Dejar de escribir
Habitualmente el arco de la vida no es muy distinto al de la actividad creadora, pero si no se ha incurrido en la tentación del abandono, la muerte encuentra activo al artista verdadero.
¿Podemos dejar de escribir? Es una tentación que ha asaltado a más de un escritor a lo largo de su vida. ¿Escribir es entonces una pesada carga? Es curioso que estos abandonos no ocurren en las otras artes. Arthur Rimbaud, el más precoz y fulgurante de los poetas malditos de todos los tiempos, que compuso el grueso de su poesía entre los diecisiete y los veinte años, fue también el más prematuro y ofuscado desertor de la historia de la literatura. Luego de sus Iluminaciones de 1874, el joven Rimbaud prefirió un día arrancar de todo y perderse en el desierto de Abisinia para dedicarse al comercio de armas. Cuando su amigo Ernest Delahaye le pregunta imprudente en 1879 si ya no escribía poesía, este le responde lacónico: "Ya no me ocupo de eso". Luego del resonante éxito de El cazador en el centeno en 1952, una obra que leyeron e hicieron suya millones de jóvenes por el mundo, y luego de la publicación de solo dos breves obras más, J.D. Salinger se retiró en 1967 a un rancho en Cornish, New Hampshire y el mundo no supo más de él hasta su muerte en 2010. Luego de terminar Anna Karenina, en 1878, León Tolstoi sufre una profunda crisis espiritual que lo lleva a renegar de sus obras de ficción como si estas fuesen productos envilecidos, mórbidos e impuros. Renunció a sus derechos de autor, que eran cuantiosos, a tomar otra vez la pluma, e hizo el experimento de llevar una vida de pobreza, casta y frugal, heréticamente religiosa, ya que la suya propia estaba por encima de cualquier ortodoxia. Gracias a que no cumplió con casi ninguno de sus votos, vulneró también ese y pudimos leer La muerte de Ivan Illich o Adji Murad.
Pero Tolstoi se equivocaba, esa ascesis (áskesis) que pretendía, ya la había experimentado, puesto que la escritura es, a su manera, una disciplina, un ejercicio espiritual, un camino, largo y a veces infructuoso, hacia algo parecido a una verdad. Él había sido el príncipe Andrei cuando combatió en Crimea y también Bezukhov, cuando se convirtió en el febril gnóstico que llegó a ser. El escritor de ficción tiene una relación indisoluble con el devenir de su vida, con las cosechas de su carácter; existe una gestión del sí mismo (self) , inevitable y la vez indispensable, con la historia que tiene entre las manos. Dado que se enfrenta cada vez a una estructura dramática, una historia donde unas cuantas vidas se juegan su éxito o su derrota, es inalienable el compromiso con la propia biografía, en una tensión que nutre la propia obra de significado vital. La escritura es de una manera oblicua una ordalía autoinfligida, la verdad tiene que caer, por su propio peso, en la propia obra. Sin ánimo de establecer jerarquías, si estos abandonos, estas renuncias, no se producen en las otras artes, puede ser esta la razón. En la pintura (no hablo de arte conceptual puesto que es un ejercicio meramente racional), o en la música, composición o interpretación, hay una más alta, o relación más directa entre inconsciente y ejecución, mientras que en la escritura el consciente tiene una participación mayor, una reflexión que se da en largo trayecto en el tiempo que toma la escritura de la obra, en las reflexiones que son propias del arduo combate al que se ve sometido el yo en la búsqueda de la imposible forma perfecta. Cuando se habla del "dolor" de escribir, eso es. Cuando narramos, vamos sabiendo crecientemente más de qué estamos hablando, y por qué hablamos de aquello. Ese compromiso tiene un valor, y un costo y de ahí la tentación de abandonar, de abrir la ventana y mirar hacia el jardín.
Si ese esfuerzo requiere de energía, y mucha, ocurre que, o no siempre la tenemos o no estamos dispuestos a emplearla. Esa energía necesaria, ¿se acaba o se agota con el paso de los años? Habitualmente el arco de la vida no es muy distinto al de la actividad creadora, pero si no se ha incurrido en la tentación del abandono, la muerte encuentra activo al artista verdadero. El Goethe que termina y publica el Segundo Fausto a los ochenta y dos años, el mismo año de su muerte; las obras postreras de James, su prodigiosa trilogía última, son la expresión de un arte que es llevado hasta sus últimas consecuencias artísticas. Lo mismo se puede decir de Ada o el ardor de Nabokov, en un caso extremo, el Finnegans Wake de Joyce, o en Dónde van a morir los elefantes , de José Donoso, magnífica novela escrita dos años antes de su muerte y con la salud quebrantada. Casos extraños en que el escritor usa sus últimas fuerzas para dar remate a una obra que ha luchado por su propia supervivencia, y más que nada, la del propio autor.