Más que una respuesta inmediata, perseverar en el amor
En el evangelio de hoy, tras cuarenta días, Jesús ha vencido las tentaciones del demonio en el desierto y "desde entonces comenzó a predicar diciendo: 'Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos'" (Mateo 4, 7)
En el evangelio de hoy, tras cuarenta días, Jesús ha vencido las tentaciones del demonio en el desierto y "desde entonces comenzó a predicar diciendo: 'Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos'" (Mateo 4, 7). Estas palabras resumen toda la misión de Cristo, de su Iglesia y de todo bautizado.
La conversión, ¿era esto lo que siempre buscaba Jesús al acercarse a alguien? Santo Tomás de Aquino afirma que el fin es lo primero en la intención y, efectivamente, así comienza su vida pública y lo reitera en todo su ministerio. Es lo que busca hoy con todo su corazón al "llamar" a Simón, Andrés, Santiago y Juan: "Vengan en pos de mí...". (Mateo 4, 19).
La conversión cristiana es una llamada a "hacerse", "conformarse" y "convertirse" en otro Cristo. El salmista anhela vivir la vida de un hijo de Dios: "Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor" (Salmo 27, 4).
Esta llamada tuvo en estos hombres una respuesta valiente, generosa y llena de fe: "inmediatamente -Simón y Andrés- dejaron las redes y lo siguieron" (Mateo 4,20) e incluso Santiago y Juan "dejaron... a su padre" (Mateo 4,22).
¿Qué busca Jesús cuando come y bebe con pecadores? ¿Solo dar compañía? ¿Cuando conversa con la samaritana en el pozo? ¿Solo saciar su sed? ¿Cuando se hace invitado en casa de Zaqueo? ¿Tener un lugar donde comer? Jesús quiere pasar tiempo con los niños, enfermos y viudas; conocer y distraerse con Marta, María y Lázaro. Los escucha y acompaña, pero nunca olvida que es el Salvador de cada uno de ellos.
"A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló" (Isaías 9, 1). Lo que el Salvador busca en su corazón es lo último que consigue con su acción. Pero, ¿cómo se explica esto si los apóstoles lo siguieron enseguida? Una cosa es la respuesta inmediata -que hay que alabar- y otra distinta es que esa conversión se haya verificado plenamente.
Si preguntamos a los apóstoles qué garantías les dio su decisión, quizás nos dirían: cuando te comprometes en una aventura épica, no buscas garantías; si lo haces, transformas la empresa en una caminata segura por el jardín de tu casa. La aventura cristiana es apasionante porque la conversión del mundo está unida a nuestra propia conversión en Cristo . La única "garantía" sería no olvidar dos cosas: hacia dónde va mi vida -qué quiere Dios de mí- y perseverar diariamente en esta aventura de amor.
Hoy leemos la admirable respuesta de los apóstoles, pero ¿cómo continuaron sus vidas junto al Salvador? Los evangelios muestran sus aciertos y errores, fidelidades y traiciones, miedos y ambiciones... y, finalmente, !cómo son santos¡
"La santidad está en la lucha, en saber que tenemos defectos y en tratar heroicamente de evitarlos. La santidad -insisto- está en superar esos defectos..., pero nos moriremos con defectos: si no... seríamos unos soberbios" (S. Josemaría, Forja 312). La santidad no es una hoja de vida inmaculada ni una competencia; es una aventura épica donde perseverar por amor lo es todo y donde, paradójicamente, los últimos pueden ser los primeros.
Renovemos el deseo de vivir esas sucesivas conversiones, alejando la pretensión de cambiar nuestra vida en un solo instante. Cuando nos sintamos débiles, acerquémonos a Jesús con confianza: "Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor" (Salmo 27, 14).
"Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos... vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: Vengan en pos de mí y los haré pescadores de hombres".(Mt. 4,17-19).