La cuenta regresiva del Pochoco
Uno de los cerros más visitados de Santiago podría desaparecer del mapa. ¿La razón? Los accesos se han ido cerrando y no existe interés público por comprar terrenos que aseguren una servidumbre de paso. ¿Qué se perderá si se clausuran sus senderos?
S i al redactar el Código Civil, Andrés Bello hubiese incluido las montañas en su lista de bienes nacionales de uso público (como los ríos y el mar), el acceso a los cerros estaría garantizado por ley. Quizá nunca previó que la cordillera, estigmatizada por los conquistadores españoles, que en su paso no legaron ningún ascenso destacable y más bien se enfocaron en transmitir sus penurias, se convertiría con los años en un espacio de turismo, recreación y aventura, tan indispensable como el mar. Pero los cerros, que constituyen el 64 por ciento del territorio continental chileno, tienen dueño (fisco o privado) y ninguno está obligado a entregar acceso.
Las montañas son propiedades a las que muchas veces accedemos por suerte. Así ha sido por años en el cerro Pochoco , de 1.800 metros de altura, ubicado en los faldeos cordilleranos de Lo Barnechea, hasta que el 20 de abril de 2022, el histórico acceso ubicado al final de la calle Camino El Alto fue cerrado con candado y reja, y se intentó implementar un cobro que rápidamente cesó por no contar con la autorización del Servicio de Impuestos Internos. El impacto fue tal que la noticia llegó a la prensa y decenas de trekkeros se encorvaron entre portones buscando un paso: a algunos se le enredó un brazo o una pierna en los alambres de púa, se cortaron; otros dieron media vuelta y lamentaron, con la resignación propia de quien supo que esto alguna vez pasaría, que su querida montaña fuera clausurada como si se tratara de un local comercial.
Un cerro por décadas visitado por miles de personas al mes, un cerro escuela para futuros montañistas, un cerro familiar, donde los niños logran su primera cumbre, superando pasos de roca que anteceden los últimos metros antes de la cima. Por el Pochoco transitaban personajes entrañables como Ugo Ravera, alias el Señor del Pochoco, que regalaba bastones rojos a quienes veía tres veces subiendo el cerro; en torno a él se generó una cofradía que cuidó y limpió el sendero y educó a los visitantes, y Ugo jamás imaginó, según cuenta su amigo Erling Villalobos, que algún día se cerrarían todos sus accesos. "Si eso ocurre, sería terrible", dice Erling.
Desde el antiguo acceso, aún cerrado, el perímetro del Pochoco está cercado por rejas reforzadas con neumáticos, portones, alambres de púa y muros de piedra. Sería un error hablar de prepotencia o egoísmo por parte de los propietarios, porque en la práctica no están haciendo nada malo. Cuando el acceso histórico fue cerrado, los senderistas reaccionaron exaltados e incluso increparon al propietario, que solo estaba protegiendo su casa. El enojo venía del sentido común de que los cerros al igual que el mar deberían ser de todos. Pregúntele a un niño de quién son las montañas, la respuesta suele ser esa: de todos.
Doscientos metros más abajo del antiguo acceso, por calle Camino El Alto, se encuentra el único acceso al Pochoco, o mejor dicho, el último. No es oficial y ni siquiera parece legal. Al contrario, se ve clandestino, pues se deben saltar alambres de púa que seguramente alguien retiró a la fuerza del perímetro de la propiedad, junto con un portón derribado que aún yace en el piso. Si el terreno se vende o si el propietario vuelve a levantar la reja, el Pochoco pasaría a ser parte de la lista de montañas prohibidas de Chile, como el volcán Maipo o el cerro Negro. Y aunque el propietario tuviese vocación de conservación o interés por permitir el acceso, nada asegura que se mantenga en el tiempo. Un cambio de dueño basta para que el cerro cierre de nuevo.
El sendero alternativo sube por una ladera polvorienta y resbalosa, a la derecha de un cerco. Las casas se reparten prácticamente todo el sector bajo del cerro. Aunque es verano, las especies nativas del bosque santiaguino sobreviven la sequía: el bollén, el colliguay, el litre, el quillay, siempre verdes; otras permanecen calcinadas bajo el sol tórrido de la tarde con sus ramas a punto de quebrarse. Las turcas cruzan aterradas el sendero y se pierden en los matorrales, mientras cóndores y águilas se dejan llevar por las corrientes de aire. Más arriba, en la cumbre, continúa hacia el este un filo que se interna por el sector de Farellones hasta cumbres de más de tres mil metros de altura.
"La puerta de los Andes", lo llaman algunos pochoqueros. Las fotos que se toman desde la cumbre suelen enfocarse en las montañas de más atrás y no en la ciudad. En el Pochoco, la ciudad es un actor secundario.
¿Hay alguna parte de este cerro que sea "de todos"? Solicité vía Transparencia a la Municipalidad de Lo Barnechea información sobre la propiedad del cerro. La respuesta confirma el temor de trekkeros y vecinos del sector: "La totalidad de los predios que permiten el acceso al cerro Pochoco son de propiedad privada", indica la respuesta firmada por la administradora municipal, María Carolina Hurtado Fernández. Pero además del acceso, está la cuestión del sendero que conduce a la cumbre, el cual, según la Municipalidad, atraviesa como mínimo seis predios privados, dependiendo del acceso que se utilice. "No existe en el cerro Pochoco, incluyendo su cumbre y laderas, ningún bien fiscal o de propiedad municipal", reza el escrito. Si la cumbre, por ejemplo, fuese fiscal, el Estado podría exigir un camino para acceder a su propiedad, pero no es el caso.
Consultados acerca de un eventual interés por comprar terrenos que permitan asegurar una servidumbre de paso, la Municipalidad lo descartó por razones económicas, argumentando que el desarrollo de un proyecto que habilite un acceso público al cerro "implicaría necesariamente la adquisición de múltiples predios, junto con la habilitación de estacionamientos y la administración de un nuevo parque. Esta situación supone una inversión significativa, ya que la Municipalidad no puede ejecutar proyectos en inmuebles de propiedad privada", detallan.
La pregunta es quién puede asegurar que los vecinos de la comuna y del resto de país puedan seguir visitándolo. ¿Depende de los trekkeros, de alguna ONG, de los mismos propietarios?
¿Quién va a salvar al Pochoco (salvarlo para nosotros mismos) antes de que sea demasiado tarde?
El concepto de "puerta a la cordillera" es tan exacto como poético. Desde la cima del Pochoco se llega a un hermoso llano donde corren animales, se suceden cumbres cada vez más altas, al mismo tiempo que se abren cadenas de cerros que mueven la brújula del caminante, que despiertan sueños y permiten cuantificar la fuerza de los Andes. Aparecen el cerro El Plomo, El Altar, La Paloma, se ven sus glaciares y paredes, sus intricados filos, sus valles de vegas y ríos. Pensar en subir uno de los grandes sin antes pasar por el pequeño no tiene sentido. Hasta los mejores himalayistas chilenos partieron aquí y nunca dejaron de venir. ¿Adónde más irían un fin de semana, con solo un par de horas para subir y bajar un cerro en plena cordillera? No hay tantos Pochocos como uno imagina. Según Erling Villalobos, autor de la biografía del Señor del Pochoco, el cerro es "icónico porque existe una cultura pochoquera, una comunidad" que se articula en torno a la fraternidad.
Para muchos, el Pochoco fue el primer cerro, el que les enseñó lo que podía llegar a ser la naturaleza. Hernán Morales nació y se crio en el Arrayán, tiene 54 años, dos hijos y un nieto. Él es de los que vivió la experiencia de caminar libre por las laderas y los esteros de la comuna, a los que iba a pescar con su padre. Desde el Pochoco veía bajar a los arrieros cargados de leña que luego vendían para subsistir. "Ahora", dice él, las cosas han cambiado. "Pasamos a ser visitas, uno pasa a ser extraño, hoy no se puede hacer lo que hacíamos antes, está todo cercado, no comprenden que uno solo quiere salir a recrearse y conectar con la naturaleza".
Hernán relata un cambio abrupto, de la tranquila vida de campo a la existencia convulsionada donde prima la desconfianza y el individualismo. Por eso, dice él, ve difícil que se logre una solución con los propietarios del cerro Pochoco. "Esas parcelas pasan de mano en mano, no se sabe quién es el dueño, no creo que pase mucho tiempo hasta que se construya; donde yo vivo, hay un cerro atrás donde uno subía caminando, ahora ya no podemos subir porque construyeron".
La Municipalidad de Lo Barnechea plantea que existen entidades más idóneas para solucionar el problema del acceso al Pochoco, como la Asociación de Municipalidades Parque Cordillera (entidad que, vale aclarar, no compra terrenos, sino que los administra). "Esta organización -plantean-, gracias a su naturaleza asociativa y al marco normativo que la regula, cuenta con una mayor flexibilidad para establecer alianzas estratégicas con actores privados y para administrar proyectos orientados al acceso y la conservación del patrimonio natural".
Consultados acerca de un interés por incluir al cerro Pochoco en su línea de trabajo, Parque Cordillera señaló que "no tiene ningún programa asociado al cerro", aunque aclaró que se encuentran abiertos a hablar con propietarios "de distintos terrenos distribuidos en la Región Metropolitana para la creación de parques de conservación".
Mientras tanto, hay otras alternativas que, sin embargo, piden más compromiso de parte de los propietarios. El presidente ejecutivo de Fundación Plantae, Camilo Hornauer, ha trabajado por décadas en pos del acceso consciente y respetuoso a los espacios naturales, y según él, lo primero es que los propietarios del cerro "sean conscientes de lo que tienen ahí en sus terrenos, sepan del impacto positivo que tiene acceder a este lugar". Segundo, Hornauer dice que lo ideal es que estén disponibles para generar un protocolo de acceso "sin necesariamente llegar a lo legal, a las servidumbres o a la venta, y lo esperable sería que nosotros, los usuarios, también trabajemos por esto y no nos quedemos solo en el reclamo de redes sociales o de la foto denuncia, sino que articulemos y organicemos propuestas, con un plan de trabajo. Ahí, por ejemplo, la Municipalidad podría aportar con señalética, equipamiento, etcétera".
Otro interesado en fortalecer el acceso a los cerros es el gobernador de la Región Metropolitana, Claudio Orrego, que negoció con privados para asegurar el paso a la quebrada de Macul y actualmente pretende lograr lo mismo con el cerro Manquehue, también privatizado. "Creo que la única solución para cerros 100 por ciento privados es la consagración en Chile de algo que existe en los países escandinavos, que es el derecho a deambular, que permite acceder a las montañas con responsabilidad y cuidado", plantea. Sin embargo, aclara que en Chile "todavía estamos lejos de una legislación como esa. Hace algunos años el exdiputado Torrealba presentó un proyecto de ley que quedó en nada. Mientras tanto, hay que buscar acuerdos con los privados".
En invierno, cuando llueve en Santiago, el Pochoco se cubre de nieve y se vuelve mágico. En la cumbre la gente se sienta en piedras a contemplar y a absorber algo que necesitan para sus vidas. Se ve amistad, reencuentro, amor, el lado humano del paisaje. Hernán Morales dice que le cuesta explicar lo que significaría para él el cierre definitivo del Pochoco. Piensa en sus hijos y en su nieto, piensa en que no les podrá traspasar lo mismo que él vivió, llevarlos a los mismos lugares. "No sé cómo decirlo.... Es como que nos cortaran la vida, se nos ha ido encarcelando en nuestro propio recinto".