La rebelión de la sensatez
Hay una sabiduría silenciosa que empieza a ganarles la partida al ruido de las plazas y al caos de las redes
Hay una sabiduría silenciosa que empieza a ganarles la partida al ruido de las plazas y al caos de las redes. Es una rebelión, una transición de conciencia ciudadana que no se ve en los titulares, pero que se escucha en conversaciones normales; en el café, en la fila, en los mensajes de voz, en el diálogo cotidiano. La gente está cansada del ruido, del grito, del espectáculo. Y, sobre todo, cansada de que le prometan cosas que sabe -porque no es tonta- que no llegan así de fácil. La ciudadanía crece en sabiduría y entiende que la vida no funciona a punta de deseos. Que no se puede tener todo al tiempo, ni de un solo golpe ni de la noche a la mañana. Incluso, entiende que tenerlo todo de una vez dejaría la vida vacía. Que cada cosa importante toma tiempo, esfuerzo y constancia. Y que, aun cuando algo llega, siempre hay algo más por construir. Esa lógica, tan básica en la vida personal, parece perderse en los discursos de la época electoral. De pronto todo es urgente, todo es posible, todo se puede resolver ya. Como si no existieran límites. Como si no hubiera que priorizar. Como si construir bienestar fuera un acto de voluntad y no un proceso. Pero la gente sabe que cuando a una casa no le alcanza el ingreso, no se puede prometer todo. Ni el viaje, ni la remodelación, ni el colegio más caro ni cambiar el carro el mismo año. Se prioriza, se planea y se construye. No por falta de sueños, sino por responsabilidad. Por eso hoy se siente, entre la gente, un deseo colectivo de sensatez. De que se les hable claro. De que se les trate como adultos. Las personas están pidiendo honestidad. Que no les vendan atajos ni les prometan todo, sino que les expliquen qué se puede hacer primero y por qué. Que se reconozca que los recursos públicos no son infinitos y que, justamente por eso, hay que cuidarlos mejor. Según datos del Fondo Monetario Internacional y del Ministerio de Hacienda, Colombia arrastrará un déficit fiscal cercano al 7 % en 2025 y una deuda pública que superará el 62 % del PIB, con proyecciones de crecimiento para 2026. Dicho de forma simple, el país gasta más de lo que le entra y tiene cada vez menos margen para improvisar. Los ingresos del Estado, esos que provienen de los impuestos que paga toda la sociedad, son menores que los gastos. Es una realidad económica que condiciona cualquier promesa, venga de donde venga. Y, aun así, la conversación pública insiste en el "todo ya". Como si decir la verdad fuera un acto de debilidad. Como si reconocer límites fuera renunciar al bienestar. Yo creo lo contrario. Creo que el verdadero respeto por la gente empieza cuando se deja el show y se habla con franqueza. Cuando se entiende que construir bienestar es una tarea de largo aliento, no un truco de campaña. Hablar de bienestar real implica más que cifras. No basta con que casi el 100 % de los colombianos estén afiliados al sistema de salud si no acceden oportunamente a servicios y medicamentos. No basta con cobertura educativa sin calidad ni libertad de pensamiento. Y no hay verdadera independencia económica cuando más del 56 % de la población trabaja en la informalidad, sin condiciones de seguridad social. La ciudadanía pide honestidad, prioridades claras y realidades de lo que podemos tener. Organizar las cuentas, organizar bien el recaudo de recursos y mejorar la calidad del gasto es, como el sol, una realidad que no se puede tapar con un dedo. La rebelión silenciosa de la sabiduría ciudadana nos está llevando a comprender que no tenerlo todo "ya" no es fracaso. Es proceso, es camino, es dejar algo por conquistar y construir mañana. Y quizás, en este momento del país, eso -la calma, el orden, las prioridades claras- sea la única promesa en la que realmente podemos creer.
No prometerlo todo
Patricia Rincón Mazo
Creo que el verdadero respeto por la gente empieza cuando se deja el ‘show’ y se habla con franqueza. Cuando se entiende que construir bienestar es una tarea de largo aliento, no un truco de campaña.