Reflejos torpes y alas rotas
En el Uruguay de hoy, perdida la espontaneidad de los reflejos, ninguna coordinación restituye el hágase.
De la vida real. El lunes pasado, persona de mi mayor confianza fue a la sucursal del BROU sita en Uruguay y Julio Herrera y Obes. Sacó número y se sentó a esperar. Detectó mal olor: entre las sillas había excremento humano. Se lo dijo al guardia que, sorprendido, contestó que iba a avisarle al personal de limpieza. No vino nadie. Al llegarle el turno, se lo comunicó al cajero, que reconoció lo impropio de la situación y añadió: "si se lo dijo al guardia, ya vendrán a limpiar": se desentendió.
Nadie tomó el problema como propio. Los funcionarios se limitaron a esperar el resultado del sistema. Los clientes siguieron embalsamados en fetidez, sin reclamos ni interjecciones. Nadie amagó asco ni respuesta. Todo pareció normal.
También de la vida real.
Jonathan Correa recibió golpizas desde niño. El viernes se olvidó de entrar a una perra pitbull para que amamantara a los cachorros. En castigo, el padre lo golpeó hasta matarlo. Con 15 años de bondad y martirio, lo arrojó a una cuneta. Ahora se examina si semejante progenitor drogadicto es imputable o no, pero no se discute que el Estado es responsable, puesto que había recibido 14 denuncias y nadie actuó.
El Ministro del Interior dijo lo obvio: "el Estado todo falló". La Suprema Corte de Justicia mandó investigar urgente si hay responsables a sumariar.
La Institución Nacional de Derechos Humanos consignó que "este hecho. visibiliza la falla transversal del Estado y confirma la necesidad urgente de reformar el sistema de protección." Confesó: "Esta muerte era evitable: reiteradamente. se denunció la situación sin que el Estado haya logrado llegar a tiempo." Calificó el crimen como "ejemplo de las graves debilidades del sistema de protección a la infancia y la adolescencia". Y señaló que el régimen legal es "una red institucional que involucra a múltiples oficinas estatales y requiere articulación efectiva y respuestas inmediatas."
Todo eso es cierto y necesario, pero no suficiente en el Uruguay de hoy: perdida la espontaneidad de los reflejos, ninguna coordinación nos restituye el hágase -el "fiat"- de la voluntad.
Nos hemos dejado atrapar por análisis que reducen el horizonte a lo mecánico que es y no miran a lo viviente que debe ser. Las normas de gestión diluyen las responsabilidades al distanciar la mirada del que suplica y el que, en vez de resolver, traspasa o encarpeta, ciñéndose a mero operador porque no se siente portador ni gestor de valores. Por esa vía, la reflexión pierde inspiración creadora y el mandato del Estado se encharca en el sistema. Si no queremos ser coautores de nuevos asesinatos Jonathan, no aceptemos más caminar callados entre andrajos hediondos ni contemplar inertes los crímenes de nuestra comarca y las atrocidades del mundo. Irgámonos y hablemos fuerte y duro.
Las instituciones fallan porque las conciencias se insensibilizan, achicando el yo personal por falta de ejercicio de su libertad y habituándolo a que los protocolos formales le disuelvan los resortes de la voluntad en el ácido nítrico de la indiferencia. ¡Y sin voluntad no rige el Derecho, nos enseñó Ihering!
¿Cómo se quiebran las alas de la libertad? Por inmovilidad y rigidez, tragándose las repulsiones y dejando entumir los reflejos, lo mismo ante las heces apestando el atrio de un Banco que ante las lágrimas y cicatrices de un niño molido a golpes y a golpes asesinado.