Buscar quiénes somos: el buen momento del ensayo en Chile
Queremos comprendernos: sea por los malestares sociales, sea porque necesitamos pensar sobre el "oficio de vivir", lo cierto es que el género que inventó Montaigne atraviesa un momento de vitalidad. Hay una diversidad de buenos autores, desde reflexiones políticas a existenciales, y el público los lee. Opinan Daniel Mansuy, Paz López, Diana Aurenque, Ana Rodríguez y Aldo Perán.
El tema de mis ensayos soy yo, dijo Montaigne, creador del género, lo que no solo significa que hable de él como quien escribe unas memorias, hay algo de eso, pero sobre todo se trata de escribir lo que pasa por la cabeza del autor y, claro, eso puede ser cualquier cosa: desde cuestiones sociales a inquietudes existenciales, asuntos públicos y privados, temas divinos, animales y humanos. Pero siempre, como lo sugiere el nombre del género, con un margen más o menos amplio de incerteza, como mero intento, y nunca, pero nunca, con voluntad de verdad absoluta. Un poco como el mundo moderno. "Qué se yo" era uno de los lemas del autor francés. O quizás podríamos decirlo con palabras de un chileno, Raúl Ruiz, refiriéndose a sus compatriotas: irse por las ramas a lo esencial.
Y es que, al menos desde Bello, Lastarria y Vicuña Mackenna, Chile tiene una tradición ensayística, reforzada en el siglo XX con exponentes como Luis Oyarzún y Martín Cerda, quienes probablemente sean dos de los mayores nombres de un arte que, a pesar de esa historia, suele quedar en la mesa del pellejo a la hora de hablar de literatura chilena, pues la mesa principal se reserva a la narrativa y, claro, a la poesía.
Uno de los libros que dieron que hablar en 2025 en Chile fue el ensayo "Pánico y ternura" de Paz López, en el que la teórica del arte reflexiona, en tiempos que parecen más dados a la altisonancia y la fuerza, sobre la ternura, una emoción tan inasible como necesaria. Dos años antes, los aplausos, críticas y reediciones fueron para Daniel Mansuy con su ensayo sobre Salvador Allende. Y antes, desde su libro sobre el dinero hasta el más reciente sobre las humanidades, Carlos Peña es de los autores chilenos más comentados y comprados.
Si se mira el listado semanal de los libros más vendidos que publica este suplemento, ficciones y no ficciones, como "Nazi-comunismo" de Axel Kaiser y "El buzón de las impuras" de Francisco Solar, comparten las preferencias. De hecho, los números entre ambas categorías son similares.
Tradición prestigiosa
"En Chile no se premia, pero tiene un gran prestigio", dice sobre el ensayo Aldo Perán, editor de los sellos Taurus y Debate en Penguin Random House."Ya en la colonia había una modalidad de ensayo, que se fue perfeccionando, que tuvo en el siglo XIX entre sus puntos altos a Vicuña Mackenna; las historias de Chile de Encina y Barros Arana también son ensayos, con reflexión y un desborde de pensamiento propio; un arte que en el siglo XX refinaron Edwards, Eyzaguirre, Góngora, Gabriel Salazar, Sol Serrano, Alfredo Jocelyn-Holt, incluso Sofía Correa en 'Con las riendas del poder'".
Una de las gracias de ese ensayo histórico, agrega Perán, es que se nutre de disciplinas como la literatura e incluso la música, no se queda en los meros datos y fuentes. No es, desde esa perspectiva, académico: "El ensayo, como género, es arriesgar el pensamiento, parafraseando lo que dice Aïcha Liviana Messina. Los historiadores son ensayistas, o al menos los historiadores más significativos".
Esta tradición tiene su antecedente más cercano en los años noventa, cuando autores como Tomás Moulian y el ya mencionado Jocelyn-Holt publicaron libros que, en medio de la alegría, apuntaban a un malestar que se incubaba. Fueron éxitos de venta, en particular "Chile actual: anatomía de un mito" y "El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar".
"En los años 90 hubo ensayos muy relevantes, pero se dio, por decirlo así, un valle después. Y es verdad que en los últimos años se han publicado ensayos importantes, que han producido conversación", dice Daniel Mansuy, filósofo, columnista y uno de los exponentes de la revitalización del ensayo con sus libros "Salvador Allende: la izquierda chilena y la Unidad Popular" y "Los inocentes al poder: crónica de una generación".
De los títulos recientes, a Mansuy le parece que "La historia en disputa", de Jocelyn-Holt, que reúne ensayos de las últimas tres décadas, "es completamente superior". "Me gusta mucho también, de Pablo Ortúzar, 'Sueños de cartón', un libro sobre educación, que es un intento de explicar lo que nos ha pasado en Chile en los últimos años. Y 'Pánico y ternura', de Paz López, que me gustó muchísimo, es una pluma muy libre".
La propia López concuerda con que en Chile hay una tradición muy rica de ensayistas; en su caso, apunta a autores ligados a la crítica literaria y de arte: "Pienso en Martín Cerda, pero la que más conozco y más me ha interesado, quizás por una cosa disciplinar, es el ensayo que nace aparejado a la escena de las artes visuales en Chile durante la década de los 60, 70, 80. Allí están Enrique Lihn, Nelly Richard, Adriana Valdés, Pablo Oyarzun, y ya en los 2000, Ana María Risco, Bruno Cuneo, Federico Galende y, más recientemente, Ariel Richard", dice. "También hay artistas que son grandes escritores, como Eugenio Dittborn o Carlos Altamirano".
"Quizás los ensayos de los últimos 5, 10 años", dice López, "hayan realizado un desplazamiento desde la cosa más disciplinar hacia asuntos de la experiencia, que no es lo mismo que la intimidad exhibida. Son escrituras que intentan no sacrificar la singularidad en nombre de una categoría o una verdad inamovible. Sí hay un buen momento para el ensayo, creo que por algo que es inherente al género, al menos en la tradición del gran ensayista que fue Montaigne: desplegar una singularidad sin abandonar por eso aquello que es del orden de lo común. Hacer que lo personal solo adquiera sentido si se reconoce en un cuerpo común, si tiene resonancias en otros".
Política e intimidad
En el nuevo ensayo chileno existe una vertiente político-social, ligada a la actualidad y a inquietudes comunitarias, con autores como Carlos Peña ("Lo que el dinero sí puede comprar"), Óscar Contardo ("Siútico: arribismo, abajismo y vida social en Chile"), Alberto Mayol ("El derrumbe del modelo") y Kathya Araujo ("El circuito del desapego"). Esta variante incluye una especie de género en sí mismo: los ensayos posestallido social, como "Pensar el malestar", de Peña; "Antes de que fuera octubre", de Contardo, y "Octubre en Chile: acontecimiento y comprensión política", de Hugo Herrera, entre otros títulos.
Ana Rodríguez, editora en Planeta de los sellos Ariel, Crítica y Paidós, liga el presente del género con el acontecer: "Viene dado por coyunturas que demandaron más diversidad de temáticas y una profundidad de contenidos, por parte de los lectores. Estoy pensando en el estallido social, las dos instancias constituyentes, los estragos que dejó la pandemia y sus encierros. El ciclo político chileno reciente ha sido bien exigente en cuanto a contenidos a disputar", dice.
"Yo marcaría la fecha en el 2011", complementa Mansuy, "después de la revolución estudiantil del 2011 se produjo una necesidad, digamos, un deseo de entender lo que estaba pasando en Chile, porque todos pensábamos que el país estaba tranquilo, que no había grandes problemas y en el 2011 aparecieron problemas, o al menos tensiones, y ahí nació cierta demanda por comprender lo que estaba pasando".
Otra vertiente del ensayo chileno actual es más literaria y, como decía López, la subjetividad del autor está más presente sin reducirse a un mero yo. Aquí hay ejemplos como Constanza Michelson ("Nostalgia del desastre"), Vicente Undurraga ("Todo puede ser"), Macarena García Moggia ("Ensayos de una casa"), Joseph Ramos ("Creer o no creer") y Aïcha Liviana Messina ("Ninguna letra está sola").
Mansuy cree que, aunque ambas tendencias son distintas, comparten "el deseo de hablarle a un público un poco más amplio. Hay una voluntad compartida de querer salir del estrecho público académico, de artículos hiperespecializados, que yo también escribo y contra los que no tengo nada, pero que no pueden agotar la vida intelectual".
"Veo la presentación de puntos de vista más íntimos sobre contingencias que son igualmente globales", apunta Rodríguez. Temas relacionados con "cómo reaccionar ante la violencia que asola el mundo, qué emociones deberíamos 'retomar' o 'rescatar' para enfrentar esta actualidad".
Bailar con los lectores
La filósofa Diana Aurenque concuerda con Mansuy en la necesidad de despercudirse de las obligaciones de la academia y, a la vez, escribir con más libertad. Ella dio ese paso, primero, con "Animales enfermos: filosofía como terapéutica", y, luego, con "Animal ancestral: hacia una política del amparo".
"El presente está lleno de inquietudes, están pasando tantas cosas a la vez, hay incógnitas políticas, valóricas, como la crisis de la natalidad, las intolerancias, son tantas cosas. El ensayo permite reflexionar de una manera que otro tipo de textos no lo permite. Además, uno se expone, el ensayo tiene una dimensión afectiva más presente que otro tipo de escrituras".
Una dimensión, cree Aurenque, que conecta bien con tiempos en los que la afectividad, lo emocional, más que lo puramente racional, están muy presentes: "El lector o lectora debe poder aceptar la invitación de bailar contigo un rato, incluso cuando no sabe los pasos, y por eso el ensayo tiene un ritmo distinto, es más seductor, tiene que llamar la atención, tiene que cautivar".
Según López, "hay lectores deseosos de pensar los problemas propios del 'oficio de vivir' (el amor, el desamor, la muerte, el deseo, la ternura, la vergüenza, etcétera), deseosos de encontrar espacios para pensar esos asuntos con tiempo, pausa, alejados del ruido. El ensayo, creo, habla bajito, no sube la voz, está más cerca del susurro que del griterío".
"Son textos que llegan de manera oblicua a las cosas, incluso a la política, y que en ese sentido no son tesis, soluciones, prescripciones. Textos donde el punto de vista político y universal se codea y coexiste con el detalle superfluo de la vida cotidiana de una persona, que ponen en pie de igualdad los detalles más frívolos con los acontecimientos más decisivos", dice López.
Quizás, esto siempre es opinable, el ensayo que mejor reúne esas características sea "Huesos sin descansos", de Cristóbal Marín, cuyo tema, uno podría decir, es la necesidad humana de enterrar a nuestros muertos. Pero también es una crónica sobre el genocidio de los fueguinos, sobre los viajes de ingleses ilustres por este lado del mundo, sobre los detenidos desaparecidos y sobre las caminatas nocturnas del autor.
"Si el ensayo estuvo vinculado en Chile a disciplinas como la historia, la literatura y la filosofía, hoy día me parece que está más vinculado al desarrollo de temas particulares y con un marcado carácter literario, que es lo que le ha dado un aire fresco a esa renovación ", dice Perán.
Al preguntarle a Mansuy lo que busca, como lector, en un ensayo, responde: "Me interesa mucho el esfuerzo narrativo. Si el hombre es un animal que cuenta historias -la frase creo que es de McIntyre- siempre he pensado que en Chile nos falta contarnos nuestra historia y nuestras distintas historias, porque no siempre son las mismas, ¿no?".
Entonces, quizás, cuando Montaigne dice que él es el material de sus ensayos, igual, sin querer queriendo, reconoce que nosotros somos el asunto. Y en ese tanteo político y existencial, tan moderno, anda también el ensayo chileno.
''Después de la revolución estudiantil del 2011 se produjo una necesidad de entender lo que estaba pasando".
DANIEL MANSUY
" Hay lectores deseosos de pensar los problemas propios del 'oficio de vivir'".
PAZ LÓPEZ