Por qué Cristina Kirchner quería ser millonaria
Por algún motivo nunca bien explicado los muchachos de La Cámpora ya no cantan más "si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar"
Por algún motivo nunca bien explicado los muchachos de La Cámpora ya no cantan más "si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar". Pero entre los carteles que ornamentaban las inmediaciones de San José 1111 el martes por la mañana, cuando una multitud kirchnerista más raleada que de costumbre se dio cita para respaldar a la expresidenta en el día de su salida para comparecer en la causa Cuadernos, se destacaba uno muy entusiasta. Decía "te vamos a liberar".
Ahora se entiende mejor aquel hit que en los buenos tiempos atronaba los patios de la Casa Rosada: "¡Cristina, Cristina, Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación".
Es posible que algunos miembros de La Cámpora sientan que de la palabra liberación emana un cautivante perfume guevarista, pero antes que nada esta es una voz sanmartiniana. San Martín liberó tres países. Aunque llegado el siglo XXI la épica decimonónica no consiguió zafar de la decadencia general. La última vez que se usó el verbo liberar en estas playas fue hace menos de tres semanas con el Chiqui Tapia, sus laderos y su Learjet 60 como protagonistas.
Los hombres de la AFA, entidad que exhibe cierta propensión al polirrubro según revela en entregas diarias la persecución judicial de la cual es objeto, se consagraron a la tarea nada futbolística de "liberar" al cabo primero Nahuel Gallo, gendarme argentino devenido preso político en Venezuela, un uniformado casi tan alejado de los moldes convencionales del preso político como Tapia del arquetipo del libertador.
"Te vamos a liberar" le promete ahora el cartel de La Cámpora con mesianismo incontinente a Cristina Kirchner justo cuando para coronar la sarta de maldiciones a fiscales y magistrados ella deja salir de su alma cierto fatalismo: "con estos jueces me puedo morir presa".
¡Cómo sería si a los jueces los hubiera puesto el enemigo! Alrededor del 75 por ciento de los jueces que administran justicia en la Argentina fueron designados por gobiernos de signo peronista-kirchnerista . Hacia el final del segundo mandato de la doctora, como a ella le gusta ser llamada (y fue el cortés apelativo que usó el martes el juez Enrique Méndez Signori para hablarle) los jueces nombrados por el matrimonio Kirchner representaban el 56 por ciento del total. Pero con los años se acumularon las vacantes -hoy son el 36,3 por ciento de los juzgados- y eso volvió predominantes a los jueces nombrados entre 2003 y 2015.
En cuanto a los tres miembros de la Corte Suprema, uno fue puesto por Néstor Kirchner (Ricardo Lorenzetti). Otro había sido su ministro de Justicia y luego su procurador (Horacio Rosatti).
El sinsentido está naturalizado en el paisaje político argentino. Te vamos a liberar recuerda un formato superior de tergiversación premeditada de la realidad, el caso de Santiago Maldonado, infortunado joven artesano ahogado en soledad en el rio Chubut cuya desaparición y muerte originariamente le fue atribuida, terrorismo de estado mediante, a Mauricio Macri mediante una de las campañas públicas falaces más intensas que se recuerden. Aún hoy hay militantes que contra toda evidencia veneran con estampitas en las redes la versión del crimen político orquestado por el gobierno nacional de entonces con la misma devoción dogmática del fiel al que ninguna evidencia que contravenga sus creencias le importa.
Cristina Kirchner renovó el martes el hábito de enhebrar histrionismo, relatos profusos en nombres y fechas, rezongues, enojo, anécdotas, citas de Whatsapp, expedientes judiciales, menciones de Rosas o de Plutarco o de lo complicado que es cantar La Marsellesa en guaraní, evocaciones jactanciosas de sus gestiones como mandataria y como creadora iluminada de instituciones de la república, voz quebrada, risas nerviosas, conclusiones enrevesadas. Todo de factura algo dudosa. Más falacias, sofismas, sesgos de confirmación, mezclados, por fin, con unas pocas verdades. No se le puede criticar, por ejemplo, que sobre el discurso de Milei en el Congreso hubiera dicho lo que dijo, que un presidente tiene prohibido expresamente por la Constitución arrogarse el conocimiento de causas judiciales pendientes (artículo 109°), de modo que Milei nunca debió aseverar que Cristina Kirchner "va seguir presa porque es una chorra". Un punto a favor de ella.
Pero luego están las burlas a la inteligencia del ciudadano de a pie, argumentos acaso idóneos, es cierto, para satisfacer las necesidades nutricionales de la militancia cautiva a la que algo de letra cada tanto hay que suministrarle.
Mal pudo robarse un PBI, se mofó. "¿Ustedes saben cómo vivo yo?". Acababa de quejarse por la manera en que la justicia le allanó sus tres viviendas (Rio Gallegos, El Calafate y la de Juncal y Uruguay). Todo el mundo sabe que no son tres ni cuatro (contando la que eligió en Constitución para cumplir su primera condena), ahora mismo le están queriendo decomisar veinte propiedades.
Claro, un PBI son como 683 mil millones de dólares, bastante más. De lo cual se infiere que ella es, a no dudarlo, una mujer honrada.
No se trata, como se puede apreciar, de un artilugio retórico demasiado sofisticado. Como defensa jurídica la eficacia aplicada probablemente sea nula.
Premisa uno : alguien que roba un PBI tiene una riqueza visible inmensa.
Premisa dos: yo vivo de forma austera.
Conclusión: yo no pude haberme robado un PBI.
Por supuesto que las dos premisas arrancan como medias verdades. Hay supermillonarios más austeros que un monje benedictino. Warren Buffet, dueño del holding Berkshire Hathaway, vive en una casa modesta que se compró en 1958, suele almorzar en McDonalds y hasta hace poco usaba un celular de tapita. Nadie diría que Cristina Kirchner se ganó fama de mujer austera cuando tomó los bienes del Estado como propios. A la luz del día dilapidó dineros públicos en hoteles seis estrellas, vuelos alrededor del mundo de incierto beneficio para el país y se hizo llevar los diarios a la Patagonia, o bien muebles y ropa blanca para sus hoteles, en los aviones presidenciales.
En 37 giras internacionales la justicia detectó sobrefacturación de viáticos. Más de 35 exfuncionarios de su gobierno están en prisión o con procesos penales avanzados. Sus secretarios privados sobresalieron como grupo particular corrupto . Los funcionarios más complicados con la justicia, como Julio de Vido o José López, venían del embrión santacruceño del kirchnerismo, del núcleo original, pero la expresidenta no los considera víctimas de la misma persecución injusta que ella dice padecer y nunca explicó por qué en más de dos décadas de trabajar en forma estrecha no advirtió en ellos nada extraño.
En definitiva, como presidenta Cristina Kirchner no fue lo que se dice una émula de Arturo Illia.
Pero quizás nunca se terminó de entender bien para qué los Kirchner querían ser millonarios. Néstor Kirchner se sabe que era avaro y los avaros a veces pueden ser personas incomprendidas por las mayorías. Su esposa, en cambio, ventiló cierto gusto por algunos lujos, carteras, joyas, relojes caros, pero aun así tampoco encajó en el molde hedonista acabado de nuevo rico que parecen retratar ahora con maestría Tapia y sus supuestos testaferros.
Es significativo que el abogado de la expresidenta que más la indujo a machacar con el concepto de "lawfare", Gregorio Dalbón, ya no lo sea y ahora tenga como cliente a Tapia. A juzgar por cómo se modificaron las luchas esenciales de Cristina Kirchner, de enseñarle al primer mundo cómo diseñar un nuevo orden internacional a tratar de conseguir un par de horas más de acceso a la terraza, la estrategia de Dalbón de presentarla insistentemente como una perseguida política no parece haberle dado muchos frutos en Comodoro Py. Pero Dalbón se ve que está muy convencido porque está haciendo algo parecido ahora con el líder de la AFA.
Nunca nadie le preguntó a Cristina Kirchner para qué compraba tantas propiedades, tantos hoteles, tantos terrenos. Es que ella no sólo no se expone a que los jueces le hagan preguntas, tampoco les responde jamás nada a periodistas independientes. Ni a nadie. ¿Por qué? Porque no puede. En los primeros años de Néstor Kirchner, cuando una causa por presuntos sobornos, el caso Skanska, inauguró la serie de la corrupción K, se dejó trascender por lo bajo el argumento de que la plata no iba a los bolsillos particulares, era "para la política". Ese argumento pretendidamente exculpatorio renació en la causa Cuadernos cuando varios empresarios acusados procuraron un alivio en las penas mediante la excusa de que el dinero que le daban al recolector Oscar Centeno eran aportes para la campaña. Para la campaña de Cristina Kirchner, se entiende. La confusión entre el robo para hacer política y el robo para los bolsillos de los políticos se convirtió en un clásico de la corrupción argentina.
El martes Cristina Kirchner les dijo a los jueces que para perseguirla mejor ellos debían ser más coherentes. Coherencia es casualmente lo que a ella le faltaría por completo si alguna vez se animara a interrumpir sus monólogos impunes y respondiera preguntas elementales.