La ley del más fuerte: el espejo que nos devuelve Trump
A veces, las declaraciones más crudas de los líderes mundiales sirven para desnudar verdades que preferimos ignorar
A veces, las declaraciones más crudas de los líderes mundiales sirven para desnudar verdades que preferimos ignorar. Recientemente, el mundo escuchó una idea que parece sacada de otros tiempos: que el único límite para un gobernante es su propia voluntad y que las normas internacionales son, básicamente, algo prescindible.
Aunque muchos lo lean como una simple provocación, es en realidad un síntoma de algo mucho más grave. Nos están diciendo que el sistema que construimos para que el mundo no fuera una selva está en terapia intensiva.
La trampa del "formalismo vacío"
En nuestra vida cotidiana, una ley funciona porque hay una consecuencia si se rompe. En el escenario del mundo, esa lógica se ha perdido. El derecho internacional se está pareciendo cada vez más a un manual de buenos deseos y cada vez menos a un reglamento de convivencia real. Cualquier sistema —ya sea un Estado o un mercado global— colapsa si las reglas no son ejecutables.
Desde hace años, vemos cómo los organismos internacionales denuncian los atropellos con una precisión quirúrgica, pero actúan con una parálisis absoluta. El resultado es frustrante: la norma termina siendo una coartada para la inacción. Cuando la ley no tiene el poder real para frenar al que abusa, deja de ser justicia y se convierte en un formalismo vacío que solo protege al opresor.
La historia no se escribe con comunicados.
La historia es una maestra implacable y no se deja seducir por los buenos modales diplomáticos. El nazismo no se detuvo por un comunicado de prensa, ni las dictaduras que sufrimos en nuestra región terminaron porque un grupo de expertos firmó un papel en una oficina lejana. Esos procesos terminaron cuando el poder real cambió de manos o cuando el costo de sostener la injusticia se volvió insoportable.
Hoy, la realidad nos devuelve un espejo incómodo: un mundo donde el poder manda, la voluntad del más fuerte decide y la ley solo se aplica si no molesta. Es una visión brutal, pero es el resultado de haber permitido que nuestras instituciones se vuelvan irrelevantes.
Un debate global urgente
Este diagnóstico no es una preocupación aislada. En este preciso momento, desde los pasillos de la ONU en Nueva York hasta los tribunales de La Haya, el mundo se pregunta lo mismo: ¿cómo reformar un sistema que parece diseñado para la parálisis?
Se discuten reformas al Consejo de Seguridad para evitar el veto que frena la paz, y los países del sur global —como la Argentina— reclaman que las reglas sean iguales para todos y no solo para los más débiles. La discusión ya no es sobre qué dice la norma, sino sobre quién tiene la voluntad política de administrarla y hacerla cumplir.
Conclusión: ¿Derecho o literatura?
Si el derecho internacional quiere volver a ser respetado, debe recuperar su capacidad de producir efectos en la realidad. No podemos seguir aceptando una legalidad que solo sirve para tranquilizar conciencias en conferencias elegantes, mientras millones de personas sufren el exilio, el hambre o la persecución bajo el silencio de la burocracia internacional.
Como senador nacional y como alguien que cree en la política como herramienta de transformación, estoy convencido de que para un país como la Argentina el derecho internacional es nuestra defensa más importante. Pero esa defensa solo será real si deja de ser literatura y vuelve a tener peso.
El veredicto de la historia siempre es el mismo: cuando el derecho renuncia a actuar, su lugar lo ocupa, inevitablemente, la fuerza. Y en un mundo donde sólo manda la fuerza, los que siempre pierden son los más débiles.
El autor es presidente del bloque de senadores nacionales de Pro