Jueves, 15 de Enero de 2026

Machado en Washington

ChileEl Mercurio, Chile 15 de enero de 2026

Hoy, para EE.UU., no basta con representar legitimidad democrática.

La visita a Washington de María Corina Machado -líder opositora venezolana y premio nobel de la paz 2025- para reunirse con el Presidente Donald Trump se produce en un momento especialmente delicado para su país y para ella misma. No se trata de una gira simbólica ni de una fotografía destinada a la prensa internacional, sino de un encuentro cuyo desenlace podría condicionar el rol político que Machado tendrá (o no) en el proceso que se abre tras la captura de Nicolás Maduro y la posterior instalación de Delcy Rodríguez como Presidenta interina, con quien ayer Trump habló telefónicamente, para luego prodigarle elogios.
En los días previos, Machado fue recibida en el Vaticano por el Papa León XIV, en un gesto que reforzó su legitimidad moral como figura central de la oposición venezolana. Sin embargo, la reunión en la Casa Blanca responderá a una lógica distinta: la del interés estratégico y económico de Estados Unidos.
Desde la perspectiva de Washington, la prioridad no es acelerar una transición democrática, sino asegurar estabilidad política, control institucional para evitar revueltas y condiciones favorables para el retorno de las grandes petroleras estadounidenses. Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del planeta, estimadas en más de 300 mil millones de barriles, y ese dato pesa hoy más que cualquier consigna democrática. En este contexto, se explica el pragmatismo de la administración Trump, dispuesta a privilegiar interlocutores funcionales que garanticen orden, previsibilidad y continuidad operativa.
Ese es el dilema que enfrenta Machado. El Nobel de la Paz -que Trump también aspiraba a recibir- la proyectó como un símbolo internacional de resistencia democrática, pero también la situó ante una paradoja incómoda: ser reconocida globalmente mientras corre el riesgo de quedar marginada de las decisiones reales sobre el futuro de su país. Trump no ha ocultado su escepticismo respecto de su capacidad para liderar una transición inmediata y su gesto de ayer a Delcy Rodríguez, veinticuatro horas antes de reunirse con Machado, parece decirlo todo.
Así, la pregunta clave es qué puede ofrecer Machado para no ser desplazada del tablero. No basta con representar legitimidad democrática. Debe demostrar que puede contribuir a la estabilidad interna, contener la conflictividad social en un país exhausto tras años de crisis y migración masiva -más de 7,7 millones de venezolanos han abandonado el país, según cifras internacionales- y ofrecer garantías de que una futura apertura política no derive en una mayor influencia de China, Irán o Cuba en el hemisferio.
No hay que olvidar que, en este primer año de su segunda presidencia, Donald Trump ha demostrado -tanto a aliados como a rivales- que su política exterior tiene una base eminentemente transaccional, en la que siempre busca obtener algo, ya sea una ganancia concreta o una ventaja estratégica. Y es a través de ese prisma que probablemente analiza la figura y futuro rol de Machado.
La reunión con Trump no definirá por sí sola el destino de Venezuela, pero sí enviará una señal inequívoca. En la política internacional contemporánea, incluso los símbolos más poderosos pesan menos que la capacidad de ofrecer estabilidad en medio del caos. Y Washington, hoy, habla el lenguaje del cálculo.
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