Sábado, 10 de Enero de 2026

Qué fue la Nouvelle Vague: guía de la revolución que iniciaron unos nerds y vuelve al cine con Richard Linklater

UruguayEl País, Uruguay 9 de enero de 2026

El estreno de la película "Nouvelle Vague" y el reestreno por unos días de "Sin aliento", la película de Godard de la que recrea su rodaje permiten un acercamiento a un movimiento que cambió el cine

Para ser una novelería cuyo entusiasmo comercial fue relativamente moderado y ciertamente fugaz, la Nouvelle Vague galicismo para la nueva ola del cine francés de fines de la década de 1950 mantiene una influencia en el canon cinematográfico que no parece menguar.

Fue la gran revolución teórica y formal de la historia del cine, a la altura de lo que fue el impresionismo para la pintura. Democratizó su arte y aún hoy es muy probable identificar su estilo y espíritu tanto en películas de estudiantes como en candidatas al Oscar.

Nouvelle Vague, de Richard Linklater que ayer se estrenó en cines uruguayos, recupera con fidelidad cinéfila ese movimiento: cuenta el rodaje de Sin aliento, de Jean-Luc Godard. Sin ser cronológicamente la primera, allí se inauguró aquel movimiento de jóvenes iracundos, nerds del cine que se propusieron hacer lo que se les antojara. Quizás eso explica el encanto juvenil que conservan sus películas.

Como para completar la experiencia y tener un fin de semana tremendamente nuevaolero, la propia Sin aliento se exhibe en Cinemateca Uruguaya (sábado y domingo, 17.40) y Cultural Alfabeta (sábado, 17.00; domingo, 16.30; miércoles, 19.15). Es en versión restaurada con calidad 4K.

El término Nouvelle Vague excede al cine y, de hecho, toma su nombre de un informe de la revista L'Express de agosto de 1957, que era el resultado de una encuesta entre ocho millones de franceses de entre 20 y 30 años que, anunciaba la revista, en una década "se habrán hecho cargo de Francia, los más mayores en el poder y los más jóvenes votándolos". La nueva ola era la Francia que se venía.

En el cine, ese concepto estaba sintetizado en la muchachada que poblaba de diatribas las páginas culturales francesas y proclamaba no solo una nueva forma de ver y entender el cine, sino de cómo hacerlo.

Eran, entre otros, Claude Chabrol, François Truffaut, Jean-Luc Godard, Éric Rohmer y Jacques Rivette, murciélagos de la Cinemateca Francesa reclutados por André Bazin, el gran gurú de la revista Cahiers du Cinéma, su centro de operaciones. Eran principalmente intuitivos, aunque también tenían formación académica, que se quemaron los ojos en los nicotinizados programas de la Cinemateca que programaba Henri Langlois.

Desde allí, los enfants terribles de Cahiers reformularon la mirada sobre el cine clásico americano (al que habían estado expuestos al final de la guerra a niveles de sobredosis). Lo hicieron instaurando una desde entonces debatida "política de los autores", según la cual el director -incluso los más serviciales al modelo de Hollywood o a la industria- era el artista personal, dueño del estilo y de una forma de entender el cine y el mundo que lo hacía autor. Howard Hawks y Alfred Hitchcock, hasta entonces meros artesanos; ahora eran autores.

Desde las páginas de Cahiers, bombardearon el cine francés anterior ("el cine de papá", escribió Truffaut, el atrevido líder de la pandilla), al que consideraban parte de una "tradición de calidad" que había dado películas vacías y que no interpelaba a nadie. De ese revisionismo histórico se salvaron unos pocos -Renoir y Bresson, entre ellos-, una actitud parricida hacia un estilo pomposo y de época en el que, más temprano que tarde, cayeron algunos de ellos.

Los críticos trasladaron sus elucubraciones teóricas a sus propias películas, un paso que parecía inevitable, principalmente para Godard, quien claramente extendió su trabajo de crítico a toda su filmografía. El primero en estrenar fue Claude Chabrol (El bello Sergio, en 1958), pero fue Los 400 golpes, de Truffaut, lo que inició la revolución.

La película seguía unos días en la vida de un niño parisino (Antoine Doinel, el personaje de Jean-Pierre Léaud, que estará en cinco películas más de Truffaut) a merced de padres, profesores y un Estado incompetente, incapaz de entenderlo. Su primer plano final de Antoine increpando a la platea es clásico.

Los 400 golpes que le dio a Truffaut el premio a mejor director en Cannes en 1959, convirtió a Truffaut en una estrella y su estreno simbólicamente el mismo día que murió Bazin fue un fenómeno cultural tan grande como para impulsar la carrera de todos los de Cahiers.


https://youtu.be/GBeBdsfLwtI?si=io3JlwargW-v4eUy
Sin embargo, es Sin aliento, de Godard, estrenada en 1960, la que define las ideas de la generación.

Es una película de gánsters romántica llena de referencias al cine americano (Bogart por todos lados). Está presentada en un estilo que parece improvisado: rompe la cuarta pared, el montaje se saltea la continuidad y los recursos narrativos del cine utilizados de una manera que aparenta ser caprichosa y sintetiza el desdén por las formas tradicionales e industriales del cine.

A su espontaneidad juvenil ayudan las condiciones de rodaje: Godard aprendió a hacer cine haciendo cine. Y fundó un nuevo lenguaje.

Truffaut, Godard, Chabrol, Rivette y Rohmer estrenaron 32 películas entre 1959 y 1966, el período de mayor relevancia de la Nouvelle Vague, aunque su onda expansiva se extendería a las cinematografías de todo el mundo (hubo nuevas olas en Brasil, Polonia, Hollywood, Japón) y, más que desaparecer, permeó en la forma del cine.
https://youtu.be/M07nkTn-hX0?si=lg4Jm919RRqoDlXdNouvelle Vague, la película de Linklater, es una prueba de la relevancia de ese período y del carácter fundacional de Sin aliento, de la que es un making of ficcionalizado. Y una declaración de amor.

Lo hace replicando su forma de filmar, su aspect ratio y su blanco y negro, y reproduciendo ese aire de ciudad tomada que conseguía Godard, con un montón de actores desconocidos (la única estrella es Zoey Deutch, quien hace de Seberg). Aubry Dullin es un gran Belmondo y el joven Godard, engreído e inseguro de eternas gafas oscuras, es Guillaume Marbeck.



Los parecidos se extienden a los homenajes a figuras clave del período, con actores que posan en retratos acompañados de epígrafes con su nombre y que representan a todos los personajes de la época, incluyendo fugazmente un Martín LaSalle, el uruguayo que protagoniza El carterista, de Robert Bresson, cuyo rodaje aporta un escenario a la película. Se reconstruyen los sets, la redacción de Cahiers y los bares parisinos, lo que hace de Nouvelle Vague una experiencia inmersiva.

El texano Linklater es uno de los grandes directores estadounidenses de la generación surgida en la década de 1990. Su cine incluye la experimentación de su saga de Antes del amanecer y Boyhood, y productos más comerciales muy bien resueltos (Escuela de rock), dos aparentes opuestos que aborda con la misma independencia. Su otra película estrenada en 2025 (Blue Moon con Ethan Hawke) está entre las mencionadas para el Oscar.

Quienes estén familiarizados con el movimiento, las películas, el momento histórico y sus héroes tendrán una satisfacción más completa, pero Nouvelle Vague es una historia juvenil y de amor al cine, de un tiempo que ya se fue y en el que todo parecía posible. Incluso que unos jóvenes irreverentes hicieran las películas que se les antojaran.
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