Los pobres sí toman malteada
Días después de que mi padre sufriera una quiebra de la que nunca se recuperó, fuimos a Unicentro a sacar del banco el dinero que quedaba en la cuenta
Días después de que mi padre sufriera una quiebra de la que nunca se recuperó, fuimos a Unicentro a sacar del banco el dinero que quedaba en la cuenta. Rumbo al centro comercial, mi hermana preguntó si después podíamos ir por una malteada, a lo que papá contestó: "Los pobres no toman malteada". Cruel, pero razón no le faltaba. En ese momento, todo lo que tuviera ver con postres refrigerados costaba una fortuna. Había una marca de helados con un sabor que me volvía loco: vainilla con veteado de chocolate. Me gustaba tanto que me acababa el litro en una sentada como si fuese una obligación; igual que esas personas que matan a diez y luego en el juicio dicen que una voz se los ordenó hacerlo. Con mi mesada de estudiante solo podía darme el lujo de comprarlo una vez al mes, porque el resto del dinero se me iba en buses, fotocopias y comida en la universidad. Para suplir la necesidad de azúcar, compraba entonces tortas, galletas y dulces varios en cafeterías. Y no sé qué ha pasado con la repostería moderna ahora, pero todo está al revés. Caí en cuenta de ello un día que cumplía mi tía y quise llegarle con la torta de zanahoria que la desvive. A cambio, llevé un litro y medio de helado de buena marca y por él tuve que pagar la cuarta parte de lo que me cobraban por el ponqué en cuestión. Creerán que exagero, pero no es así porque el azúcar es mi vicio, así que tengo clara la evolución de los precios. Por eso sé que la Jet antes valía monedas y ahora parece chocolate suizo, y que hay galletas a veinte mil pesos y tortas de chocolate de doscientos mil. ¿Y el litro y medio con el que quedé como un rey con mi tía? Cuarenta y cinco mil pesos. No sé si serán los impuestos, o que ahora se dan el lujo de cobrar lo que quieran porque se volvió moda, pero por muy rico que sea un postre, este no deja de ser azúcar, harina, mantequilla y huevos, principalmente. Para reforzar mi punto, recuerdo también que en la universidad una compañera se mantenía revendiendo brownies de una marca reconocida. Hace poco fui a un almacén a comprar uno porque no los probaba hacía rato y estaban a quince mil, cantidad que con mi mesada de estudiante no hubiera podido cubrir sin descuadrarme en los otros gastos. Ignoro cómo se comporta el mercado al detalle, solo sé que cosas que antes eran baratas, hoy son carísimas. Por ejemplo, de adolescente yo tenía muchos acetatos no porque fuera un romántico de la música, sino porque no podía costear un CD, que era tecnología de punta; hoy vas a una tienda a comprar un vinilo de esos y toca averiguar antes a cuánto están las tasas de interés del Banco de la República y ver si vale la pena endeudarse por tanto. Pasa lo mismo con el álbum de Panini, ahora que se viene el Mundial. Para llenarlo solía alcanzar el menudo del bolsillo de cualquier estudiante; ahora mismo es mejor conformarse con ver a los jugadores por televisión. Y más ejemplos: ¿en qué momento el café con leche pasó a llamarse latte y el tinto, ‘americano’? Me han explicado que tinto y americano no son lo mismo porque son hechos con diferente técnica, pero eso es ponerse refinado; los dos son la misma vaina y cumplen idéntica función. Pasa lo mismo con la pavlova y el merengón; aunque varían en la textura y el montaje, en esencia son iguales, solo que cuestan menos o más según el nombre con el que se le vendan al cliente. Son importantes las palabras en esto de los precios, por eso se cobra más si algo es "artesanal", "orgánico" o en "masa madre". Y ni decir si viene con pistacho. No sé qué tendrá, pero el pistacho es a los postres lo que el guacamole a los asaderos de carne: lo encarece todo. El punto es que si mi padre viviera, estaría feliz al saber que, pese a quedarse sin un peso, hoy podría invitar a malteada no solo a su hija, sino a la familia entera. Con esa dosis de azúcar, seguro el golpe de la quiebra hubiese sido más llevadero para todos.
Los nombres y los precios
Adolfo Zableh Durán