Domingo, 01 de Febrero de 2026

Fábrica de decadencia

UruguayEl País, Uruguay 1 de febrero de 2026

Uruguay padece la patología del excepcionalismo caro. Vivimos una ilusión de bienestar sostenida por alambres.

La sensación es desoladora. Estamos atrapados en un bucle de mediocridad en el que resulta difícil encontrar argumentos para el optimismo. Uruguay atraviesa décadas de estancamiento que no es solo económico, sino vital, de esos que se te meten en los huesos.

Somos un país con el espíritu necrosado; una sociedad cuya única ambición parece ser gozar del confort pagado con el esfuerzo de otro. Hijos del rigor y nietos de la comodidad, nos hemos convencido de que la situación es sostenible. No lo es.

En este proceso gradual, lento y timorato -como todo lo nuestro-, parecemos condenados al fracaso. ¿Quiere decir que hay que dejar de intentarlo? No. Quiere decir que somos una fábrica de decadencia. Luchar contra ella no está entre los planes de (casi) nadie. Nuestra celebrada estabilidad, ese activo que vendemos como si fuera una joya de la corona, se ha convertido en el nombre elegante de nuestra propia resignación.

El sistema político es el espejo de esa desidia. La mayoría de los actores operan bajo la lógica del pescador de muelle: esperar a que la marea traiga algo sin mojarse la ropa. Su consigna siempre es tener más plata para repartir, como si fuera un recurso místico y no el fruto del sudor de alguien que ya no tiene ganas ni de quejarse. Existe un consenso a favor de engordar al elefante.

El gasto aumenta para sostener la estructura, no para elevar la vida de nadie, y los recursos no siguen a los resultados: siguen a las corporaciones, a los compromisos y a los favores.

Demasiados políticos, funcionarios y parásitos del sistema compiten por cargos y migajas, no por resultados. La escena es grotesca, abusiva y reiterada. Una humillación cotidiana para los nabos de siempre, que sostienen un aparato que no los representa, no los protege y, cada vez con menos disimulo, los desprecia.

La narrativa oficial pide no demonizar los impuestos porque sostienen la convivencia. Es una visión romántica, casi poética, que choca de frente con la realidad. A la vez que se dice que hablar mal de la carga fiscal mina la paz pública, en el mismo aliento se confiesa que el Estado es un nido de trámites inútiles, oficinas redundantes y regulaciones que solo sirven para proteger a quienes nos cobran el derecho a respirar a precio de caviar.

No se puede exigir, una y otra vez, la paciencia del contribuyente mientras se admite que la plata se pierde en la alcantarilla de la ineficiencia. Si la presión es alta y el servicio es pobre, la desconfianza no es un ataque al sistema: es la respuesta natural de quien se siente estafado mes a mes.

Uruguay padece la patología del excepcionalismo caro. Vivimos una ilusión de bienestar sostenida por alambres. Llevamos diez años de aumento del salario real sin que la productividad se haya movido un centímetro. Esa es la verdadera bomba de tiempo: una que no hace ruido, pero ya marca las horas.

Nuestra vagancia implica sostener negocios deficitarios, mantener subsidios absurdos y proteger las chacras de demasiados vivos que pescan en la pecera. Ellos saben quiénes son.

¿Podríamos hacer algo diferente? Con la aversión al riesgo que nos caracteriza, innovar suena a ciencia ficción. ¿Esforzarnos un poco más? Inviable. Como las cosas no están tan mal, decidimos que no vale la pena mejorar. El limbo es nuestro estado actual y el destino es el abismo. Del laberinto de la autocomplacencia no se sale con discursos ni con mesas de diálogo. Se sale (¿se sale?) con lobotomía, sacrificio y hambre de excelencia. El autoboicot es la única industria nacional que no conoce crisis.

Se podrían plantear cuatro escenarios a futuro. El primero, el probable, no necesita imaginación, solo paciencia. Es la inercia, ese arte nacional de dejar pasar el tiempo como si fuera una política pública. El país se vuelve más caro y más irrelevante. Cada vez más jóvenes emigran y el país se convierte en una gran casa de salud (sin habilitación de bomberos, claro).

El segundo, el plausible, llega sin pedir permiso. Un shock externo interrumpe el chorro de recursos místicos. El sistema político, acostumbrado a repartir, se encuentra con que no hay nada en la caja. Quedamos obligados a una reforma traumática que nadie quiere liderar. Lloramos.

El tercero, el posible. Es el más incómodo, porque tiene algo de verosímil. Incapaces de sostener nuestra propia estructura, aceptamos ayuda externa con resignación. A cambio de puertos, rutas y salvatajes financieros, cedemos la soberanía. Nos prometen eficiencia; nos entregan dependencia. Aprendemos mandarín.

El cuarto, el preferible. Es el que algunos dicen querer y pocos se animan a mirar de frente. Una nueva generación, cansada de pagar peajes invisibles, decide incendiar la pradera. Baja el costo de vida.

El Estado se achica para fortalecerse en lo esencial. Decenas de miles de funcionarios públicos emigran al no encontrar a nadie que los quiera contratar. Uruguay se convierte en el país más feliz del mundo.

Tarde o temprano, nos daremos un porrazo convencidos de haber preferido la cómoda gestoría de la medianía. Eso no se corrige con política, sino con un carácter nacional que no estamos dispuestos a cambiar.


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