Viernes, 16 de Enero de 2026

¿Sorpresa para quién?

UruguayEl País, Uruguay 16 de enero de 2026

Una inflación por debajo de la meta beneficia a los consumidores y mejora el salario real, pero complica las cuentas fiscales.

Que la inflación haya cerrado 2025 en 3,7%, casi un punto por debajo de la meta del 4,5% fijada por el Banco Central del Uruguay (BCU), es -en términos absolutos- una muy buena noticia. Es, de hecho, una señal de normalización: Uruguay empieza a moverse en niveles inflacionarios mínimamente homologables a los de la mayoría de los países con los que se compara. Cuesta entender, entonces, el tono de que en los últimos días adoptaron algunos jerarcas, analistas y empresarios, que parecen adjudicar a la política monetaria los problemas de los otros campos de la política económica.

El propio presidente del BCU, Guillermo Tolosa, fue claro al señalar que una inflación menor al 4,5% es positiva para el país y que su aspiración es, justamente, bajar esa meta en el futuro. No hay sorpresa posible: la desinflación fue buscada, anunciada y celebrada. Muchos advertimos, además, que la inflación iba a terminar siendo más baja que la proyectada y que eso iba a dejar obsoletas varias proyecciones oficiales, en particular las fiscales.

El problema no es la inflación baja. El problema es haber construido un presupuesto y unas pautas salariales sobre supuestos que no resistían el menor análisis. Asumir una inflación del 4,5% durante todo el quinquenio, en un contexto en el que el propio BCU anunciaba su voluntad de perforar esa meta, solo puede explicarse por una razón: hacer que las cuentas cerraran mejor en la planilla.

Como explicó Déborah Eilender, una inflación por debajo de la meta beneficia a los consumidores y mejora el salario real, pero complica las cuentas fiscales si el gasto no se ajusta. No porque la inflación sea "demasiado baja", sino porque se sobreestimó la recaudación nominal. Algo similar ocurre con la competitividad y el empleo. José Antonio Licandro lo señaló con precisión: los sectores transables ven subir sus costos domésticos -salarios incluidos- por encima de sus ingresos, afectando la rentabilidad y la inversión futura. Pero, otra vez, el origen del problema no es la inflación baja, sino la rigidez y el desalineamiento de la política fiscal y salarial.

Resulta llamativo ver ahora a tantos apuntar contra el BCU, como si fuera responsable de un éxito incómodo. Se dice que "la pelota está en la cancha del BCU". No es así. Es cierto que la política monetaria debe moverse hacia una fase más expansiva, y todo indica que habrá nuevas bajas de tasas. Pero la principal responsabilidad del deterioro de la competitividad no está ahí. Está en un gasto público estructural inflexible a la baja, en un presupuesto recién aprobado que ya quedó viejo, en pautas salariales desalineadas con la inflación real y en la falta de correcciones oportunas.

El BCU debe hacer lo que corresponde: bajar la tasa. Pero el MEF debe revisar su programación financiera, aceptar la nueva realidad y ajustar el gasto para evitar una dinámica insostenible de la deuda pero también la agudización del proceso de pérdida de competitividad. Y el Ministerio de Trabajo debería cuidar como un tesoro la creación de empleo, antes de que volvamos a recorrer el camino de destrucción que ya conocimos entre 2015 y 2020. Apuntar contra el Banco Central puede ser fácil.

El problema es que no sirve de nada.
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