Te doy mi rostro
En un hospital de Barcelona, se realizó el primer trasplante de cara del mundo a partir de una donante que recibió la eutanasia.
La noticia me impresionó de manera particular: en un hospital de Barcelona, se realizó el primer trasplante de cara del mundo a partir de una donante que recibió la eutanasia. No era la primera vez que se hacía este tipo de operación tan compleja, pero nunca se había realizado por medio de la donación de una persona que en el proceso se enfrentaba a su propia marcha voluntaria.
Carme, la paciente que ahora vive con la reconstrucción de la parte central de su rostro, sufrió en 2024 una necrosis facial a causa de una infección bacteriana. La destrucción de buena parte de su cara le dificultaba alimentarse y le provocaba un gran malestar psicológico por las terribles secuelas físicas que de la noche a la mañana le produjo la picadura de un insecto. Era preciso hallar un donante, en su caso mujer, cuyo tipo sanguíneo y estructura del rostro se ajustaran a los de ella. No era una empresa fácil, pero los responsables del hospital Vall d´Hebron, pioneros en estas cirugías, no descansaron hasta encontrar a esa donante que le devolvería calidad de vida.
Retomo el impacto que me causó leer esta noticia. En el verano de 2023 mi padre recibió la eutanasia en Madrid. Llevaba años padeciendo una rara y severa variante del Parkinson, parálisis supranuclear progresiva (PSP), y había decidido que quería solicitar la prestación de ayuda para morir antes de acabar postrado en una cama afectado por demencia y otros efectos devastadores. A lo largo del proceso que vivimos con él, lleno de obstáculos y trámites burocráticos, en todo momento expresó su deseo no sólo de donar sus órganos, sino también de que aprovecharan su defunción para estudiar un cerebro dañado por el exceso de una proteína, denominada tau, que ataca las neuronas cerebrales. Mi padre era un hombre muy racional que veía en su terrible dolencia, y el desenlace que planificaba por medio de la muerte asistida, la oportunidad de que la Ciencia avanzara más en el conocimiento de deterioros cognitivos que cada vez son más frecuentes en una población cuya longevidad aumenta.
Lamentablemente, a sus ochenta años, y con el desgaste de la enfermedad, se complicaba para mi padre la donación de órganos al morir, pues el procedimiento para las personas que van a recibir la eutanasia se hace en el hospital tras el fallecimiento. Mi madre quería que la despedida fuera en la intimidad del hogar y él comprendió su deseo. Así renunciaba a la posibilidad de serle útil a alguien necesitado de uno o más órganos. Y, para su pesar, se perdía la oportunidad de estudiar más a fondo el PSP con la disección de su maltrecho cerebro.
La paciente nunca sabrá la identidad de la donante que colaboró con el equipo médico porque la confidencialidad de datos es obligatoria por ley. Ella misma ha reconocido que es mejor así, pues habría representado una carga emotiva muy grande llegar a conocerla. El jefe de Cirugía Plástica y Quemados del Vall d´Hebron, Joan-Pere Barret, ha resumido el gesto de la donante anónima: "Fue la expresión máxima de amor y generosidad hacia los demás." Si algo aprendí de mi padre en el último tramo de su vida, es que quien avanza hacia la despedida final se desprende en el camino de lo material. Él no pudo salvar a otros, pero hoy Carme tiene una vida mejor gracias a la desconocida que le dio su rostro.