Planificar para el envejecimiento
C hile está a punto de cruzar un umbral simbólico: más de 20 millones de habitantes
C hile está a punto de cruzar un umbral simbólico: más de 20 millones de habitantes. Pero el dato relevante no es el tamaño, sino la trayectoria. En pocos años, el país entrará en crecimiento natural negativo -morirán más personas de las que nacen- y hacia mediados de la próxima década alcanzará su techo poblacional, para luego iniciar una contracción gradual. Lo decisivo es que ese Chile "más pequeño" será, al mismo tiempo, mucho más longevo: en 2070, más de cuatro de cada diez habitantes tendrá 65 años o más, según el INE.
Este cambio obliga a corregir el rumbo de la política pública. Por décadas, planificamos infraestructura para acompañar el crecimiento: expandir redes, sumar capacidad o construir nuevas piezas. Lo que viene es distinto: sostener bienestar en un país que envejece, donde la demanda será más sensible a accesibilidad, proximidad, continuidad de servicios y calidad del entorno cotidiano. Esto no reemplaza la agenda de expansión donde aún hay brechas; la complementa y reordena.
También conviene impulsar una política de migración ordenada y focalizada, alineada con necesidades productivas y territoriales, que ayude a suavizar la transición. Pero no elimina el núcleo del desafío: rediseñar infraestructura para que la vida cotidiana funcione mejor en una sociedad longeva.
En ese escenario, Chile debiera anticipar tres cambios en su agenda de infraestructura:
Primero, cerrar la brecha digital como infraestructura habilitante. La vida ya se organiza mediante plataformas en salud, trámites, transporte, pagos y coordinación de cuidados. Si el sistema se diseña sin considerar a los mayores, la exclusión digital se transforma en exclusión social.
Segundo, poner la vivienda y el barrio al centro. En sociedades longevas, el costo social se dispara cuando la autonomía depende de traslados largos o cuando el hogar no permite envejecer con dignidad. Adecuaciones progresivas, entornos seguros y servicios de cercanía no son un lujo urbano: son prevención, salud pública y cohesión social.
Tercero, reorientar la infraestructura urbana hacia la vida cotidiana. Veredas, cruces, iluminación, paraderos, áreas de descanso, señalética, espacios públicos y seguridad vial determinan si una ciudad permite moverse con confianza o empuja al aislamiento. Lo "pequeño" en obra se vuelve "grande" en impacto: reduce caídas, viajes innecesarios y presión sobre el sistema de salud.
La invitación es abrir una discusión seria sobre infraestructura y cambio demográfico.
Chile necesita una agenda que entienda la infraestructura como soporte de autonomía, cuidado y productividad, con decisiones tempranas para no llegar tarde a una realidad en marcha.