Domingo, 15 de Marzo de 2026

Fernanda Trías sobre Miembro fantasma, su nuevo libro: Desafiarme es lo que me mantiene viva como escritora

UruguayEl País, Uruguay 15 de marzo de 2026

La autora uruguaya, ganadora en dos ocasiones del premio Sor Juana Inés de la Cruz, dialogó con El País sobre "Miembro fantasma", el libro que marca su regreso al universo del cuento tras una década.

La entrevista telefónica debe esperar unos minutos. Fernanda Trías se quedó sin señal en el celular y no podrá atender a El País hasta alcanzar una zona con Wi-Fi. Es miércoles 25 de febrero y la escritora uruguaya atraviesa los últimos días de la Residencia Literaria Finestres, que desde principios de mes la aloja en una casa sobre un acantilado frente al Mediterráneo, en la Costa Brava catalana.

El programa, que desde 2022 recibe a escritores de todo el mundo en un retiro creativo pensado para "brindar un espacio idóneo para el cultivo de la imaginación", funciona para Trías como un paréntesis en una agenda intensa. Radicada en Colombia desde hace una década, la autora ganadora en dos ocasiones del premio Sor Juana Inés de la Cruz, por Mugre rosa y El monte de las furias aprovecha estas semanas para avanzar en un nuevo proyecto. "Me viene genial para concentrarme", comenta.

La residencia llega en un momento oportuno. Dentro de pocos días comenzará la gira de presentación de Miembro fantasma, su regreso al cuento después de una década. En estos relatos, la autora de La azotea vuelve sobre algunas de las obsesiones que recorren su obra: los apegos feroces, la búsqueda constante en las formas narrativas y esas ausencias que, como un miembro fantasma, siguen proyectando su sombra sobre el presente. Entre ellas aparecen heridas colectivas y también zonas más íntimas, donde conviven la memoria y la escritura.

Publicado por Páginas de Espuma (cuesta 690 pesos), el libro la llevará a una gira que hasta mayo recorrerá 13 ciudades de España. Por ahora no hay fecha confirmada para una presentación en Montevideo, aunque asegura que está en sus planes.

Sobre ese libro gira esta conversación.

Los cuentos de Miembro fantasma están atravesados por esa idea: dolores del pasado que parecen extirpados pero que acechan como fantasmas. ¿Qué te interesó de ese término médico como punto de partida literario?

Tiene que ver con mis obsesiones, con cómo siento la vida. Me gusta escribir lo ausente, rodear el hueco. En La ciudad invencible uso una imagen que habla de eso: la escritura es como tirarle una sábana encima a un fantasma. Te genera la forma. Entonces lo que hago con la escritura es merodear ese centro que parece hueco, que es el centro del dolor, donde convergen las diversas ausencias. No sé cuándo fue que escuché hablar del miembro fantasma, pero me atrajo mucho el término y me lo apropié. Sentía que representaba muy bien lo que vengo escribiendo desde hace tiempo.


Uno de los cuentos más impactantes es "Miembro fantasma". Comentaste alguna vez que "prácticamente toda la vida" quisiste escribir sobre la dictadura, pero que no encontrabas la manera. Finalmente aparece esa forma: la mirada de un niño que percibe el clima opresivo sin entender del todo qué pasa. ¿Cómo fue para vos escribirlo?

Fue, tal vez, el cuento que más me ha costado escribir en la vida. Tuvo muchas versiones y estuve años dándole vueltas. La dificultad era emocional: no encontraba el ángulo, en parte porque mi experiencia había sido la de la infancia y de no entender. Hay mucha literatura de hijos, pero son escritores de mi generación cuyos padres estuvieron mucho más involucrados exiliados, perseguidos y tenían otra información y otra relación con lo que ocurría. Ahora, ¿qué pasa con todos los demás? ¿Con los que crecimos en un entorno de silencio? (hace una pausa) Mi familia optó por la supervivencia y quedarse callada. Ese no hablar impregnaba todo, y eso era lo que me interesaba: contar lo que un niño intuye, percibe como extraño, aunque no pueda nombrarlo.

Por eso el narrador comenta: "La gente se desvanecía (...) Iba ausentándose de la cuadra y nunca veíamos ni un carro fúnebre ni una postal".

Sí, y además de eso había una cantidad de microviolencias que se ejercían en el entorno: en la escuela, muchas familias muy fachas que tenían unos valores. era todo un sistema de valores. Aunque yo no entendía del todo qué estaba pasando, sí veía que algo estaba pasando, y para mí fue muy doloroso crecer en ese entorno de valores tan tradicionales. Esa falta de individualidad era muy fuerte. Entonces le di muchas vueltas. Luego, logré meter en ese cuento una cantidad de recuerdos, desde los polvorones que comía en la escuela hasta la reconstrucción de la cuadra donde crecí, en la calle Chaná, y los ficcionalicé para que la trama tuviera más interés.

Mientras te escuchaba pensaba que, más allá del libro, la dictadura y la dificultad de escribir sobre ella se volvió un "miembro fantasma" personal.

Sí, aunque es algo más colectivo que personal. Es un miembro fantasma de todos nosotros como uruguayos y de la historia de Uruguay. Y más en un país donde se votó la amnistía y no se permitió sanar esa herida como corresponde. Se optó por más silencio y, cuando pasa eso, se acentúa el efecto del miembro fantasma.


El alcoholismo, que definís como "anestesia automedicada", es uno de los temas que más sobrevuela al libro. ¿Qué te interesó de esa forma de intentar acallar el dolor?

Lo que pasa es que, en general, cuando aparece en la narrativa se trata de una manera muy caricaturesca. El borracho, el alcohólico, es casi siempre un hombre, además. Y cuando se lo representa, suele ser alguien que no sirve para nada, alguien sin fuerza de voluntad. Lo interesante es que detrás de esas conductas adictivas hay un dolor insoportable, por eso se busca la anestesia, lo que adormece, lo que te saca de la realidad para evitar mirar eso de frente. Me interesaba pensar en los dolores que están detrás, no en la persona alcohólica o adicta vista como el payaso del cuento.

A su vez, el libro abre un espacio de reflexión sobre cómo las mujeres se relacionan con el abuso de sustancias.

Sí, porque casi siempre es desde la vergüenza y desde la intimidad, desde la casa. El hombre, como socialmente está aceptado que consuma alcohol, puede hacerlo en círculos sociales, como el bar. En las mujeres, en cambio, el alcoholismo suele darse en la intimidad, a puertas cerradas. Es un tabú mucho mayor que en los hombres y es un tema poco tratado en la literatura. Obviamente, Lucia Berlin ha escrito sobre eso, como Marguerite Duras habló del alcoholismo desde su propia experiencia, que es muy fuerte. Algunas lo han hecho, pero no es lo más común.

Esto conecta con lo que planteás en el dossier de prensa de Miembro fantasma: la escritura se parece al alcohol en la medida en que ambas han sido actividades históricamente vedadas a las mujeres. ¿Recordás cuándo empezaste a notar esa diferencia?

Desde siempre lo he visto, en especial en la manera en que nosotras nos relacionamos con la escritura. En muchas de las chicas jóvenes que van o han ido a mis talleres veo esa diferencia en la seguridad interior: esa sensación de que tienen una relación mucho más problemática con la escritura. Porque no alcanza con escribir, publicar y tener una vida pública que ya de por sí es sumamente difícil, sino que primero hay que romper con una cantidad de barreras autoimpuestas y socialmente impuestas que hacen que ese camino sea doblemente difícil. Las cosas parecen estar cambiando un poco ahora para las mujeres, pero no en mi experiencia, porque lo más duro lo viví en otra época.


Sobre esa temática se construyen cuentos como "Personaje en construcción", "Última carta a Claudia" o "Grupo de foco", donde aparecen esos prejuicios sobre cómo escriben o cuánto publican las autoras. ¿Cómo los trabajaste en la ficción?

Todas esas cosas las he vivido o las he visto o pensado a lo largo de mucho tiempo. Desde que te digan que sos lenta, que no tenés mucha producción, o que todo lo que escribís es autobiográfico, como si las escritoras mujeres no tuvieran imaginación y solo pudieran escribir desde el yo. Lo que hice para abordarlo fue tomármelo un poco con humor, jugar con eso e incorporarlo a la escritura problematizándolo. Me burlo un poco, como en el caso de "Grupo de foco", cuando todos se desilusionan al enterarse de que se van a encontrar con una escritora mujer.

Ese gesto de ironizar sobre los prejuicios también aparece en El monte de las furias, en las reflexiones sobre la escritura entre el celador de la montaña y la protagonista. ¿Qué lugar ocupa el humor en tu manera de problematizar esos temas?

Porque pienso que la manera de hablar de ciertas cosas es tomártelas con humor. Si no, también te puede volver muy quejoso: yo como escritora quejándome de lo terrible que es ser escritora. Todos hacemos lo que podemos. Sobre esos temas encuentro divertido burlarme de los prejuicios que están en todas partes y que yo misma he padecido. En vez de llorar sobre leche derramada, prefiero incorporarlo a la escritura, problematizarlo y, con suerte, que se dé una conversación.

En diciembre recibiste el premio Sor Juana Inés de la Cruz gracias a El monte de las furias. Es la segunda vez que lo ganás en cuatro años. ¿Qué significa para vos semejante reconocimiento, además entregado por unanimidad del jurado?

La verdad es que no sé qué significa. (Hace una pausa) Creo que todavía no lo dimensiono del todo. Yo sabía lo improbable que era y lo impresionante que sería ganarlo, aunque antes ni siquiera me atrevía a fantasear con la idea. Parecía demasiado improbable. Era como: "esto no le puede pasar a la niña que pasó su infancia en dictadura en la calle Chaná". Es un poco esa sensación de irrealidad. Así que para mí fue muy importante y lo viví con mucha alegría. No sé si tiene un impacto real hacia afuera, pero para mí sí.


Una frase de tu discurso me quedó marcada: "Espero no sentirme nunca demasiado cómoda en la escritura: desacomodarme primero para incomodar después". ¿Qué tan importante es esa idea para entender tu forma de escribir?

Es muy importante. Toda mi vida como escritora está basada en salirme de mi zona de confort. Nunca he querido ser una escritora que repite el mismo libro. Aunque hay escritores que amo que repiten el mismo libro y los leo encantada, ¿eh? (se ríe) Como Thomas Bernhard, por decirte a alguien que me marcó mucho. Yo los amo, pero no me identifico con esa forma de escribir: necesito desacomodarme y ver qué otro riesgo puedo asumir. Tratar de llevar más allá lo que estoy haciendo en cuanto a la forma y en la búsqueda del lenguaje. Desafiarme es lo que me mantiene viva como escritora. Mutando, sorprendiéndome y, en todo caso, sorprendiendo a los lectores que me acompañan desde hace tiempo. Los lectores fieles desde 2001, con mi primera novela, La azotea, aprecian que cada libro sea una sorpresa diferente.

Lo interesante es que El monte de las furias es tu novela más experimental y, además de recibir el Sor Juana, fue destacada en varias listas de medios especializados como una de las mejores lecturas de 2025. Me imagino que es una confirmación de que vale la pena apostar por esos riesgos artísticos.

Así es como leí la decisión del jurado del Sor Juana: un premio a la experimentación. Y lo que dijo Julián Herbert, que fue parte del jurado, el día de la entrega fue muy hermoso. Sé que hay gente que puede encontrar a El monte de las furias como una lectura desafiante o difícil, pero también veo que hay mucha gente que aprecia esa búsqueda. Por eso creo que fue un premio muy importante para mí.

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