El lento adiós de Alexis Sánchez
Alexis Sánchez forjó su personalidad de futbolista sostenido en un gran principio: anteponer sus sueños de niño a cualquier circunstancia
Alexis Sánchez forjó su personalidad de futbolista sostenido en un gran principio: anteponer sus sueños de niño a cualquier circunstancia.
Para el chico venido de Tocopilla, en verdad, no quedaban muchas otras opciones. Las carencias habían sido siempre muchas, las oportunidades escasas y, por tanto, tenía que buscar otros caminos para llegar adonde él siempre pensó que debía ir. Soñar no era una alternativa. Era la única, en verdad.
Alexis se la jugó por esa ruta, entonces, y le apuntó medio a medio, porque desde que debutó en Cobreloa fue guiado por su instinto natural y comenzó a jugar como cualquier cabro chico a punta de puras cachañas que hacían caer uno a uno a sus a veces fieros y chuzos rivales.
La fórmula elegida, claro que sí, fue acertadísima.
Sánchez fue contra esa lógica generalizada que dice que para ser "profesional" y triunfador hay que anteponer la disciplina táctica o el rigor de una propuesta técnica colectiva a cualquier precio. No. Alexis comprobó en los hechos que nada suma más en un jugador que su propia inventiva.
Claro, por cierto que Alexis tuvo momentos en que esos sueños se transformaron en razones de decisiones poco acertadas.
El atacante chileno, por ejemplo, por su visión específica de los objetivos personales que quería cumplir a ultranza, erró al irse de Arsenal -donde era ídolo y señor- a un oscuro Manchester United. O de Olympique de Marsella -donde había recuperado la alegría juvenil- al intrincado Inter de Milán.
En ambas situaciones pareciera haber sido mejor no guiarse tanto por el corazón (aunque para uno es fácil decirlo con el diario del lunes en la mesa).
Hoy, cuando está en la inevitable parte final de su carrera, Alexis demuestra que sigue actuando como ese palomilla que fue en su ciudad nortina.
A los 37 años, en lugar de buscar la tranquilidad económica y la menor exigencia competitiva, está en Sevilla, un equipo que por estos días vive solo de sus recuerdos de los títulos de la Europa League.
Y por supuesto, aunque él no sea el factor más trascendente en la pésima campaña actual de los andaluces, la gente, la prensa y los anónimos tránsfugas que se ocultan en las redes sociales lo sindican como un elemento importante en la desgracia del equipo.
Lo sano, lo óptimo, lo lógico sería que Alexis tome sus cositas y se vaya pronto de un lugar donde ya no lo respetan.
No porque uno dude de sus aún intactas condiciones técnicas ni menos porque se tenga algo parecido a la lástima al ver el ocaso de un ídolo. No. El deseo de que abandone un lugar donde lo denuestan es motivado por la indignación que produce la falta de respeto a quien, contrariamente a la mayoría de sus pares, siempre ha puesto y sigue poniendo como eje central el amor al juego, el respeto a la esencia del fútbol, el cariño eterno a la simplicidad de un regate de un dribling , de una inspiración.
Alexis, cuando empieza a decir adiós, solo tiene que oír aplausos. Es lo que se merece.