Domingo, 01 de Febrero de 2026

Con Santiago Fillol, coguionista de Sirat, la película española al Oscar: El cine aún está por inventarse

UruguayEl País, Uruguay 1 de febrero de 2026

El argentino presentó ayer su nueva colaboración con el director catalán Oliver Laxe en el festival de cine de José Ignacio que se estrena en cines uruguayos este jueves

Con dos nominaciones al Oscar (película internacional y sonido), Premio del Jurado en Cannes y un entusiasmo generalizado a medida que recorre el mundo, Sirat: Trance en el desierto (de aquí en más, solo Sirat) es una de las grandes películas de esta temporada de premios.

Ayer se exhibió con presencia de su coguionista, el argentino Santiago Fillol en la Bajada de los Pescadores como clausura del José Ignacio International Film Festival (el JIIFF) y este jueves 5 se estrena en cines.

Es verdaderamente una experiencia cinematográfica intensa con el español Sergi López como un padre buscando a su hija en el norte de África por un circuito de raves, esos tribales bailes electrónicos.

Lo que sigue es el camino de un hombre hacia el otro lado del corazón de las tinieblas, en un escenario apocalíptico que aporta urgencia a la historia. El paisaje visual y sonoro son bellamente desoladores.

López es el único actor profesional de la troupe, en una obra que combina simplificando en el apuro Michelangelo Antonioni con Mad Max, aunque las referencias no alcanzan en una película como esta.

Sirat es la tercerca colaboración entre el director catalán Oliver Laxe y el cordobés Fillol. Vienen construyendo universos desde 2016 con Mimosas sobre un jeque marroquí atravesando el desierto, y en 2019 estrenaron Lo que arde sobre el encuentro de un pirómano y un bombero en una Galicia rural. Sirat es la consolidación de su forma de entender el cine.

Desde José Ignacio, donde llegó invitado por el JIIFF, Fillol quien se declara admirador de Felisberto Hernández y Mario Levrero charló sobre energía del cine y cómo es eso de ser parte de la película del momento.

Antes de comenzar el rodaje de Sirat, Sergi López me contó que se iba a rodar al desierto y que no sabía mucho más. ¿Había hoja de ruta?

Sergi es un grandísimo actor y un compañero extraordinario. Y tuvo paciencia con nuestra forma de trabajar que es creer en el proceso, entender que las películas son como una vida que, mientras las vas rodando, aprendes cosas compartiendo una memoria común que se vuelve parte de la materia de la obra. Y destaco cómo Sergi se integró con todos los raveros de verdad. No me gusta decirles actores no profesionales: es gente que viene ensayando sus personajes desde que nacieron. Sergi los abrazó, se integró a ellos, compartió muchísimo. Es algo muy bello cuando un grupo entero se anima a saltar al abismo como pedimos nosotros.

La historia está llena de imprevistos que se ven espontáneos. ¿Cuánto estaba escrito?

Teníamos un guion y trabajamos mucho con imágenes capitales en las que está condensada toda la película. Por ejemplo bailar el duelo en medio del desierto. Tenemos ese mapa anímico con los chakras energéticos por los que queremos que atraviese el espectador. Nos preguntamos mucho cómo ir movilizando la energía. Y dentro de ese mapa anímico siempre estamos abiertos y disponibles a los regalos que la realidad nos va dando. Seguir un camino siempre es desviarse.


La película tiene una carga energética grande, atravesada por el duelo...

Ese cambio de energía estaba dentro de nuestro programa, era parte del viaje. Teníamos que llegar ahí, pasar por ese hueco inasumible y abrazar ese dolor, una de las condiciones más universales que tenemos. No sabemos cuándo se corta el hilo de nuestras vidas. La condición más indudable de la humanidad es la contingencia, y hay que asumirla y trabajar con ella. Para nosotros, hacer la película era hacer un rito de pasaje. El cine puede ser muchas más cosas que comprender una historia: un ritual o meterte en una montaña rusa dentro de tu alma. Nada que no hayan hecho los griegos cuando inventaron la tragedia: vivir cosas que en la vida normal nos desfondarían pero podemos experimentar en la ficción. Y es importante lograr una plasticidad emocional para la que no estamos preparados. A veces los humanos somos como un piano al que solo le tocan siete notas y de repente vas a una sala de cine o te enfrentás a una obra de arte y te recuerdan que el piano tiene 88 notas: algunas disonantes, otras que te generan torsión emocional, otras más melódicas. Lo importante es que te hagan resonar toda la caja y que salgas de la sala sintiendo que te abrieron todos los poros y los chakras. Las imágenes penetran y empiezan a trabajar en uno.

La película, así, recupera el espíritu transformador de la experiencia cinematográfica.

Esa es una premisa literal que nos repetimos mucho: hacemos películas para transformarnos. Para no ser los mismos después de ellas. Y si lo hacemos de manera genuina, quizá eso se contagie al espectador. Todo lo que tocamos lo cambiamos y todo lo que cambiamos nos cambia. El cine tiene sed de que vayamos a las salas como a un templo a atravesar experiencias que nos estiren todas las cuerdas del alma.

A veces nos olvidamos que el cine es un arte de preguntas y no de respuestas...

El cine en los 70 creía más en contar un mundo que una historia, y en vivir una experiencia transformadora. Son energías tan intensas que muchas veces se consumen, se dilapidan. Estamos muy acostumbrados a los manuales de guion, pero a veces los personajes son dínamos que se intensifican y se desintegran. ¿Qué hacemos con toda esa energía? Los artistas que importan son antenas abiertas a las imágenes del aire de su tiempo. Si las conjugan con honestidad, esas imágenes hablan en muchos niveles, no solo en el intelectual.

https://youtu.be/uzSiKTWcML8?si=jk05sVV_lWiyOK0E
Lo que arde era una película, "bressoniana" y a Sirat la acerco más a Antonioni. ¿Cómo encuentra su forma una película?

Oliver a veces, en chiste, se persigna diciendo: "Bresson, Kiarostami y Tarkovsky en el alma". Dicho eso, no tomamos las películas como referentes para calcar, sino como lugares donde encontrar energías. Quizá, como muchos cineastas, somos músicos frustrados: los músicos se contagian de armónicos, arpegios, estribillos, y de esa vibración mutua surge una canción. Tomamos referentes para captarles energía, más que para copiar planos o hacer guiños cinéfilos.

¿Cómo se vive eso de ser parte de la película de la que todos hablan?

Con mucho agradecimiento. Me parece extraordinario que la gente viva la película, la acepte, la rechace, no la entienda pero la sienta. En Francia nos dijeron que éramos un accidente industrial. Los fenómenos no se calculan. De lo que más orgullosos estamos es de que esto sea un mensaje para los cineastas jóvenes: no hay fórmulas, la intuición es la herramienta más importante, y el cine aún está por inventarse.
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