Cuando las percepciones populares y la realidad se divorcian
Los ejemplos aquí referidos constituyen más evidencia sobre la necesidad de incluir la educación económica y financiera en la currícula liceal.
Es habitual encontrarnos con percepciones populares, o con ideas que la gente se forma sobre la realidad, que difieren de ésta.
Una, bastante frecuente, consiste en confundir el nivel general de precios con su variación. Es decir, cuánto cuesta vivir (o "qué caro está todo") con lo que aumentan los precios. Uruguay es hoy muy caro (en pesos y, mucho más, en dólares) pero los precios suben relativamente poco. Relativamente a lo que ha sido nuestra historia reciente, con la inflación en el eje del 8% y, todavía más, con lo que fueron las cuatro décadas de inflación crónica en la segunda mitad del siglo pasado.
Pero aún si nos quedamos con la inflación, es común escuchar que el 4% no es creíble, porque "en el almacén o en el supermercado las cosas suben mucho más". Es posible que la persona que piensa de ese modo, tenga in mente una canasta reducida y no la de los cientos de ítems que conforman la del IPC. En ésta, hay precios que suben más que el promedio y otros que suben menos e incluso algunos que bajan (por ejemplo, en 2025, algunos bienes y servicios con sus precios "atados" al dólar).
Si vemos cuánto cambiaron los precios entre octubre de 2022 (cuando se inició la serie actual del IPC) y noviembre de 2025, nos encontramos con que el promedio de los precios subió 14,4%, que el precio que más subió fue el de las mandarinas (+114,8%) y el que más bajó fue el gas por cañería (-39,5%).
Algo parecido sucede con el desempleo, que se ubica desde hace algunos meses en torno a 7%. Es el 7% de la población económicamente activa (población en edad de trabajar 14 y más años excluidos jubilados, estudiantes, rentistas, quienes sólo atienden las tareas de su hogar, entre otros) lo que arroja unos 140 mil compatriotas. Pero también hay otros 170 mil que están subempleados y, entre los plenamente ocupados, hay una cifra considerable de trabajadores sin registro o "en negro". Entre esas tres categorías, hay más de medio millón de uruguayos con "problemas de empleo". Seguramente la percepción de quienes descreen del bajo desempleo tenga en cuenta la situación de subempleados y trabajadores sin registro.
Y, ya que estamos en verano, hablemos de percepciones acerca de las temporadas turísticas. "A simple vista" la percepción se forma con la cantidad de personas que circulan por las zonas turísticas. Pero no es el número de visitantes el indicador correcto para evaluarlas, ya que puede cambiar (y cambia) la estadía o cantidad de días en los que el turista permanece en el país. Y, todavía más, también cambia el gasto diario de cada turista en promedio. Por lo tanto, no alcanza con ver si hay mucha gente o no, sino en saber cuánto gastaron todos ellos, que es la acumulación de los tres efectos: cuántos vinieron, cuántos días se quedaron y cuánto gastaron por día.
Más aún, con un dólar cuyo valor relativo (su poder de compra) ha venido cayendo a lo largo de los años, tampoco dicen mucho las comparaciones entre temporadas distantes entre sí, del gasto de los turistas expresado en dólares, sino que es preferible llevarlo a pesos uruguayos constantes. En esta temporada veremos muchos turistas no residentes en el país, pero ella será parecida a la pasada y distará considerablemente de las mejores temporadas, las de 2017 y 2018.
Otro tema que está en el tapete, a raíz del impuesto "a los ricos" que algunos promueven, es la percepción acerca de qué es ser rico aquí y ahora. Lo curioso es que pasan las décadas y se sigue con la vara fijada en el millón de dólares. Y, sin ir más lejos, con un millón de dólares de hace exactamente 20 años (cuando ya era discutible que un "millonario" fuera rico), hoy sólo se puede comprar el 39% de lo que se podía comprar entonces. Aquel millón, devino hoy en sólo 389 mil dólares en términos de poder de compra. Uno de los problemas de percepción de la realidad que padecemos por tener nuestras cabezas dolarizadas surge de comparar cifras distantes en el tiempo, expresadas en dólares. Ya sea de turismo, como vimos recién, de presupuesto de la enseñanza pública o de valores de los inmuebles.
Volviendo al impuesto a los ricos, no sólo se "corta grueso" con esa cifra absurda, sino que se desconoce la composición del patrimonio del eventual contribuyente, muchas veces en alta proporción integrado por inmuebles destinados a la vivienda familiar, a la producción o al alquiler, a los que aplicar una tasa anual de 1% resultaría confiscatorio. Por argumentos como estos, en el mundo se grava cada vez más a la renta y menos al patrimonio, como bien hizo Danilo Astori con su reforma de 2007.
Dicho sea de paso, esperemos que semejante disparate no prospere. Imagino que algo así, pero bien formulado, sólo podría ser aplicable en el caso de que tenga carácter universal. De lo contrario, daría lugar a una fuga de capitales desde nuestro país hacia jurisdicciones donde no rija, con la consiguiente pauperización de nuestro país. Y no precisamente de los "ricos".
Y, hablando de inmuebles, es frecuente escuchar a quienes dicen que con determinada inversión inmobiliaria multiplicaron por tres o cuatro, en dólares, en determinado período, el capital invertido. Si esas personas calcularan, para el mismo período, la evolución en dólares del costo de su seguro médico o de la matrícula del colegio, el liceo o la universidad de sus hijos, podrían encontrarse con múltiplos de portes parecidos. Lo mismo que con su salario. En fin, con muchos de los no transables.
Ocurre que la economía se encareció considerablemente en términos de dólares en los últimos 20 años, por lo que una idea más razonable de su retorno ha de surgir de la comparación de los precios de compra y venta de su inmueble, expresados en Unidades Indexadas (UI) o sea a precios constantes, en términos reales, o en poder de compra de su capital. Se trata de otro ejemplo de la incidencia de la dolarización de nuestras cabezas a la hora de entender la realidad.
Y los ejemplos aquí referidos constituyen más evidencia sobre la necesidad de incluir la educación económica y financiera en la currícula liceal.