Jueves, 12 de Febrero de 2026

Andrés Montero recibe el Premio José Nuez Martín

ChileEl Mercurio, Chile 12 de febrero de 2026

"El año que hablamos con el mar" es la novela por la cual fue distinguido, y el autor señala que en esta utilizó, por primera vez, aspectos autobiográficos.

Llano y sencillo, Andrés Montero (1990) cuenta que se sorprendió mucho cuando recibió el llamado de que era el ganador del Premio José Nuez Martín 2025, al que no se postula y cuyo jurado revisó, en esta versión, 80 títulos posibles de obtenerlo. "El año que hablamos con el mar" (La Pollera Ediciones, 2024, $17.000) fue el elegido, porque "representa una memoria colectiva compartida y visibiliza modos de vida alejados de los centros urbanos, en los que el relatar, el conversar y el cultivar se presentan como formas de habitar el mundo", destacó el jurado.
Entregado desde 1994 por la Facultad de Letras UC, junto a la Fundación José Nuez Martín, el galardón distingue, alternadamente, novelas y obras teatrales chilenas, publicadas o estrenadas en los dos últimos años.
Montero, cofundador de la compañía de narración oral La Matrioska y director de la Escuela de Literatura y Oralidad Casa Contada, ha recibido otras distinciones a lo largo de su carrera, como el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2017, por "Tony ninguno", o el Premio Municipal de Literatura de Santiago, en 2021, por la colección de cuentos "La muerte viene estilando".
Pero en este nuevo título premiado, comenta, no solo echó mano a los cuentos que ha ido escuchando en sus viajes, sino que tocó aspectos más personales. "Los dos protagonistas son mellizos, y cada uno nace como alguna parte de mi personalidad, una más viajera y cosmopolita, con ganas de leer todo y conocer el mundo, y otra que es la parte ermitaña, que quiere estar sobre una montaña y que nadie le hable", cuenta. "Lo veo como algo nuevo en el sentido de que yo no había trabajado con material más personal", agrega.
Los mellizos de los que habla son Julián y Jerónimo Garcés, criados en una isla del sur de Chile y que en un punto de su historia divergen por completo. Julián se queda, se enamora, enviuda y la pena la sobrelleva encerrado en una casa en la punta del cerro. Jerónimo, en cambio, sale a recorrer el mundo, se vuelve periodista y escritor. Luego de muchos años, este último regresa a la isla. Dice venir por pocos días, pero se termina quedando casi 12 meses. Los isleños comienzan a recordar, y a especular también, sobre la historia de estos hermanos.
Ese narrador coral hace y deshace en el libro; pierde el hilo, se contradice, se aburre, se abuena, y crea esa atmósfera de "cahuín" que Montero describió sobre la trama. Para el autor, es también una metáfora del trabajo del escritor, que a veces da vueltas y vueltas para encontrar el hilo del relato. "Uno lee un libro que está terminadito, limpiecito, con toda la ortografía corregida, y a veces cuesta pensar en todos los fantasmas que tiene un escritor".
Su opción por darles voz a los isleños también se inscribe en lo que llama "narrador en problemas" o "en dificultad". "Ahora último como que son mucho más interesantes los narradores que no conocen, como un narrador en dificultad, narrador en problemas", afirma y lo compara con quien se sube al escenario a contar una historia que no ha ensayado ni conoce bien, pero que debe encantar al público.
"Este como narrador en problemas me parece interesante, porque encuentra espacios de creatividad muy grande", agrega. Tiene que ver, también, con la definición de que algunos escritores son brújula y otros, mapa. El primero tiene un norte, pero no está claro cómo va a llegar a él; el segundo, tiene todo definido y estructurado. El autor confiesa que ha sido más mapa, pero "ahora me puse como un desafío ser brújula, no tener tan claro para dónde iba la cosa. Entonces, fue mucho más difícil, me demoré más que con los otros libros, pero aparecieron cosas que no habrían aparecido con un mapa". Por ejemplo, confiesa, "el orden de la fiesta", todo un relato que recuerdan los isleños les contó Julián, cuando no era un ermitaño, para explicar cómo se logra que una fiesta sea exitosa. Y lo recuerdan porque esa fiesta ayudará a reconciliar a los mellizos.
"El año en que hablamos con el mar" puede ser leído como "un relato paralelo sobre el arte de narrar, una entrada también de análisis, podríamos decir, que tiene el libro", afirma el escritor.
Otra reflexión que deja esta novela es la de estar observando estilos de vida ya inexistente, que Montero se ha dedicado a rescatar... aunque a él no le gusta esa palabra. Lo explica: "Trato de hablar de compartir, porque cuando uno dice rescatar a mí se me ocurre como un barco naufragado, que está hundido en la mitad del mar y uno hace un tremendo esfuerzo por ir a buscarlo y lo rescata". En cambio, cuenta, cuando recorre el país y pregunta a los niños por historias o cuentos de su ciudad, todos conocen alguna. "Me parece que lo que yo hago es escuchar y compartir. Me siento más como un puente o un eslabón de la cadena, que como que estoy rescatando algo. Esa es mi sensación y sí me parece que es un trabajo muy importante ser ese puente".
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