Los ideales en aurora boreal
Desde el humus fértil de nuestro subtrópico, mirémonos en el espejo de esas definiciones y esas actitudes.
En números, Groenlandia es un himno al absurdo. En sus 2:166.086 kilómetros cuadrados -cuyo 81% está cubierto de hielo- viven 57.000 habitantes. En esa enorme isla ha logrado autonomía política en su mancomunidad con Dinamarca, que la subsidia anualmente con 633 millones de dólares, es decir, 11.300 dólares per cápita.
Es ese el terrItorio que Donald Trump anunció comprar o invadir, aprovechando los ratos libres que le dejan las tragedias humanitarias en que se involucró. Obviamente no ambiciona apropiársela como mercado, pues la población de Groenlandia es menor que la de Durazno. Declara quererla por motivos militares de defensa, lo cual de ser cierto habría debido generar planteos sutiles y confidenciales, en vez de gruñidos y amenazas.
Planteado el reclamo en modo descalabro, pareció que el omnímodo Trump dominaba la escena con la materialidad gruesa de su protagonismo.
Y sin embargo, entre los peñascos helados surgieron definiciones estremecedoras, que volvieron a sentar el "querer vivir colectivo" que está en la base de toda fraternidad nacional.
Una señora Tillie Martinussen, hasta ahora desconocida, apareció pronunciando un discurso que estremece, reordena e impulsa. "Es un enorme error de cálculo pensar que los groenlandeses pueden ser comprados. Incluso si nos dijeran: "100.000 dólares por persona", nunca renunciaríamos a la sanidad gratuita, a la educación gratuita, a nuestra soberanía, que tarde o temprano es nuestro objetivo".
"No queremos ser ricos como los estadounidenses. Basta ver lo codiciosos que son. Llegaron incluso a disparar contra sus amigos o a invadir a sus amigos por pura codicia. Sabemos que en nuestro subsuelo podría haber minerales y petróleo, y que valen enormemente más que cualquier cifra. Pero incluso si no los hubiera, de todos modos no nos dejaríamos comprar".
Y después de otras consideraciones, remató: "Sabemos muy bien que, si nos independizáramos mañana, él nos invadiría de inmediato, porque no tendría problemas ni con la OTAN ni con Europa. Por eso creo que está apostando de manera insultante por la idea de que los groenlandeses son personas estúpidas, sin educación, que no siguen las noticias del mundo. Pero no es así. Es exactamente lo contrario".
"Estaremos aquí por cientos de años después de Trump. Aunque nos invadiera, simplemente lo esperaríamos como se espera el mal tiempo. Aquí todos saben que es el clima el que decide: Si llega una tormenta, nos refugiamos un día o dos". "Podríamos refugiarnos durante un año o incluso diez o veinte años, y luego regresaríamos a Dinamarca tan pronto como Trump y los que son como él se hayan ido".
Enceguecido y paralizado por planteos de corto plazo, empequeñecido por determinismos materialistas sin vuelo, el mundo ha temido una caída sin esperanzas de los sentimientos de amor al terruño. Pero he aquí lo humano que renace con espontaneidad heroica; y en un país que parece dibujado por Walt Disney, surgen posturas con resonancias de lo que enseñaron Churchill y De Gaulle.
Desde el humus fértil de nuestro subtrópico, mirémonos en el espejo de esas definiciones y esas actitudes.
A ver si sacamos buena nota enterrando definitivamente divisiones que, sin los hielos de Groenlandia, nos tienen yertos.