Realidad virtual
Estamos tendidos con el Prócer sobre las arenas de la playa entibiando el cuerpo después de un chapuzón en el mar
Estamos tendidos con el Prócer sobre las arenas de la playa entibiando el cuerpo después de un chapuzón en el mar. A lo lejos veo a mi nieta de 7 años, Guadalupe, apodada "Lupita", haciendo un castillo en la arena. "¿Sabe el curioso panorama que le inventé el otro día?", le comento, picando su curiosidad. Y le cuento que la llevé junto a una de mis hijas a un local que ofrece experiencias de realidad virtual, donde protagonizamos un combate mortal, ellas en mi contra. Nos proveyeron de unos fusiles, y no más colocarnos unos anteojos especiales, nos sumergimos en una estación espacial llena de laberintos, donde debíamos perseguirnos y dispararnos rayos láser. La lucha se desarrollaba en un paisaje espacial, con estrellas y cometas, atravesando abismos que provocaban vértigo. "¿Y quién ganó?", me pregunta. Le respondo que yo fui el vencedor pues el número de nieticidios y filicidios que cometí con mi fusil superó a aquel de los parricidios de ellas". "¿No te sentiste un poco ridículo a tu edad en un juego de adolescentes?", inquiere con una pizca de crueldad. Contesto que al principio sí, pero ya inmerso en la realidad virtual, disfruté tanto la experiencia que se me ocurrió la peregrina idea de desafiarlo al jueguito aquel apenas terminen las vacaciones.
"Hummm, en una de estas me tiento", replica. "Pero por ahora prefiero la realidad virtual política, con aquello del legado y los mil avances del gobierno que termina".