Martes, 13 de Enero de 2026

Las puertas del infierno

ColombiaEl Tiempo, Colombia 12 de enero de 2026

Ayer fui a ver Avatar con mis hijos, confieso que sin muchas ganas

Ayer fui a ver Avatar con mis hijos, confieso que sin muchas ganas. En general, nunca he tenido la sensibilidad afinada para la fantasía. Veo un árbol que habla, un pez que vuela o un entrenador de dragones y ya siento que estoy en la sala equivocada. Tal vez sea por eso que la idea de pasarme más de tres horas viendo una película sobre una tribu de seres azules en pugna contra los humanos no me resulta especialmente atractiva. Sin embargo, tal como en los sucesos de los últimos días, se abrió un espacio para lo inesperado. Entendí que los seres azules son el pueblo de la tribu Na’vi, habitantes del planeta Pandora, que miden más de tres metros y que tienen costumbres propias, como la fabricación de joyas y cerámicas, armas hechas a mano y ornamentos. Entendí que le cantan al equivalente de la Pachamama. Además, se conectan, literalmente, con otras especies a través de un lazo físico que atan entre sus cuerpos y celebran rituales y ceremonias como los de cualquier pueblo ancestral. La película, la tercera de la saga, es una historia épica de ciencia ficción y tiene lugar en el 2154. La gran paradoja es que muchos de sus referentes son aborígenes, hacen parte de un mundo perdido, ya inexistente, aunque aquí estemos hablando de algo que no sucede en la Tierra. Para hacerlo aún más complejo, este pueblo asentado en torno a un árbol sagrado vive sobre un mineral que los humanos necesitan para poder resolver su crisis energética. Es por eso por lo que las misiones intergalácticas de los militares, que, por supuesto, hablan en inglés, tienen por objeto aniquilar a los Na’vi para hacerse con su riqueza natural, un bien que para ellos es sagrado, pero para los invasores es un recurso más cuyo valor es meramente utilitario. No sé si fueron las gafitas para ver en tercera dimensión, o las crispetas con caramelo o el exceso de Coca-Cola, o el hecho de que mi hijo de ocho años en algún momento comparó al coronel del bando que buscaba aniquilar a los locales con Trump, pero lo cierto es que esta película absurda, incoherente, llena de criaturas inexistentes en una trama tan loca como improbable, me pareció que hablaba de nuestro presente con diáfana lucidez. Pensé en la dificultad que tenemos más y más para diferenciar lo verdadero de lo falso. Pensé en que al Estado ya no se lo apoya tanto en los principios, sino en lo cuantificable. Pensé que hemos perdido la mística de valorar todo cuanto no sabemos medir. Pensé en que la política en la Tierra, como en Avatar, se volvió un terreno de hombres depredadores dispuestos a romper todas las reglas del juego con tal de hacerse con esos recursos por los que todo está permitido. Pensé que los que actúan a sangre y fuego ya no respetan siquiera los antes infranqueables límites fronterizos. Pensé también que mis hijos crecen en un presente en el cual tenemos acceso a más conocimiento que nunca, pero no sabemos cómo será el mundo mañana. Pensé que esa incertidumbre es la base de la aceleración frenética y el caos. Pensé que los datos puros, sin mística, sin un dios, sin un sustento moral, no tienen sentido. Y entonces no pude sino preguntarme si no será acaso el infierno eso, una vida sin sentido, sin mística, sin objetivo. Un levantarse cada mañana sin un por qué, y aun así seguir haciendo lo mismo una y otra vez. ¿Estaremos entrando ya en la fase en que nuestra presencia aquí ha perdido su sentido o lo está perdiendo a una velocidad mayor que nuestra capacidad para dárselo? El ardor guerrero que invade a nuestros líderes recorre el planeta y su vértigo contagioso nos empuja a la sinrazón. Me pregunté si estaremos acercándonos a las puertas del infierno. Y con la última crispeta de caramelo sentí alivio de que fuésemos los humanos por fin los derrotados. Fin. @melbaes
Me pareció que Avatar hablaba de nosotros
Melba Escobar
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