Zetas
Las revueltas de la Generación Z no tienen líderes ni una coordinación organizada.
El hombre es él y su circunstancia, decía Ortega y Gasset. Y es verdad, la vida es eso: coyunturas, momentos, circunstancias que determinan.
Siempre me han causado una gran curiosidad los fenómenos sociológicos, el comportamiento humano, las efervescencias antropológicas, de saber si algunas cosas que suceden (y nos suceden a todos) son influyentes o son determinantes. El mundo se mueve mucho y rápido. Cada vez hay menos lugar para los que opinan con solemnidad y certeza, porque el mundo que supuestamente entendían hasta el punto de la autoridad intelectual (real o auto percibida) ya no existe. El verano tiene muchísimas cosas maravillosas. Entre ellas los asados con amigos, que con más tiempo pueden bajarle el ritmo a esta vida que intenta llevarnos puesto y dedicarle un espacio a la charla, a la risa y vivir, que no es lo mismo que estar vivo.
Mi amigo Daniel Supervielle desde hace ya bastante (hay gente inteligente que ven las cosas antes) viene insistiendo en interpretar el nuevo mundo a través de la mirada de la Generación Z. Y como me encanta interpretar el mundo para intentar entender mi tiempo y mi lugar es que me he dedicado a esa tarea que el Super dejó plantada como una semilla de inquietud
La Generación Z, o centennials, abarca a los nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012. Son nativos digitales, profundamente influenciados por la tecnología, las redes sociales e internet (estudios indican más de 5 horas diarias de uso). Cosas que definen su comunicación, consumo y visión del mundo.
Ellos perciben el mundo desde nuevos espacios y por lo tanto la valoración que ellos se dan también depende de los mismos. Son una generación que valora la autenticidad, la diversidad, la salud mental y la sostenibilidad. Priorizan ser fieles a sí mismos, la transparencia y buscan cambios sociales y ambientales. Rompieron tabúes al hablar de ansiedad, pánico, suicidio, y salud mental.
Son emprendedores, valoran la independencia y prefieren evitar jefes tradicionales. Su ecuación es distinta, buscan equilibrar vida-trabajo.
Su atención se dispersa más rápido, son multi tasking, necesitan mayor estimulación visual. Dignos hijos de la época del "scrolling". Su forma de vincularse es distinta, sus vínculos afectivos son más fluidos, y su concepción de la familia es menos convencional. Su vinculación hasta con el sexo y el consumo de alcohol ha cambiado (son la generación con notoriamente menos actividad sexual y menos consumo de alcohol según estudios científicos)
Partiendo de estas vagas conceptualizaciones uno podría llegar a concluir que visualizan el mundo distinto. Por eso el mundo del trabajo está reconfigurándose a raíz de esta nueva generación. La economía a los ojos de los Z se ha redimensionado y eso impacta en la sociedad. La Política también, y se han visto hechos donde la generación Z es más política que lo que se podría creer.
Los psicólogos sociales hablan de que el "cerebro social" de esta generación es menos tolerante a la frustración, producto de la construcción cultural y valórica que ha influido digitalmente sobre ellos.
El "Hemos despertado" como bandera Z y su concepción de la expresión política y social depende de otros estímulos, no convencionales, distintos a los que la sociedad estaba acostumbrada. Ese es uno de los mayores riesgos a los que se enfrentan: la manipulación que encuentra terreno fértil en su idealismo. En el libro "Los ingenieros del caos" de Giuliano da Empoli. en el autor refiere a cómo la tecnología en manos de líderes de Silicon Valley es determinante y el Big Data alimenta a la Política (aunque realmente creo que desde hace ya mucho tiempo es al revés). Pero quedémonos en el idealismo de esta generación y su rechazo a los autoritarismos. El romanticismo propio de su edad, la recepción de información que lo retroalimenta y los canales adecuados para que fluyan sus reacciones son un combo explosivo.
No se informan por libros ni diarios y por supuesto no van a leer esta columna, cosa que evidencia que en el intento de entenderlos habré fracasado con total éxito. Ellos usan las redes sociales, escuchan "influencers", podcast, streamings, que dan mensajes teledirigidos, digeridos y simples. El Brexit, Trump, Milei, son ejemplos de esta nueva realidad. Y no se trata de qué tan simpáticos puedan caer sino que tan efectivos (y déjenme creer que en la efectividad hay una inseparable simpatía).
La Generación Z ha protagonizado en los últimos tiempos una ola de revueltas globales espontáneas y descentralizadas contra la corrupción, el autoritarismo y la desigualdad económica en lugares como Nepal, Kenia, Marruecos, Perú, Indonesia e Irán. Lo que empieza como quejas económicas terminan evolucionando en reivindicaciones políticas y culturales. Esta generación tiene fuerte conciencia en esos terrenos y han acumulado las frustraciones a las que lleva no aspirar al éxito sino sobrevivir al fracaso.
Por eso vale la pena preguntarse si sus manifestaciones y expresiones no se alimentan más de la frustración y la rabia con la vida cotidiana que con ideologías políticas.
Miremos lo que sucedió en Irán. Las protestas que se extendieron por Isfahán, Mashhad y Shiraz no empezaron siendo la demanda del fin de la República Islámica, empezaron como rabia acumulada con la cotidianidad económica. Omid, un manifestante de 22 años, no empezó gritando "muerte al dictador", sinó lamentándose de que "ni siquiera puedo comprarme un par de zapatillas".
Las revueltas de la Generación Z no tienen líderes ni una coordinación organizada formalmente, son reacción visceral. Las chispas que encienden sus llamas son distintas: en Nepal fue la censura digital, en Marruecos el contraste entre megaproyectos y precariedad social, en Perú las reformas de pensiones que afectaban a los jóvenes, en Madagascar los cortes prolongados de luz y agua, en Kenia los impuestos a productos básicos, en Indonesia la indignación ante privilegio de la elite y en Filipinas hechos de corrupción. Es decir, no hay ideología sino coyunturas, hechos y realidades que indignan.
Vale la pena pensar en qué tanto tiempo tomará para que una generación Z se indigne en estos rincones del sur de América. Si, acá todo llega tarde y distinto, pero la globalidad y la realidad se comparten.
Y tanto va el cántaro a la fuente, que un día se rompe.