IA y productividad: una agenda ineludible para el nuevo gobierno
Como muchos profesionales, utilizo inteligencia artificial en la oficina y fuera de ella
Como muchos profesionales, utilizo inteligencia artificial en la oficina y fuera de ella. No recuerdo una tecnología que haya incrementado mi productividad de manera tan directa. Internet transformó el acceso a la información gradualmente; la IA, en cambio, no solo informa: ejecuta. Si antes la limitación era implementar buenas ideas, hoy -en parte- está en generarlas.
Cuantificar su impacto no es sencillo: en algunas tareas la IA supera el desempeño humano; en otras requiere supervisión o criterio experto. Esa frontera se mueve con rapidez. Pero la pregunta relevante no es cuánto aumenta la productividad individual, sino cuál será el efecto agregado sobre la economía. Las proyecciones han oscilado entre quienes anticipan un impacto masivo y quienes prevén uno acotado, según la amplitud de tareas susceptibles de automatización.
Evidencia reciente sugiere un escenario intermedio. El economista Nicholas Bloom y coautores (2026), estudiando gerentes en EE.UU., Reino Unido, Alemania y Australia, encontraron que un 72% utiliza IA en una semana laboral típica, dedicándole 1,5 horas en promedio. Aunque el impacto ha sido moderado, esperan que en tres años la productividad -ventas por trabajador- aumente en torno a 1,4% anual adicional. Considerando que en la última década la productividad en EE.UU. creció cerca de un 1,5% anual, la IA podría elevar ese ritmo en un tercio. No es revolución instantánea, pero sí cambio estructural relevante.
¿Y en Chile? El diagnóstico es incierto, y eso debiera preocuparnos. Carecemos de datos sistemáticos sobre adopción de IA en las empresas. No sabemos cuántas la utilizan, para qué tareas ni con qué intensidad. Tampoco las expectativas de los gerentes.
Este vacío estadístico no es menor. Lo que no se mide, no se gestiona. Chile dispone de instrumentos consolidados -como la Encuesta Nacional Industrial o la Longitudinal de Empresas- que podrían incorporar módulos específicos sobre adopción de IA. Involucrar a la Comisión Nacional de Productividad sería un paso clave. Sin esa información, diseñar políticas públicas es, en el mejor de los casos, intuitivo; en el peor, ineficaz.
El nuevo gobierno enfrentará el desafío de reactivar el crecimiento y elevar la productividad con estrechez fiscal y mayores demandas sociales. La IA puede ser un motor relevante con estrategia clara: medir adopción, facilitar difusión -especialmente en pymes- y reforzar la formación de capital humano.
Este desafío requiere coordinación: convocar a gremios, universidades y trabajadores para definir una agenda común permitiría avanzar con legitimidad y eficacia. En productividad, como en otras materias, las transformaciones sostenidas suelen ser resultado de acuerdos amplios más que de esfuerzos aislados.
Esto es urgente. Los países que hoy cuantifican y promueven la adopción de IA contarán con ventaja acumulativa: podrán ajustar regulaciones, focalizar incentivos y formar talento oportunamente. Si Chile no avanza con la misma decisión, el rezago no será solo tecnológico, sino también productivo.