Lo que defienden los nostálgicos de Maduro
Policías en Caracas intervienen para contener las protestas por la escasez de alimentos durante el gobierno de Maduro
Quienes aún hoy defienden a Nicolás Maduro necesitan ser confrontados con lo que esa defensa significa en la práctica
Policías en Caracas intervienen para contener las protestas por la escasez de alimentos durante el gobierno de Maduro
Quienes aún hoy defienden a Nicolás Maduro necesitan ser confrontados con lo que esa defensa significa en la práctica. No con eslóganes, ni teorías, ni justificaciones ideológicas. Necesitan recordar qué sucede en la vida real cuando un país entero es gobernado como una excepción permanente y el absurdo se impone como normalidad.
Durante años, el dinero dejó de cumplir su función básica en Venezuela. La hiperinflación no fue un gráfico: fue el salario desvaneciéndose entre el día en que se cobraba y el siguiente. En 2018, los precios subieron más de un 130.000%. La gente no ahorraba: corría . La dolarización informal no fue ideológica; fue instintiva, una respuesta de supervivencia.
La economía colapsó como en tiempos de guerra, pero sin guerra declarada. Entre 2013 y 2020, el PBI per cápita cayó más del 70%. Un país que producía cientos de miles de millones de dólares se encogió brutalmente. En los mercados llegó a venderse carne en mal estado, que los venezolanos comían condimentándola con limón.
El petróleo permaneció en el subsuelo, pero el Estado desapareció en la superficie. La producción cayó cerca de un 70%. Refinerías expropiadas paralizadas, oleoductos corroídos y técnicos sustituidos por lealtad política. Las filas para cargar nafta en un país petrolero se volvieron rutina.
Las valijas pasaron a formar parte del mobiliario doméstico. Más de 7,7 millones de venezolanos partieron. No por ambición, sino por imperativa necesidad. Familias fracturadas, hijos creciendo a la distancia y países vecinos absorbiendo un éxodo forzado. Ninguna nación progresa exportando su futuro.
La violencia ocupó el espacio del Estado. Con una de las tasas de homicidios más altas de la región, milicias y crimen organizado llenaron los vacíos institucionales. La policía dejó de significar protección para ser sinónimo de riesgo, integrando a un sistema donde las detenciones arbitrarias y los presos políticos dejaron de ser anomalías para convertirse en herramientas de gestión.
La justicia perdió toda autonomía, volviéndose previsible solo en su parcialidad. La pobreza extrema alcanzó a la mayoría de la población, mientras los subsidios clientelistas sustituyeron a las políticas públicas y destruyeron a la clase media, el verdadero amortiguador de cualquier sociedad.
El delirio del régimen alcanzó incluso la psiquis de los más vulnerables . En un esfuerzo de adoctrinamiento surrealista, se volcaron recursos a dibujos animados donde el "superhéroe" es el propio líder -el "Súper Bigote"-, intentando normalizar el culto a la personalidad desde la infancia. Finalmente, la voluntad popular fue confiscada mediante elecciones viciadas y el fraude institucionalizado.
Nada de esto fue accidental. Nada de esto fue inevitable. Y nada de esto fue normal.
La salida de Nicolás Maduro no borrará en lo inmediato los daños acumulados, pero remueve la anomalía central que organizaba el colapso. Al recordar el cotidiano venezolano bajo su gestión, resulta así muy difícil comprender la posición política de quienes, desde la Argentina, siguen alzándose contra el fin de su trágico reinado. Aún no podemos hablar de cambios en el régimen, solo de una transición que alimenta la esperanza del pueblo de Venezuela en tránsito a una democracia verdadera.