Las películas de Paul Thomas Anderson y Ryan Coogler figuraban como las principales contendientes de los premios Oscar y repartiéndose 10 premios entre las dos confirmaron la tendencia
A los premios al mérito de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood los
Oscar se les puede acusar de muchas cosas, pero no de ser impredecibles. Anoche o sea, hace apenas un ratito al momento de escribir esto
volvieron a demostrarlo.
Desde antes de la ceremonia estaba claro que la cosa se iba a repartir entre
Una batalla tras otra y
Pecadores, las dos películas más nominadas que llegaban con 13 y 16 candidaturas respectivamente.
Finalmente ganó la de
Paul Thomas Anderson, en un gesto de justicia artística bastante evidente: siendo uno de los grandes directores en actividad, defensor militante de la experiencia cinematográfica y autor prestigioso, era un despropósito que no tuviera ningún Oscar.
Ryan Coogler, el responsable de Pecadores, todavía está a tiempo de ganar en otro momento. (Es el mismo argumento que debería consolar a
Timothée Chalamet, que venía como favorito y terminó perdiendo con
Michael B. Jordan).
Una batalla tras otra, que se llevó seis premios, no es la mejor película de Anderson, pero se entiende y hasta se aplaude que haya ganado. Pecadores, sí, parece más contundente, más arriesgada.
En su segunda adaptación de un libro de Thomas Pynchon (la anterior fue Vicio propio), Anderson entrega una película cargada de coyuntura política, algo que seguramente ayudó entre los votantes de la Academia. Es una sátira sobre un Estados Unidos no tan distópico como parecía cuando se estrenó: un país en el que un grupo paramilitar manejado por una élite en las sombras reprime emigrantes.
Leonardo DiCaprio interpreta a un guerrillero que vuelve al frente y la película con referencias al grupo radical Weather Underground de los años 60 puede leerse como un llamado a la rebelión popular. La escena final, con una joven mestiza encabezando una nueva batalla al ritmo de "American Girl" de Tom Petty, no deja demasiadas dudas.
Es, como se decía en estas páginas hace unos días, una película ambiciosa y algo maniquea. El Oscar, en todo caso, no hizo más que confirmar la unanimidad crítica que la acompañó desde su estreno. Terminó ganando en seis rubros, entre ellos el de montaje, uno de sus grandes valores.
Eso sí: el premio a mejor casting parece un exceso. Son más interesantes el de
Marty Supremo donde la elección de actores forma parte de la propia narrativa y sostiene unos 150 personajes con diálogo y el de El agente secreto, que reconstruye con su elenco toda una fisonomía de época.
Dicho sea de paso: la brasileña, la iraní Fue solo un accidente y la española Sirat probablemente eran las mejores películas en competencia. Y eso habla más del estado del cine estadounidense que de los premios en sí. Es otro debate.
Volviendo a lo que nos convoca:
Pecadores, aun siendo también bastante convencional, es una película más combativa, por lo que premiarla habría sido otro tipo de gesto por parte de la Academia.
Propone una historia sobre la apropiación cultural blanca de la cultura negra en clave de vampiros. Pero también es un musical. Dos géneros que, por separado, ya suelen considerarse menores. Juntos, para Hollywood, casi que son una provocación. Ganó cuatro premios: guion original para Coogler, partitura original, fotografía y actor protagonista para Jordan, cuyo mayor mérito es interpretar dos personajes distintos.
También era previsible que Frankenstein, de Guillermo del Toro, se hiciera notar en los rubros técnicos, terreno donde el cine del mexicano suele moverse con una precisión casi artesanal y vistosa.
Valor sentimental que se llevó apenas el Oscar a mejor película internacional, lo que seguramente dará para discusión y
Marty Supremo, que llegaban con nueve nominaciones, ya deberían haberse enterado que su presencia era sobre todo simbólica. Algo parecido ocurrió con
Hamnet, de Chloé Zhao, que se llevó el premio más cantado de la noche:
Jessie Buckley como actriz principal.
Para tener dos películas políticas como principal atractivo, los Oscar se mostraron pacatos al referirse a la coyuntura estadounidense y la geopolítica mundial, quizás aceptando la invitación del anfitrión Conan O'Brien a tomarse la noche con espíritu festivo.
Hubo apenas algunas menciones aisladas: un "Free Palestine" de Javier Bardem y un reclamo por el fin de la guerra por parte del ganador de un documental sobre el presidente ruso Vladimir Putin. Poco más.
Curiosamente, esa misma decisión de concentrarse en el arte y dejar de lado la política fue motivo de debate hace pocas semanas en el Festival de Berlín. Los Oscar, en cambio, la adoptaron sin mayores conflictos.
¿Qué queda entonces? Otra rutinaria ceremonia del Oscar. Y eso no es, necesariamente, algo malo.
Todos tenemos opinión formada sobre esta autocelebración un poco irritante de una industria que, a medio camino entre el cambio de paradigma y la debacle, una vez al año actúa como si nada estuviera pasando. También se tiende a hablar sobre la justicia o la injusticia de los premios.
Pero cuando llega la noche del Oscar, todos ellos y nosotros; admiradores y detractores volvemos a creer, aunque sea por un rato, que el cine sigue siendo una forma válida de contar el mundo. Y que estos oropeles frivolones que despliega todavía sirven para recordar que su magia sigue ahí. Y así dormimos tranquilos.