Mercosur, paredón y después
Pensar el Uruguay es pensarlo en el mapa de un mundo que va tomando nuevas formas.
La noticia del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea vuelve a dejar dos cosas en evidencia. No es aún un triunfo digno de aplausos, es una responsabilidad política que debe evaluarse desde el interés nacional.
Primero, que si hubo un momento -hace ya varios años- en que decidimos golpear la puerta para entrar al bloque regional, fue para no quedar aislados ni perder los mercados regionales. Nadie nos lo impuso: fue una decisión política.
A su vez, la firma del sábado no garantiza un giro de 180 grados ni borra el hecho de que, más de una vez, nuestro país durmió la siesta en tiempos de bonanza, atrapado en una suerte de pasividad bovina. El acuerdo importa, pero importa mucho más la capacidad política que tengamos para hacernos cargo de lo que implica. En estos países de América, necesitados de volcarse estructuralmente al comercio exterior, la realidad actual abre un conjunto de oportunidades, pero también exige algo más básico y menos declamado: autorespeto. Uruguay, Estado independiente y además frontera, no puede ignorar que pertenece a una región que es, con sus pros y contras, un activo en la negociación internacional.
La historia está ahí para aprender de ella. Las diferencias históricas pueden comprenderse y administrarse en el corto plazo, pero una región que necesita desarrollarse requiere horizonte compartido y un plan de conjunto de largo plazo.
El país requiere de más apertura, sí; y también de más proactividad inteligente. Eso supone reactivar coordinaciones con los países más chicos de la región y profundizar formas de paradiplomacia vinculadas a las cadenas regionales de valor y a los núcleos productivos del sur de Brasil y del litoral argentino. Ni romántico ni extravagante: esa fue, en esencia, la lógica que dio origen al Mercosur.
La falla, a mi juicio, no es técnica: es política.
Por eso, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea no debería celebrarse como un triunfo diplomático. El anuncio de que el Parlamento Europeo llevará el pacto a la justicia, demorando su entrada en vigor, confirma que en estos procesos no hay final hasta el final. Ningún acuerdo, por sí solo, genera desarrollo si no hay un país preparado para aprovecharlo. Empieza la larga marcha y no hay nada peor que no estar a la altura de lo que implica. El gobierno y sus voceros de turno deben tener en cuenta que el problema no es adaptarse al mundo, sino decidir qué país queremos preparar frente a escenarios cada vez más inciertos
Sin comercio no hay trabajo. Sin trabajo y empleo, no hay paz social ni perspectivas de desarrollo. El tratado ofrece un marco jurídico que puede atraer inversiones europeas y que puede, en caso de que estemos preparados, potenciar algunos de nuestros sectores productivos. Pero eso exige, al mismo tiempo, una modernización interna del Mercosur.
Conocer un país es una tarea que lleva años. Pensar el Uruguay es pensarlo en el mapa de un mundo que va tomando nuevas formas. Si afirmamos que el país precisa un nuevo nacionalismo a la altura de la época, lo decimos también porque es necesario retomar la conciencia internacional. Al final del día, la vara es la misma: lo que no da trabajo, no vale. La quilla de nuestro barco hiende mejor las aguas embravecidas.