Ciudadanía en reserva
Como muchos colombianos, crecí con narrativas complejas sobre la Fuerza Pública: el reconocimiento de su disciplina y capacidad operativa y, al mismo tiempo, críticas legítimas sobre abusos, distancia y desconfianza
Como muchos colombianos, crecí con narrativas complejas sobre la Fuerza Pública: el reconocimiento de su disciplina y capacidad operativa y, al mismo tiempo, críticas legítimas sobre abusos, distancia y desconfianza. En mi caso, además, no eran solo debates públicos, sino realidades dolorosas y concretas que incluían casos conocidos de perfilamiento racial, muertes injustificadas de jóvenes negros y una bala disparada al aire durante unas fiestas de noviembre en Cartagena que atravesó el pulmón derecho de mi primo y todavía carga en su espalda. Con esas historias encima, el año pasado me uní a la décima cohorte del curso de Profesionales Oficiales de la Reserva de la Policía Nacional de Colombia, un programa que permite a ciudadanos participar en la misión de seguridad y convivencia sin tener vínculo laboral con la institución. Llegué entonces con tensiones arraigadas y preguntas difíciles, pero también con genuina curiosidad y con un respeto que no era indiferencia, sino memoria. Lo que encontré adentro me permitió ampliar el encuadre y entender que las decisiones no se toman en abstracto, sino en un espacio humano lleno de contradicciones y desafíos estructurales. Por eso, cuando la distancia se reduce y aumenta la proximidad, se hace evidente que quienes visten el uniforme son también ciudadanos atravesados por las mismas complejidades sociales que intentan gestionar. En un país con desigualdades marcadas y vacíos institucionales profundos, la Policía no solo previene y reacciona frente al delito. Hace de todo. Media en conflictos familiares. Acompaña procesos comunitarios y ambientales. Gestiona emergencias. Responde a crisis sociales. En muchos territorios, es la presencia más visible, y a veces la única, del Estado. Ese peso humano no borra los abusos ni los excusa, pero sí posibilita que la conversación sobre seguridad ciudadana sea más honesta y más compleja. Las sesiones de capacitación y entrenamiento físico, por ejemplo, me confirmaron que la legitimidad que transforma y se vuelve duradera no nace del discurso ni de la fuerza, sino del encuentro y de la experiencia cotidiana de respeto, escucha y reconocimiento mutuo. En una democracia, la seguridad es también una responsabilidad compartida, y la distancia absoluta entre ciudadanía e institución solo alimenta la desconfianza. Cuantos más ciudadanos accedamos a espacios de formación e intercambio con la Fuerza Pública, más rica será la conversación sobre cómo construir seguridad sin delegarla automáticamente y cómo generar relaciones de confianza y proximidad con instituciones centrales en la vida diaria del país. En mi experiencia puedo decir que reserva no diluye la frontera entre civiles y uniformados. Al contrario, la hace más consciente e informada, al permitir que ciudadanos del común conozcamos sus lógicas y comprendamos sus límites. Programas como este, por tanto, pueden ser una herramienta valiosa, no para eliminar la crítica, sino para cualificarla. No para diluir el control civil informado, sino para fortalecerlo. En tiempos electorales, cuando la seguridad vuelve al centro del debate público, conviene recordar que las instituciones no se robustecen ni con discursos duros ni con desconfianzas totales. Se consolidan con profesionalización, con diversidad en sus filas, con mecanismos de supervisión efectivos y con mayor conexión entre ciudadanía y autoridad. Felicito a mis compañeros del curso 010. Experimentar la institución desde adentro no me hizo menos crítica. Me hizo más consciente de que la ciudadanía también se ejerce cuando decidimos acercarnos.
Una mirada desde adentro
Kandya Obezo Casseres