Con solo chasquear los dedos
Hace poco agarré por televisión la primera película de Harry Potter en medio de una noche de insomnio y entendí que el éxito de la saga no se debe a sus personajes ni a sus diálogos, tampoco a su mitología con dementores, horrocruxes y escobas voladoras
Hace poco agarré por televisión la primera película de Harry Potter en medio de una noche de insomnio y entendí que el éxito de la saga no se debe a sus personajes ni a sus diálogos, tampoco a su mitología con dementores, horrocruxes y escobas voladoras. La razón por la que la historia cautivó al mundo es porque su protagonista tiene algo con lo que mucha gente sueña: dinero y fama instantáneos. Fue toda una revelación y me mantengo, no en vano siempre he dicho que las películas se entienden mejor en la madrugada que durante el día. En La piedra filosofal, un Harry menospreciado y relegado a una pequeña habitación bajo la escalera descubre que es hijo de un par de magos famosos y que, además de heredarles sus poderes, recibió de ellos una montaña de oro imposible de trepar. Sí, es huérfano, le tocó aguantar durante años a sus tíos y a su primo, y Lord Voldemort va por él, pero ¿qué es eso a cambio de tener cualidades especiales y una cantidad de dinero que no se va a acabar en tres vidas? La condición privilegiada de Harry se reafirma con el correr de los minutos, cuando escena tras escena las personas que se lo encuentran se sorprenden cuando lo conocen, saludándolo y afirmando que es un gran honor estar en su presencia. Y luego, al llegar al colegio, y al final mismo de la película, se consolida la fortuna del joven mago cuando el rector de la institución muestra un abierto favoritismo hacia él, siguiendo con interés cada uno de sus movimientos y regalándole arbitrariamente puntos a Gryffindor como quien reparte caramelos. Es que hasta el sombrero mágico ese que escoge la casa a la que irá cada nuevo estudiante (un método absurdo y poco práctico, como todo lo que ocurre en la película) se demora más tiempo en Harry, elogiándolo, mientras que a los demás niños los despacha en segundos. Es que el mundo ama a los ganadores así no tengan padres. Como nota aparte, pienso mucho en Harry Potter desde que Petro dijo que el dinero que no se había usado para organizar los Juegos Panamericanos (unos ochocientos millones de dólares) se destinaría para mejorar la infraestructura de los colegios del país y para incentivar el deporte entre sus estudiantes. Desde entonces me pregunto por qué cada institución educativa de Colombia no luce exactamente como Hogwarts. Volviendo al punto, las películas no recaudaron ocho billones de dólares en taquilla (más seiscientos millones de libros vendidos, más parques temáticos, más mercancía alusiva) gracias a Hermione y Ron, tampoco al giro del personaje de Snape, sino porque la gente quiere lo mismo que Harry: un talento innato y privilegios por los que no trabajaron; el eterno sueño de que de la nada alguien venga a salvarnos y a decirnos lo valiosos y únicos que somos. Ese es más o menos el mismo principio que manejan los influencers, por eso hoy hay más de eso que insectos en el pasto. Quienes aspiran a vivir de las redes sociales sueñan con riquezas y reconocimiento porque sí, y hacerse inmortales por subir videos pedorros (y lo peor es que muchos lo logran). El otro día vi uno con cientos de miles de reproducciones donde una persona celebraba el "haber sido capaz" de hacer una caminata en soledad por el Tayrona. Pisar las playas de un parque natural al que van más de medio millón de personas al año, vaya proeza. Aunque lo más curioso de Harry Potter, ya para terminar, es que tras diez años de rodaje y ocho entregas que suman veinte horas, se trate de una historia en la que no pasa absolutamente nada. Si se mira objetivamente, su trama pudo contarse en lo que dura un capítulo de El boletín del consumidor. En eso, cuesta reconocerlo, es superior la trilogía original de La guerra de las galaxias pese a ser una historia que debería dejar de gustarle automáticamente a cualquiera después de cumplir catorce años.
Harry Potter cautivó al mundo
Adolfo Zableh Durán