Malas compañías
Dime con quién andas y te diré quién eres, se lee en El Quijote
Dime con quién andas y te diré quién eres, se lee en El Quijote. En la frase precipita una vieja sabiduría: las personas prefieren interactuar y rodearse con aquellos que se les parecen o con aquellos a los que anhela parecerse.
Por eso, salvo que la sabiduría que esa frase esconde se haya derogado, no es inocente ni trivial (aunque es probable que acá despierte aplausos producto de la adhesión irreflexiva) que el Presidente electo se reúna en Europa con dirigentes de Vox, con Meloni o con Orbán. Y que lo haga no por razones de vecindad o estrictos motivos de política internacional, sino por intereses intelectuales y políticos: esperando encontrar en ellos, en Orbán, en Meloni o en Vox, conocimientos o puntos de vista que permitan superar los problemas que aquejarían a Chile. Todos ellos, en quienes se espera encontrar medidas u ocurrencias útiles, son, sin embargo (y desde luego, ni el Presidente Kast ni quienes lo rodean lo ignoran), figuras iliberales, políticos que a partir de diversos diagnósticos acerca de la realidad cultural o la identidad europea socavan poco a poco los ideales que subyacen a una democracia liberal. Es lo que explica que Meloni haya hablado (es simple coincidencia con el lema del gobierno entrante) de estado de emergencia migratorio. Para esos políticos, en general, Europa es una identidad amenazada por la migración o por las culturas religiosas ajenas a la cristiana (uno de cuyos precipitados sería además la delincuencia o el descenso de la natalidad o el secularismo) o por la diversidad ideológica, de manera que controlarla o reprimirla no se relaciona tanto con la seguridad como con la propia identidad nacional y los valores sustantivos que la constituyen.
Un ejemplo es el de Orbán, xenófobo, misógino, además de algo histérico al menos cuando se trata de musulmanes. Son conocidas las limitaciones a la libertad de expresión que ha promovido, el rechazo a la admisión de la diversidad sexual en las instituciones, su afán por controlar los textos escolares, su promoción de la familia tradicional (acompañada, y este es el problema, de un rechazo de otras diversas formas de vida familiar), y lo que es peor, la persecución que ha favorecido de minorías y de refugiados, todo ello asentado en la idea de que la tradición cristiana, que estaría a la base de la identidad húngara, debe ser protegida contra aquellas ideas y prácticas que la socavan y que según predice acabarán, salvo que se acepten políticas como las que él promueve, derruyéndola. Vox es otro caso en el que las prácticas iliberales -y los modales que hacen posible el diálogo democrático- se socavan. La adhesión nacional no como compromiso de obediencia a las instituciones al modo de la laicité francesa, sino como una condición nativa atada a las profundidades de la propia identidad, son algunos de los motivos de Vox que justifican el desprecio y el maltrato, de nuevo, de los migrantes y de los débiles, a quienes, al igual como lo hace Orbán, se insinúa son unos improductivos a quienes los subsidios malenseñan y acabarán cebando.
Es un error o una ingenuidad creer que estas visitas son inocentes y responden simplemente al anhelo de conocer la forma en que otras sociedades enfrentan problemas similares a los que, se dice, aquejan a Chile. Y lo es porque estas visitas y estas palmotadas (solo es de esperar que no sean tan efusivas como las que se dieron con el Presidente Milei) reflejan objetivamente una cierta comunidad ideológica, una cierta sensibilidad común que insinúa (afortunadamente, en el caso del Presidente Kast, por ahora solo insinúa) un abierto desapego a los ideales de una democracia liberal y una incomodidad frente a principios como el debido proceso incluso para los delincuentes, el trato digno a quienes migran incluso ilegalmente, la adhesión sincera a la autonomía sexual y la diversidad familiar, la aceptación civil del secularismo, la promoción de la libertad de expresión en todas sus formas.
¿Exageraciones, temores infundados? Puede ser; pero estas visitas a líderes iliberales (salvo para los true believers , los verdaderos creyentes en e
Es un error o una ingenuidad creer que estas visitas son inocentes y responden simplemente al anhelo de conocer la forma en que otras sociedades enfrentan problemas similares a los que, se dice, aquejan a Chile. l Presidente electo) no insinúan, bien mirado, nada digno de aplauso.