Irán, ¿guerra interminable?
La falta de claridad de Trump y la resistencia iraní acrecientan la inquietud.
El Presidente Donald Trump estimó en un comienzo cuatro a cinco semanas de hostilidades antes de que Irán capitulara frente a los ataques israelíes y norteamericanos. Esta semana dejó abierta la posibilidad de que la guerra se prolongue algo más, pero dijo que no pensaba que sería larga y que terminaría "cuando lo sienta en los huesos". Es una curiosa (y frívola) manera de definir el curso de un conflicto que se ha expandido más allá de los beligerantes, para afectar a los países del golfo Pérsico y a todo el mundo por el efecto global del alza del precio del petróleo. Los norteamericanos, en particular, ya están sintiendo en sus bolsillos las consecuencias del bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde circula el 20 por ciento del petróleo y el 25 por ciento del gas que se consume en el planeta.
Trump no define los objetivos concretos que quiere lograr ni cómo pretende terminar la ofensiva, y esta falta de claridad ya está inquietando no solo a sus opositores sino también a sus correligionarios, a su base del movimiento MAGA e incluso a funcionarios de su gobierno. La renuncia de Joe Kent, el director del Centro Nacional contra el Terrorismo, es la primera señal de que dentro del Ejecutivo, en especial en las agencias de inteligencia, hay cierto descontento por la forma de planificar, gestionar y dirigir una operación militar de gran envergadura sin la suficiente justificación. Según Kent, Trump tomó la decisión presionado por "Israel y el poderoso lobby (judío) americano", basado en "una mentira", la de que Irán era una amenaza inminente para Estados Unidos. Esta es una grave acusación que rápidamente fue desdeñada por la vocera de la Casa Blanca, quien se apuró en desacreditar al renunciado funcionario, un veterano de Irak y viudo de una agente muerta en un atentado suicida en Siria. Kent no es neutral en política, sino un acérrimo defensor de las ideas MAGA. Por eso, su renuncia ha sido usada como ejemplo del supuesto descontento en las filas del trumpismo por un activismo bélico que no comparten. Su exjefa, la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, fue extremadamente cauta esta semana, al prestar testimonio ante el Congreso: frente a la pregunta de si Irán era o no una amenaza inminente para Estados Unidos, evitó dar su opinión, refugiándose en el argumento de que es el Presidente la única persona que tiene la facultad de definir qué es o no una amenaza para el país.
El vicepresidente J. D. Vance, quien ha sido un fuerte detractor de las "guerras interminables" y que en 2023 apoyó la candidatura de Trump porque estaba seguro de que no "enviaría a los norteamericanos a combatir" al extranjero, es otro que ha mantenido cautela en sus declaraciones públicas. Se sabe que fue uno de los del entorno que le advirtieron al Presidente sobre la poca conveniencia de lanzar los ataques, pero, ya con la decisión tomada, se ha cuadrado con su jefe. Así, refiriéndose a Kent, dijo que su renuncia fue "apropiada", pues una cosa es tener una opinión, pero "cuando el Presidente toma una decisión, nuestro trabajo es hacer que resulte lo más efectiva y exitosa posible".
Más allá de las lealtades a Trump por parte de su equipo, otros republicanos están preocupados de que las consecuencias de la guerra -principalmente el precio del petróleo- puedan perjudicar los resultados de las elecciones legislativas de noviembre. Las encuestas han mostrado que el apoyo ha ido a la baja, no tanto entre los seguidores de MAGA, pero sí entre quienes votaron por Trump pero no son fanáticos del Presidente. Esto puede cambiar dependiendo del curso de los acontecimientos, pero con un petróleo que se mantiene sobre los US$ 100 y con un régimen iraní que sigue controlando el estrecho de Ormuz, la percepción de que la guerra se le escapa de las manos a Trump empieza a instalarse.