No son lo mismo
El principio rector del centro político puede resumirse en una frase: "Todos los extremos son malos"
El principio rector del centro político puede resumirse en una frase: "Todos los extremos son malos". Es un precepto con pedigrí: desde Aristóteles, al menos, se reconoce el prestigio moral de ubicarse entre el frío y el calor, entre el desgano y la pasión, entre la anorexia y la gula. Pero la frase encierra una paradoja. Pues afirmar que "todos los extremos son malos" es, en sí, una posición extrema. Una que otra excepción debe de haber. Como toda norma absolutista, además, esta induce a la pereza mental. Basta etiquetar una idea como ‘extrema’ para que la gente juiciosa del mundo la rechace sin mayor análisis. Ese mecanismo está en evidencia en la actual campaña política. La opinión pública, respaldada por los titulares de algunos medios, ha decidido que hay dos ‘extremos’ en contienda: el que representa Iván Cepeda, por el lado izquierdo, y el que representa Abelardo de la Espriella, por el derecho. Y algunos, los más antiuribistas, meten a Paloma Valencia en el mismo saco que a De la Espriella. ¿Pero en realidad es así? Veamos. Salgamos de lo fácil, empecemos por el medio. Sobre el centrista por excelencia, Sergio Fajardo, no hay discusión alguna. Nadie lo va a acusar de extremista. Representa sin fisuras a los habitantes de la República de Corea del Centro. Y su rival en ese espacio, Claudia López, aunque apoyó a Petro en 2022, hoy funge de centrista y opositora. Sigue Paloma Valencia. Algunos la rotulan de ‘extrema’ por militar en el uribismo. Pero su selección de vicepresidente, el moderado -y, en muchos aspectos, progresista- Juan Daniel Oviedo, desbarata ese argumento. Además, si uno escucha las ideas de Valencia -algo que sus críticos no se toman el trabajo de hacer-, encuentra una mezcla de propuestas procrecimiento con programas sociales. Poco de ‘extremo’ hay allí. Abelardo de la Espriella. Su estética y su retórica son más enérgicas y desenfadadas que las de los demás. Eso le da un aura derechosa. Ciertas de sus posturas, como el apoyo al porte legal de armas, no les gustan a los moderados. Entre sus rivales, curiosamente, solo la progresista Claudia López, que plantea construir más cárceles, ha lanzado propuestas tan directas en materia de seguridad. Pero la elección de José Manuel Restrepo como vicepresidente, un académico prestigioso y equilibrado, que sorteó con habilidad la peor crisis del gobierno de Iván Duque, es un desplazamiento hacia el centro, que promete un gobierno más pragmático que ideológico. Y hay algo más, que no es de poca monta. Al igual que sus rivales, De la Espriella promete gobernar dentro de la Constitución de 1991. Sean cuales sean sus preferencias personales, ese documento, reconocido por su progresismo, le impone límites a un gobierno suyo. O de cualquiera. Para eso existe. ¿Qué hallamos en Iván Cepeda, entre tanto? Como en Los Dumis, un candidato diferente a todos los demás. No escogió una fórmula vicepresidencial que morigerara el contenido de su campaña, sino al revés: dobló la apuesta por un proyecto de izquierda radical. Es astutamente difuso acerca del modelo económico que quiere para el país; pero su admiración por Fidel Castro y Hugo Chávez debería dejarle pocas dudas de sus inclinaciones socialistas a quien no sea ingenuo. Plantea mantener la mortífera ‘paz total’, que amenaza con desarticular al país. Y aunque esta semana quiso tomar distancia, ha expresado su acuerdo con el proyecto petrista de convocar una asamblea constituyente para modificar la constitución. Los hechos son claros. Hay cuatro campañas que le apostaron a la moderación y una que no. Cuatro que rechazan la asamblea constituyente y una que no. Unas candidaturas son de izquierda y otras de derecha. Pero solo una, la de Cepeda, merece ser designada ‘extrema’. @tways / tde@thierryw.net
Tubo de ensayo
Thierry Ways
Es fácil afirmar que todos los extremos son malos. Pero induce a una pereza mental que entorpece el análisis político.