural, expresado en el gusto y los hábitos de consumo, la lengua, la influencia de la industria del entretenimiento que en los Estados Unidos llegó a ser y es toda una civilización que deslumbró y conquistó al mundo entero. El problema es que todavía hay muchísima gente que, por ingenuidad o por inepcia, o por conveniencia, no se sabe qué es peor, cree que el mundo está sometido aún a esa lógica binaria y maniquea de la Guerra Fría, el pulso esencial y universal entre la izquierda y la derecha. Y aunque un rezago de eso queda en algunos de los debates de hoy, lo cierto es que las fuerzas que mueven los hilos del orden mundial van por otros cauces. ¿Cuáles? Hay muchas teorías que buscan explicarlo, imposible enumerarlas aquí. Lo que sí es muy claro es que la irrupción de un fenómeno como el de Donald Trump en los Estados Unidos implica una variación radical de los valores y principios que ese país quiso imponer, así fuera con hipocresía y cinismo, en el siglo XX. Y no solo en el plano exterior sino también en el doméstico , con un desprecio rampante y desvergonzado por el Estado de derecho. A Trump y a sus abyectos áulicos, muchos de ellos sus críticos de la víspera, y con razón, no les importan la democracia ni la libertad, los valores de la civilización cristiana, la lucha contra el comunismo, el narcotráfico, la inmigración ilegal. A ellos solo les importa el poder, el poder y el dinero, y usan esas causas como un sofisma para manipular aún más a sus alienadas y lunáticas bases. No tienen principios de ningún tipo, ese es su único principio. Y con Europa postrada y envilecida, lo que viene es una triste primavera para las tiranías. ¿Igual que siempre? Tal vez sí, no me parece un buen consuelo. www.juanestebanconstain.com
Barataria
Juan Esteban Constaín