Madre, no me pidas eso
Hay un sustrato en nuestra cultura de fuerte contenido conservador, reacio a cambiar y proclive a la política del avestruz.
La frase es de una anécdota que recuerdo haber oído hace años, referida a una familia argentina, de aquellas poderosas, en la época en que a la Argentina le volaba la bata.
La señora, viuda, dueña de varios miles de hectáreas en la Provincia de Buenos Aires, más un palacete en Recoleta, sobre la Avda. Alvear y algunas cosillas más, alarmada por lo que lee en los diarios, acerca de la situación mundial: el avance del socialismo, los reclamos sindicales y alguna cosita más, ha resuelto comunicarle a su hijo, un señorito de treinta y pico de años, que va a tener que encarar y ponerse a trabajar.
Removido en lo más íntimo de su ser, el hijo responde lo del título.
¿A qué viene esto?
Pues, a que, leyendo los diarios, uno no puede menos que reconocer cuál es la realidad que avanza sobre nosotros: en medio de un crecimiento económico anémico y en un mundo patas para arriba, se suceden en el país las noticias de empresas que no aguantan más la realidad uruguaya y deciden achicarse o, sencillamente, borrarse.
Atención, además, que el fenómeno no sólo se está dando en actividades amenazadas por su ubicación fronteriza o que son no transables, mayoritariamente de tipo industrial, habituadas a vivir en regímenes más o menos protegidos.
El fenómeno pega muy fuertemente en lugares como Paysandú, con los problemas de Ancap, de Ambev, frigoríficos y demás, pero también está alcanzando a sectores de servicios y, en particular, de servicios informáticos, sectores en los que creíamos tener ventajas comparativas firmes, que nos aseguraban presente y futuro.
Pues, no es así, empresas hasta hace poco exitosas y dinámicas, como Pedidos Ya, UKG, Sabre, Verizon, Basf y otras, están haciendo profundas reestructuras y recortes. El relato de sus problemas se repite: atraso cambiario, pero también altos costos y niveles de productividad que ya no hacen la diferencia: al contrario, juegan en contra.
Un comentario lapidario que se escucha: Uruguay lleva demasiado tiempo confundiendo salario con productividad. "El salario real no mide productividad, mide poder adquisitivo". ". el país se acostumbró a mirar la distribución sin discutir con la misma crudeza su capacidad de producir y competir".(Búsqueda, 12/3/26).
Contra ese telón de fondo, vemos que el gobierno, por un lado y a través de su Ministro de Trabajo, está proponiendo acentuar las medidas que provocan los problemas señalados por las empresas (es increíble que Castillo esté pidiendo que las empresas que están por cerrar le avisen de sus problemas, cuando no han hecho otra cosa durante meses, que advertir de los problemas y pedir soluciones), y por otro, a través del Ministro de Economía, quien está reconociendo públicamente que, como el señorito, hijo de la señora rica, al Uruguay no se le puede pedir que se adapte a la realidad.
Por si alguien duda, el desenlace de la anécdota es que el señorito terminó fundiéndose y fundiendo a su madre.
Hay un sustrato en nuestra cultura de fuerte contenido conservador, reacio a cambiar y proclive a la política del avestruz, como el señorito de la historia.
Lo del Sr. Juan Castillo es surrealista, pero lo del Ministro Oddone es, si se quiere, más preocupante, por su perfil y condiciones. Que su percepción política sea certera, en el sentido de que la última elección no decantó un mandato de cambio, no es argumento suficiente para exonerar a un líder de ejercer su responsabilidad de, precisamente, liderar. Máxime cuando, a través de su trayectoria y de sus escritos, Gabriel Oddone ha demostrado que conoce perfectamente la realidad (y que no es insensible a ella).
Los indicadores de riesgo y de deterioro del Uruguay, y los perfiles de la realidad mundial, son demasiado evidentes y demasiado graves como para contentarse justificando una posición como la del señorito: "no me pidieron eso". Es verdad, pero vamos camino a fundirnos.
Si la realidad política del pais no está madura como para proponerle los cambios que se necesitan (y sé de lo que estoy hablando, porque lo viví), lo menos que se debe hacer es comenzar un proceso de despabilización y llamado de urgencia.
Quizás es eso lo que el Sr. Alejandro Sánchez está ensayando con la idea de abrir los entes autónomos al accionariado privado.
Ojalá.