Viernes, 20 de Marzo de 2026

No honoris por causa de luz

UruguayEl País, Uruguay 20 de marzo de 2026

Los principios varelianos se mantienen: nadie propuso otros. Nadie ha podido superarlos.

Ayer 19 de marzo se cumplieron 181 años del nacimiento de José Pedro Varela, impulsor de la escuela pública laica, gratuita y obligatoria.

Los principios varelianos se mantienen: nadie propuso otros. Nadie ha podido superarlos, ni siquiera los fanáticos que encaran todos los temas embebiéndolos en su brebaje de dogmas y hiel. Pero dolorosamente, tales principios no bastan para asegurar la eficacia de la educación escolar ni para garantizar vida y enseñanza a nuestros niños.

Este día de la Laicidad -ley 19.626- nos llegó -igual que en años anteriores- con una niña de un año en el CTI del Pereira Rossell, internada por dos balazos, símbolo antonomástico de las tragedias con que se teje la asfixia nuestra de cada día. Nada de este cuadro realiza los ideales ni los sueños del espiritualismo laico que se construyó en torno a Varela, ni realiza los propósitos de ninguna educación cristiana ni atea, ni de ninguna corriente de izquierda o de derecha.

Es salvajada lisa y llana. No autoriza a resignarse, por más que el mundo sea hoy un inventario de atrocidades, que van desde el odio a los inmigrantes -ayer Lampedusa, hoy la zanja con muro de 30 kilómetros que Chile está instalando en la frontera con Perú- hasta las guerras de Ucrania y Medio Oriente, que en TV ya son paisaje y hasta entretenimiento abierto a la infancia.

Aderezado por exabruptos de gobernantes sin frenos, a quienes insistimos en sentir y pensar por cuenta propia este repertorio nos genera náuseas al borde del vómito, que no invisten la trascendencia desesperada que les atribuyó Sartre -más escritor que filósofo- pero se conjuga con el resorte de resistencia y asco que impulsa a seguir sintiendo y pensando más allá del dolor y la filosofía. No tanto por capacidad para aguantar y responder -que ahora llaman resiliencia, palabra de la jerga conductista estadounidense pero de origen latino- como por horror al vacío creciente del inmediatismo materialista, que nos aprieta la garganta, las arterias y el horizonte.

Por todo eso que nos machaca el alma, uno dio un brinco de alegría esperanzada cuando supo que -a contramano de los tiempos- el viernes pasado la Universidad de Cuyo, en su sede central de Mendoza, invistió Doctor Honoris Causa a Joan Manuel Serrat. No es que uno haya sido su hincha ni que haya compartido todas sus definiciones, pero siento que lo merece por la entrega que lo transmutó en vocero poético de los hispanohablantes. Y sobre todo, por el mensaje de que una Universidad reconozca en un cantor popular el mérito inmenso de sostener valores por encima de decadencias y traiciones.

La distinción implica que la Universidad otorgante reconoce que los saberes académicos hunden sus raíces en los sentimientos y los ideales que cantan los poetas, los músicos, los trovadores que van de ciudad en ciudad, enseñando a vivir a punta de estrofas.

La Universidad de Cuyo tiene tradición: en 1949 albergó el primer congreso mundial de filosofía que se convocó después de la Segunda Guerra Mundial; en los años 80 apoyó a Víktor Frankl en su esfuerzo por defender los valores humanos frente al avance de la despersonalización. Es Universidad con doctrina.

En un mundo corroído por dosis diarias de atrocidades, donde se cultiva la pertenencia a intereses y se olvida el amor a los ideales, la gran esperanza es que el arte se yerga como antidestino y que las universidades recuperen su raíz y su misión de universalidad. Para eso, nada mejor que los tarareos que nos afinan el alma desde la cuna a la tumba.
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