Mi vieja mula se presenta mañana en el Teatro de Verano con un espectáculo que combina ironía, teatralidad y mirada crítica. Conocé la historia de este conjunto oriundo de Shangrilá, marcado por la identidad y la resistencia.
Mi vieja mula nació en 2012, en Shangrilá, entre libros de psicología. La fundó un grupo de estudiantes canarios que integraban La novia de Canela y que, tras su disolución, decidieron armar una nueva murga. Reclutaron gente de Ciudad de la Costa y La Floresta y empezaron a juntarse en un comité de base.
Pecar de originales los volvió incomprendidos desde el origen y, a la vez, les permitió trascender. Sus puestas y espectáculos aunque muchas veces criticados han quedado grabados. No es una pose ni una estrategia para llamar la atención: son dueños de un estilo que los lleva a ser recordados. Desde su nacimiento apuestan a lo teatral, a la construcción de personajes y a una búsqueda estética que no pasa desapercibida en Carnaval.
En 2021 aprendieron a caminar con tacos y se vistieron de drag queens para llevar el espectáculo Momo save the queen por los tablados de Canelones. En 2022 debutaron en el Concurso Oficial hablando y cantando toda la actuación en español rústico, porque interpretaban a turistas. En 2023, con El payaso vinagre, construyeron un vestuario íntegramente en tonos de grises y se los criticó por no hacer gala de la pomposidad que suele aplaudir el Carnaval. No les importó: la estética era fiel al planteo del espectáculo un murguero que volvía al Carnaval porque lo estaban destruyendo y había perdido el color, y las ganas de vivir y ese ha sido siempre su faro.
Por esas ironías de la vida y sobre todo de Momo, los trajes de El payaso vinagre hoy están expuestos en el Museo del Carnaval, junto a otros vestuarios emblemáticos de la fiesta. Una conquista inesperada y celebrada.
Su último logro fue haber salido segundos a solo dos puntos de Patos Cabreros en una de las Pruebas de Admisión más competitivas de la historia, marcada por el regreso de títulos históricos. Querían volver tras un año de descanso, pero no esperaban esa posición: con entrar les alcanzaba. El lugar obtenido fue un premio al esfuerzo y al compromiso de esta murga cooperativa, que ensayó tres veces por semana, de mayo a noviembre, para sacar adelante Una murga de la Unión.
Mañana sábado hacen su primera actuación en el Teatro de Verano y, si bien hay expectativa, no se refleja en la cantidad de escenarios en el arranque de la fiesta. "Hay expectativa del público y nuestra de poder volver con un espectáculo nuevo, recargado, pero no hemos tenido muchos tablados y nos duele porque obstaculiza el rodaje del espectáculo y el boca a boca", se sincera con El País Rocío Goñi, cupletera de Mi vieja mula.
El debut sirve de excusa para que ella y Mariano Reperger, director responsable del conjunto, repasen la historia de una murga que hace de la búsqueda estética, la teatralidad y la ironía una forma de intervenir la fiesta popular y sacudirla.
El camino de Mi vieja mula hacia el Concurso Oficial
El origen canario les permitió hacer Carnaval en el interior y la austeridad marcó sus primeros años: se apretaban los 17 en la camioneta de un compañero para ir de tablado en tablado. No olvidarán jamás la vez que se perdieron rumbo a uno en Villa El Tato. "Pasamos dos horas arriba de la camioneta. Llegamos y el escenario eran seis mesas de madera. Empezamos a cantar, se cayó un tronco del parrillero y se prendió fuego el pasto", evoca Reperger.
El plan era ingresar al Concurso Oficial con Momo save the queen, pero la pandemia trastocó sus planes. Finalmente se presentaron a la Prueba de Admisión para el Carnaval 2022 con Hola Uruguay y lograron entrar. Interpretaban a turistas que llegaban al país para disfrutar del Carnaval, hablaban en un español con acento gringo y se movían con cámaras con flash para ser fieles a los personajes. Fue novedoso para el público, no para ellos: ya habían aprendido a hablar en andaluz cuando, en Murga Joven, hicieron una chirigota.
Este año presentan Una murga de la Unión, un espectáculo que imagina a una murga soviética observando el presente uruguayo con mirada crítica. Ensayan en Maroñas, cerca de La Unión, y hablan desde la izquierda y de la izquierda, apoyados en la ironía. "Cada bloque deja un mensaje que hace reír y pensar", resalta Goñi. En 2024 hicieron un cuplé sobre ChatGPT y usaron la herramienta en el escenario; esta vez prefieren no spoilear, pero prometen sorpresas.
Una murga con identidad que enfrenta el "hate"
Mi vieja mula es una murga heterogénea y paritaria, integrada por personas de entre 20 y 50 años. Es, además, la única dirigida y arreglada por una mujer: Romina Repetto. Aunque no está conformada por actores, prioriza la construcción de personajes y el trabajo escénico. En este regreso, además, pusieron el foco en lo vocal, un aspecto que buscaban mejorar.
Esa búsqueda, que los hizo ser recordados incluso en años sin concursar por hacer algo distinto y con sello propio, también tuvo costos. "El impacto llega porque nos animamos a desafiar los límites del género", dice Goñi. "Hacemos lo que queremos, pero nos gusta la murga, aunque algunos digan que la odiamos", agrega Reperger.
A lo largo de los años recibieron críticas, cuestionamientos, insultos y episodios de hate, tanto en redes sociales como en el Concurso. "El Carnaval es tan lindo y tan amplio que nosotros llegamos para hacerlo nuestro. Algunos dicen que estamos fuera del reglamento y es al revés: somos enfermos de leerlo y respetarlo, pero haciendo nuestro estilo", afirma el director.
Las críticas no solo apuntaron a lo artístico. "¿No les gusta que hablemos raro o les molesta que nos dirija una mujer, o que el vestuario no sea tan pomposo?", se pregunta Goñi. En Mi vieja mula, la estética siempre está supeditada al espectáculo y al mensaje. En El payaso vinagre, por ejemplo, usaron lentes de contacto grises para evitar cualquier color. "Buscamos que el impacto visual acompañe la esencia del personaje", explican.
Más allá de premios o posiciones, para el conjunto lo central sigue siendo la visibilidad: llegar a más personas para expandir el mensaje. "Ojalá haya más murgas que se animen a forjar una identidad propia y, desde ahí, hablar de la realidad", concluye Goñi.