De las cuevas de Batu al espíritu de Kuala Lumpur
A 14 kilómetros de la capital de este país asiático se encuentra un lugar sagrado para los hindúes, pero que es solo una escala más en un circuito donde confluyen múltiples culturas, nacionalidades y religiones que se las arreglan para convivir estrechamente, siempre inspirados por el concepto del Muhibah . Por Juan Uribe , desde Malasia.
El taxi avanza hacia el norte desde Kuala Lumpur, por una de las vías de varios carriles que conforman la red de autopistas que conecta a esta ciudad, la capital de Malasia, con el resto del país. Al volante, en el asiento derecho, está Henry Chua. Para alguien que ha viajado hasta aquí desde Latinoamérica, hacerse consciente de que los autos van por la izquierda y no corren peligro de estrellarse con otros que vengan en dirección contraria, es uno de varios choques culturales que se experimentan en este hito del sudeste asiático.
A esta escena de aparente contravía, que se explica como un legado de la colonia británica, se suceden otras que exigen al cerebro del forastero estar alerta porque este no es el entorno al que está habituado. Tampoco le es familiar, por ejemplo, la comida. Esta última es calificada por Henry, nacido en Malasia de padres provenientes de China, como "fantástica" debido a que le permite elegir a diario entre sabores chinos, indios y malayos.
-A veces los mezclas todos -comenta y hace énfasis en que, por eso mismo, le resulta imposible escoger un solo plato como su favorito-. Tenemos muchísimas opciones.
Y se refiere a la gastronomía local, que hace alarde de delicias como el nasi lemak , un desayuno muy popular en el país, consistente en arroz cocinado en leche de coco, servido con anchoas fritas, sambal -una pasta picante-, huevo cocido, pepino cohombro y maní.
Esta mañana, como todos los días, Henry desayunó fideos y un huevo medio cocido, costumbre que tiene arraigo en su herencia china. Ahora, ya cerca del mediodía, lleva a un pasajero sudamericano hacia las cuevas de Batu , en el distrito de Gombak, en el estado de Selangor, a 14 kilómetros de Kuala Lumpur.
Se trata de unas formaciones de piedra caliza que tienen alrededor de 400 millones de años, y dentro de las que se construyó un templo al que hindúes de diversas partes del mundo acuden para rezar.
India multicolor
Mientras por la ventana derecha del taxi van asomándose las montañas que resguardan las cuevas, Henry explica que en Malasia, un país cuya religión oficial es el islam, otros credos han encontrado espacio y se practican libremente, entre ellos el budismo, el hinduismo y el cristianismo.
Las cuevas de Batu son precedidas por una explanada, flanqueada a ambos lados por templos de fachadas recargadas, donde manadas de monos intentan ser más rápidos que las palomas en su carrera por atrapar las sobras de comida que dejan caer los turistas.
Una mole dorada de 42 metros de altura resalta frente a la vegetación del cerro que se levanta a su espalda: Murugan, dios de la guerra, representado de pie con una lanza empuñada en la mano derecha, preside la entrada a los 272 escalones adornados con los tonos del arcoíris, que conducen hacia arriba hasta la cueva principal.
La estrechez de los peldaños obliga a los visitantes a prestar atención a cada paso..., pero sin descuidar sus pertenencias ya que los macacos permanecen agazapados sobre las barandas laterales, prestos a agarrar cualquier botella de agua u otro objeto que quede a su alcance.
Uno de ellos sujeta medio coco con una mano y se descuelga por la trompa de la estatua de un elefante, mientras otro acicala a su cría al lado de la figura gigante de Murugan. Los primates corren sin restricciones por todas partes y se encaraman en las efigies de algunos dioses. Parecen haber tomado conciencia de que, por ser considerados animales sagrados por los hindúes, tienen licencia para hacer lo que quieran.
La llovizna que cae este viernes no espanta a los pequeños simios ni interrumpe el flujo incesante de gente que sube y baja por las escaleras. Es fácil suponer que a este lugar no le cabrá ni un alfiler el primero de febrero, cuando se celebre el Thaipusam , un festival realizado cada año en homenaje a Murugan, al que asiste más de un millón de personas.
Hay quienes se detienen en los rellanos para mirar hacia atrás en dirección a la imagen de Murugan y recuperar el aliento, ya que el ascenso fuerza al corazón a latir más rápido. Una vez ha terminado la escalada, a la izquierda se levanta un templo hindú que, por un costado, está decorado con esculturas de pavos reales azules, del tamaño de un hombre adulto.
Desde este punto se puede caminar hasta el fondo, trepar otras 58 gradas con el fin de alejarse de la multitud y hallarse en medio de un patio bañado por el sol que, al colarse por un agujero, ubicado unos 20 metros en dirección al cielo, realza el relieve de las paredes de la caverna.
Este lugar es ideal para apreciar desde lo alto los atuendos de los visitantes: turbantes rojos de hombres barbados y piel aceituna; hiyabs beige y de otros tonos pastel que cubren las cabezas, y a veces también se extienden hasta los hombros de algunas mujeres.
En contraste con este recato en el vestir, varias turistas han llegado hasta las cuevas de Batu en shorts o faldas cortas, por lo que antes de empezar a subir han tenido que pagar cerca de 15 ringgit (unos 3.000 pesos chilenos) para comprar sarongs , unas telas delgadas que al ajustarse alrededor de la cintura les cubren las piernas.
Aunque es muy popular como destino turístico, este sitio es sagrado para quienes profesan el hinduismo. Por eso, aunque abunda gente tomándose selfis y grabando cada paso con sus teléfonos inteligentes, en los santuarios de las cuevas se elevan columnas de incienso, se ofrendan guirnaldas de flores y se encienden velas.
Este espacio que protagoniza el hinduismo es un recordatorio de que en este país conviven personas que hablan distintos idiomas y que también tienen credos diferentes. Las cuevas de Batu son un reflejo del mosaico cultural que habita en el corazón de Malasia.
De regreso en el taxi hacia Kuala Lumpur, Henry Chua menciona un valor local que para él es esencial: la libertad que siente aquí para expresar abiertamente su cultura.
-Los chinos mantenemos nuestra identidad, vamos a escuelas chinas y conservamos esas tradiciones. Hablamos también nuestro idioma (mandarín y otras lenguas regionales), y practicamos nuestra religión, en mi caso el taoísmo, que es similar al budismo -dice, y luego agrega que algunos chinos han optado por el cristianismo.
Ese respeto por quienes no comparten la misma fe se manifiesta también en la calle Tun H S Lee , cerca del barrio chino de Kuala Lumpur, que en menos de 100 metros reúne dos templos donde los fieles profesan creencias distintas. En el lado oriental de la vía está el recinto taoísta Sin Sze Ya , en el que sobresalen los colores rojo, verde y dorado, mientras que su vecino hindú, Kuil Sri Maha Mariamman , en diagonal al otro costado, se yergue con su fachada polícroma.
Ambos se constituyen en evidencia de los distintos legados que han hecho de Malasia una especie de bufé cultural, desde cuando a finales del siglo XIII Marco Polo navegó por el estrecho de Malaca, que se extiende en forma de embudo a lo largo de unos 800 kilómetros entre la costa oriental de la isla indonesia de Sumatra y la costa occidental de la península de Malasia.
Luego, entre los años 1400 y 1511 (según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco), el sultanato de Malaca fue un hito en la historia de Malasia porque estaba situado en un punto desde donde se controlaba el comercio, y que sirvió para difundir el islam por el sudeste asiático.
De esta manera, al conectarse el océano Índico con el Pacífico, se han enlazado por siglos varias de las principales economías de Asia, entre ellas las de Japón, Corea del Sur e India. De hecho, según el Foro Económico Mundial, unos 94 mil barcos pasan por el estrecho de Malaca anualmente, o usan alguno de sus más de 40 puertos: "En conjunto, estos barcos llevan cerca del 30 por ciento de todos los bienes que se comercian en el mundo".
Es por esto que en Malasia, como si se tratara de un mostrador atiborrado de variedades de comida distinta, los visitantes tienen la posibilidad de probar pequeñas dosis de los mundos que se han asentado en Asia.
Esta capacidad que tiene el país de acoger lo foráneo y adaptarlo a su identidad es algo a lo que se refiere Nur Anis Anisha Binti Rahalin, conocida como Nini, guía de turismo en Kuala Lumpur, mientras recorre Masjid Negara , la Mezquita Nacional de Malasia.
Esta estructura, que puede albergar hasta 15.000 personas y se destaca por su techo azul en forma de estrella de 16 puntas que simula una sombrilla abierta, es -en opinión de Nini- un símbolo de unión del país debido a que fue construida en 1965 con recursos que aportaron no solo los musulmanes, sino también malayos de otras religiones.
-Me encanta que todos nos llevamos muy bien. Amamos la comida de los demás, la religión de los demás, la cultura de los demás. A veces me gusta usar sari, a veces me gusta usar cheongsam . Amo Malasia porque nos mezclamos -asegura esta mujer musulmana al referirse a las tres culturas principales del país: malaya, china e india, cada una de las cuales tiene su propio espacio en restaurantes como el del hotel Royale Chulan durante el bufé del desayuno.
Aparece entonces el concepto de Muhibah , un término que tiene su origen en el idioma árabe y que, en palabras de la doctora Kamar Oniah Kamaruzaman, autora del libro Religión y coexistencia pluralista: La perspectiva Muhibah , se basa en "la aceptación voluntaria y sincera del otro, en el respeto genuino por el otro, en la fraternidad de los ciudadanos y en el parentesco de la humanidad".
Hamim Zuhaier, guía en Kuala Lumpur, hace la idea más digerible: " Muhibah se trata de cómo vivimos a diario y también de cómo enfrentamos problemas o crisis".
De acuerdo con Hamim, Muhibah significa saludar y ser amable con los demás, ayudar a alguien en la calle o en una estación del metro o del bus; ser considerado y respetuoso con personas de culturas diferentes y, por ejemplo, "ser paciente con alguien que lanza pólvora porque está en medio de una celebración cultural o religiosa especial".
O, como en el caso de Henry Chua, significa no perder la calma con un pasajero sudamericano que le hace preguntas a lo largo de todo, todo el trayecto.
ÍCONOS DE KUALA LUMPUREl Mercado Central de Kuala Lumpur, construido en 1888 como un centro de mercados húmedos (donde se vendían pescado, carnes y otros productos), se transformó en la década de los 80 del siglo pasado en un sector de comercio de artesanías. Aquí, entre otras cosas, es posible comprar telas tradicionales con coloridos diseños batik ; recibir masajes de pies, y adornarse la piel con dibujos de jena que se borran en un par de semanas.
Al salir del mercado, a la izquierda, se encuentra el paseo Kasturi , una calle peatonal cubierta donde se exhiben frutas tropicales, entre las que destacan la de piel de culebra, de color café y que parece tener escamas; y la del dragón, de un magenta intenso y pulpa blanca con diminutas semillas negras. Ambas frutas tienen un sabor entre dulce y ácido.
También son muy populares entre los turistas las Torres Petronas , que con sus 452 metros llegaron a ser la estructura más alta del mundo entre 1998 y 2004. Cada torre tiene en el piso 86 una plataforma de observación que ofrece panorámicas de la ciudad a 370 metros de altura. Los visitantes además pueden disfrutar de las vistas aéreas desde el puente elevado que hay en el piso 41: las torres están conectadas entre ellas en este nivel y en el 42.