Apesta a gato
Es cada vez más difícil extrañarse en estos tiempos de inmediateces. Lo inmediato, decía Hegel, está vacío porque no ha pasado por el tiempo de la reflexión.
Ciertos infortunios históricos llevan a la pérdida de aquellas cosas que nos sostuvieron. Las invasiones salvajes, las revueltas y conquistas; la hoguera y el milagro; las vanas exégesis y la prensa; los manicomios de la felicidad; Ucrania; el fuego cíclico de Empédocles. Otros no son infortunios y no por ello dejan de oficiar un derrumbe. ¿No es acaso la imposibilidad del extrañamiento uno de ellos?
Recibí una fotografía desde Atenas hace apenas unos días. "La gente pasa inadvertida. Nadie la ve". Es una imagen de la Estoa Pecile, el "pórtico pintado" donde Zenón, el fundador de la escuela estoica, y Crisipo, su sistematizador, discutieron sobre la pasión como movimiento del alma; quizá, entre sus disquisiciones, se ocuparan del problema de si existe tal cosa como progreso moral o si la condición de sabio (?????) era inalcanzable -siglos de academia han convenido que Crisipo lo habría negado infinitamente cuando el crepúsculo cubría la estoa. Zenón, que fue un iniciador, parece haber pensado más humanamente.
Estas discusiones no son banales, aunque sean muy filosóficas. Quizá ya no nos interesen. Las ruinas de la estoa están repletas de graffitis y basura de infiltrados. Conjeturo que el "Museo de las ilusiones", que mira hacia ella, no se interesa por el problema estoico de las falsas representaciones; las viviendas de los griegos modernos que escuchan a Konstantinos Argiros no tienen reverso continuo con las ruinas; los matorrales que surgen de las paredes y la maleza dan cuenta de lo que hacemos con la memoria que no es más que memoria. Una ruina no se vuelve significativa por persistir, sino por abrir una inquietud, una fisura en el presente. Sin esa apertura, la memoria es decoración. La estoa, que llegó a ser un lugar para pensar, tiene ahora la forma tan particular del olvido que es la familiaridad.
Es cada vez difícil extrañarse en estos tiempos de inmediateces. Lo inmediato, decía Hegel en su Ciencia de la lógica, parece lo más concreto, se presenta como si fuera autosuficiente, pero está vacío porque no ha pasado por el tiempo de la reflexión. Sumidos en las inmediateces irreflexivas y en las múltiples formas de reducción a la inmediatez que tenemos, como la televisión, Instagram, las plataformas de series, las columnas mínimas en los periódicos que no requieren esfuerzo, la mensajería instantánea que anula la espera -dimensión humana del tiempo-, el sentido de las cosas no se abre para nosotros. No es cuestión, no obstante, de hacer la típica queja banal en contra de la tecnología.
La verdad es que no siempre es necesario preguntarse por el sentido y vale seguir la lógica de la funcionalidad. Esa pragmática elemental, que todavía no es existencial ni filosófica, es importante como sostén de lo regular que sucede en nuestras vidas y a lo que damos lugar. El problema es que todo ello descansa sobre una precomprensión -más o menos explícita- de la condición humana. Lo que falta, más bien, es un preguntarse fundamental por esa condición. Y esa ausencia condiciona de forma radical las estructuras que sostienen una vida: las ideas y prejuicios, los afectos, la vida emotiva y los vínculos, los movimientos cotidianos y, acaso, el sentido de la trascendencia.
Pienso en la estoa asimilada, demasiado familiar. Más bien, una estoa des-extrañada. A fin de cuentas, la condición humana es, como señalaron Heidegger y Ortega, un extrañamiento originario. Uno se halla preguntándose por el sentido de las cosas y de sí mismo; el hombre no puede no hacerlo porque es él mismo que está en juego.
La estoa fue significativa no tanto por las doctrinas. Hay nociones estoicas que hoy conservamos y en cierta medida son válidas: la diferencia, por ejemplo, entre lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros, que ofrece una suerte de horizonte de sensatez a los asuntos humanos. Ahora bien, el sentido de esa estoa, de ese pórtico de conversaciones sobre las cosas que acucian a los hombres, estaba precisamente en detener la vida común, en el extrañamiento que ocasionaba, en que hacía acontecer la problematicidad del mundo. Zenón o Crisipo, Diógenes o Antípater, la discusión giraba para ellos en torno a cuestiones fundamentales, como la pasión y la virtud, la sabiduría y la locura, las representaciones válidas y las fantasías, el tiempo final. Su sentido era el extrañamiento pensante que devolvía a los hombres la apertura al sentido de las cosas.
A muy pocos llama la atención que la estoa esté llena de graffitis y apeste a gato vagabundo. El derrumbe también acaece con ocasión de un des-extrañamiento estructurante, cuando ya no nos pasa nada frente a lo que todavía puede dar cuenta del sentido. Quiero creer que no es necesario restituir símbolos agónicos y que basta con advertir que las cosas pueden volverse irrelevantes cuando no nos extrañamos, cuando la asimilación, la mismidad, la identidad, atraviesan la mirada sobre la realidad. Se trata, me parece, de una constatación mínima: sin extrañamiento no hay pensar y desaparece el preguntar fundamental por la condición humana. Acaso por eso todavía hoy valga la pena esa intensidad del espíritu que es la filosofía.
* Director de Licenciatura en Filosofía UCU