Cuatro años de guerra y anestesia moral
Rafael Herz
Cuatro años después del inicio de la invasión rusa a Ucrania, el cansancio no puede convertirse en coartada moral
Rafael Herz
Cuatro años después del inicio de la invasión rusa a Ucrania, el cansancio no puede convertirse en coartada moral. Cuatro años después de la inaceptable y cruel invasión rusa en Ucrania, resulta más evidente que nunca que no se trató de un "conflicto inevitable", ni de una disputa regional mal gestionada, ni de un accidente de la historia. Fue y es una decisión política consciente, la de imponer por la fuerza un proyecto imperial que niega la soberanía de un país vecino y la voluntad de su población. Disfrazar esa realidad con discursos sobre seguridad, equilibrios geopolíticos o agravios históricos no hace más que blanquear una lógica peligrosa, la de que las fronteras pueden volver a cambiarse con agresiones militares. El balance humano de estos cuatro años es devastador. Decenas de miles de muertos, millones de desplazados, familias partidas, generaciones marcadas por el trauma. Ciudades reducidas a escombros, infraestructuras civiles convertidas en objetivos militares y una normalización inquietante del horror. Las imágenes de hospitales bombardeados, barrios arrasados y fosas comunes ya no sorprenden como antes. Ese es uno de los mayores fracasos colectivos, el de una progresiva anestesia moral que tanto nos ocurre y convierte lo inhumano en una realidad cotidiana. Pero la responsabilidad no recae únicamente en el agresor. También es incómodo reconocer las ambigüedades, los cálculos y las vacilaciones de quienes, desde fuera, proclaman su apoyo a Ucrania mientras dosifican la ayuda, retrasan decisiones o subordinan el compromiso con la legalidad internacional a sus propias agendas electorales y económicas. Cuatro años después, la pregunta ya no es solo si se ha hecho lo suficiente, sino si realmente se ha querido hacer lo necesario. El orden internacional basado en reglas es más frágil de lo que se repetía en discursos solemnes, especialmente desde que han llegado al poder quienes no creen en su valor como base de paz y bienestar. Las instituciones multilaterales muestran sus límites cuando uno de los principales violadores de la legalidad es, al mismo tiempo, tiene poder de veto y capacidad de bloqueo. La diplomacia ha quedado atrapada en un bucle de declaraciones sin consecuencias reales. La guerra continúa porque su coste político para quien la inició sigue siendo asumible. Esa es la lección más amarga. Mientras el precio de la agresión no supere al de prolongarla, el sufrimiento de la población civil en Ucrania seguirá siendo, incomprensiblemente, una variable tolerable para quienes toman decisiones lejos del frente. Recordar este cuarto aniversario no debería ser un gesto ritual. Es una interpelación directa. A los gobiernos, para que dejen de gestionar la guerra con el reloj electoral en la mano. A las instituciones internacionales, para que afronten su propia irrelevancia con reformas reales. Y a las sociedades, para que no acepten como normal una guerra de conquista en pleno siglo XXI. El verdadero peligro no es solo que Ucrania pierda territorio. Es que todos perdamos, poco a poco, la capacidad de indignarnos sobre una agresión inaceptable.
Analista Internacional.