Miércoles, 04 de Febrero de 2026

Como creerle al Indec

ArgentinaLa Nación, Argentina 4 de febrero de 2026

Un viejo chiste tiene por protagonista a un científico alemán interesado en saber por qué suceden las cosas, quien con delantal blanco y lentes especiales de aumento se entrega a observar los comportamientos de una araña

Un viejo chiste tiene por protagonista a un científico alemán interesado en saber por qué suceden las cosas, quien con delantal blanco y lentes especiales de aumento se entrega a observar los comportamientos de una araña. El científico le quita con una pinza una de las ocho patas y le ordena: "¡araña, camina!". La araña se desplaza casi normalmente. Luego le quita otra pata y repite la orden. El arácnido se mueve ahora con algo más de dificultad. Y así sucesivamente. Hasta que con una sola pata, cuando recibe la orden de avanzar, a duras penas se mueve. Le amputa entonces la última pata y, frenético, grita tres veces seguidas: "¡araña, camina!". Pero la araña no se inmuta. El científico da por finalizado el experimento. Anota en su cuaderno la conclusión: araña sin patas se queda sorda.

A esta manera de entender la relación causa-efecto parece ceñirse la corriente de pensamiento que cree que en el país cualquier problema se resuelve mediante la fabricación urgente de una nueva ley.

Apenas se supo que Marco Lavagna había pegado un portazo en el Indec y se hizo inevitable que la atmósfera se contaminara con el recuerdo amargo de cuando las estadísticas fueron adulteradas con descaro y salvajismo, empezaron a aparecer voces con la solución instantánea para quitar las manchas en la confianza pública. Una ley que le inocule autonomía absoluta al instituto de estadísticas, que acabe con las sospechas de siempre sobre los índices de precios. Y listo.

Pero las sospechas, si las hay, no se esfuman con leyes . La mayor demostración de esta evidencia obliga lamentablemente a evocar una crisis extrema de confianza -la más extrema de la historia- que nada tiene que ver con lo que sucede ahora con los índices de inflación, ni por la magnitud ni por el problema de fondo. Hecha la aclaración, al solo efecto de citar el colmo de las garantías legales que no sirven para nada, va el recuerdo de la intangibilidad de los depósitos. Ley de De la Rúa/Cavallo sin traducción concreta en la práctica que los propios autores hicieron implosionar tres meses después mediante el decreto que impuso el corralito.

Más allá de las crisis sistemáticas de confianza sobran ejemplos de problemas argentinos que se quisieron resolver con leyes ad hoc a las cuales se les encomendó la tarea de transformar la realidad de la noche a la mañana y que luego resultaron fiascos. Desde la ley de Alquileres y la de Talles hasta la de Góndolas. Por no retrotraernos a la de Abastecimiento, la madrina del desabastecimiento.

También está el modelo que se podría llamar la ley marketing: se la anuncia de manera grandilocuente como si hubiera una revolución institucional y después, si hace falta, se la desacata o se la cancela. Sucedió, por ejemplo, con la fecha de las elecciones nacionales, en 2004 ancladas por ley de una vez y para siempre para que quedasen al margen de los vaivenes de la especulación política. Poco después el mismo gobierno que había dado paso tan trascendental mandó hacer otra ley para derogar la fecha predeterminada y adelantar las elecciones "por única vez", ajustándolas en el almanaque a su conveniencia. En esos casos se invocan razones de emergencia. Algo que en la Argentina los redactores de leyes hacen con copy-paste .

Ahora resulta evidente que la desconfianza en los índices oficiales, claro que preexistente, repuntó con el portazo de Lavagna. Los ecos del pasado parecen ser más resonantes que los detrás de escena que trascendieron esta semana. En primer lugar porque ya hubo un Lavagna, el padre, que se fue de un gobierno más o menos de esta misma forma, sin ser demasiado explícito, sugerente, estilo portazo con sordina. Episodio reconocido al cabo por la historia como certero. Hoy, veintiún años después de que Roberto Lavagna abandonó a Néstor Kirchner tras denunciar sobreprecios y cartelización en la obra pública en la mismísima convención de la Cámara de la Construcción , los socios de esa cámara comparecen los martes y jueves (casualmente ayer se reanudaron las audiencias) junto con la viuda y sucesora de aquel presidente de la Nación. En los cuadernos de las coimas, la causa de corrupción más grande de la historia argentina, la primera chispa fue la renuncia de Lavagna padre.

Los Lavagna están considerados en general economistas serios independientemente de sus cercanías con diversos líderes políticos. Tienen en común otra rareza, los dos traspasaron gobiernos. Como si la Argentina fuera un país civilizado que dispone de hombres de Estado por encima de los vientos políticos. El padre fue nombrado ministro de Economía por el presidente Duhalde y luego lo confirmó Kirchner. Al hijo lo designó al frente del Indec Alberto Fernández y lo ratificó Milei.

En 2023 se atribuyó esta ratificación de Milei al profesionalismo de Marco Lavagna, menoscabándose el dato de que entre 2015 y 2019 el estadígrafo había sido diputado nacional del Frente Renovador. Desde hace 48 horas, en cambio, quienes buscan atacarlo hablan del supuesto corazón massista antes que de sus virtudes técnicas.

Pero donde el pasado resplandece es en el trauma que dejaron las falsificaciones que Guillermo Moreno, interventor del Indec entre 2007 y 2015, ejecutó en nombre de Kirchner. Un estropicio normalizado en tiempos de Macri pero que fertilizó el terreno para la desconfianza continuada. Moreno manipuló el IPC y eso repercutió en los demás indicadores, incluido el de la pobreza, que en 2013 directamente dejó de publicarse, según el entonces ministro de Economía Axel Kicillof porque era "estigmatizante".

El peronismo una vez acaecidos los hechos no acostumbra a dar explicaciones sobre sus responsabilidades en los temas que le resultan difíciles de justificar en público. Lo que suele hacer es esperar la ocasión para simular una equiparación de pecados, por llamarlos de alguna manera, con eventuales debilidades de sus adversarios y así licuar culpas. El proverbial "¿y Macri?" es la quintaesencia de ese reflejo de Pavlov. Muchas veces se observó que frente a las causas por corrupción el kirchnerismo, curiosamente, no se proclama inocente, exalta cuán corruptos son los demás, los señala con el dedo . Algo similar sucederá ahora con el Indec. Milei no bajó la inflación como pretenden los guarismos oficiales, es el metamensaje, les metió la mano, más o menos como hacía el bueno de Moreno.

Después de 2007 todo conflicto en torno del Indec está llamado a ser escandaloso, a activar la desconfianza que de por sí producen entre opositores las mediciones de la inflación mileísta. De ahí a confundir una manipulación delictiva de índices con una discusión sobre el momento de poner en marcha una reformulación técnica hay un abismo.

Algunos encuestadores aseguran que la confianza y la desconfianza en este tema están particularmente alineadas con las posiciones políticas a favor y en contra del gobierno.

¿Una ley que diga que el Ministerio de Economía no debe entrometerse en la elaboración de las estadísticas acaso mejoraría las cosas? ¿Cómo se construye un sistema estadístico institucionalmente fuerte y de estricta independencia del poder político? Por ahora tenemos claro cómo se lo destruye. Mil veces se ha dicho, la confianza es como un cristal, se rompe en un segundo y toma años reconstruirla.

A diferencia de los medios de comunicación del Estado, que durante décadas fueron partidizados por los gobiernos de turno, o del Banco Central, que nunca terminó de ser autónomo de verdad, el Indec sí ejercitaba la neutralidad hasta 2007 y sus datos eran aceptados por empresarios, sindicatos, académicos, organismos internacionales y gente de a pie. Marco Lavagna reparó en gran medida el daño infligido a la credibilidad del Indec, pero la injerencia del poder político en la postergación de la puesta en funcionamiento de la nueva canasta del IPC no sólo reforzó las creencias de los desconfiados de buena fe sino que les dejó servida la oportunidad de forzar la realidad y sentirse redimidos a los que hace casi dos décadas causaron todo el problema.

Ninguna ley ni orden de arriba va a fortalecer la confianza que, como bien lo sabe Lavagna, es un trabajo de hormiga.
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