¿Qué tienen en común Sísifo, la radio, la IA y los smartphones?
El miedo a tecnologías como los celulares y las redes sociales no es algo nuevo, sino parte de un patrón histórico. La investigadora Amy Orben compara este fenómeno con el mito de Sísifo: un ciclo repetitivo en el que cada nueva tecnología provoca alarma social.
"Aquí hay un dispositivo (que) está en todas partes (...) Podemos cuestionar la calidad de lo que ofrece para nuestros hijos, podemos aprobar o deplorar sus entretenimientos y encantamientos; pero somos impotentes para excluirlo. entra en nuestros propios hogares y captura a nuestros hijos ante nuestros propios ojos". Esta frase podría haber sido dicha en cualquiera de los hilos o videos que han circulado hablando sobre los peligros de los celulares y las redes sociales. Sin embargo, esta frase escrita en los años 1940 no habla de teléfonos ni de redes sociales, habla de la radio y sus supuestos peligros para la infancia.
Es que como muestra la investigadora en psicología y desarrollo de Cambridge, Amy Orben, este miedo que tenemos a la tecnología no es nuevo. Tanto que Orben utiliza la metáfora de Sísifo, un rey que en la mitología griega había sido castigado por los dioses y obligado eternamente a empujar una piedra por una colina que al llegar arriba caía y debía volver a empezar. En el ciclo sisifeo de los pánicos tecnológicos, lo que ocurre es una secuencia que se repite cuando una innovación se vuelve masiva, concentra atención pública y dispara preocupaciones sobre sus efectos, en especial en niños y adolescentes.
Orben subraya que estos procesos son históricos: antes de los teléfonos, hubo alarmas similares alrededor de novelas, cine, historietas, radio y televisión.
En su modelo, el ciclo tiene cuatro etapas. La primera es la creación del pánico. Allí operan supuestos de determinismo tecnológico: la tecnología se presenta como fuerza autónoma y se la vincula con cambios sociales amplios, como si produjera efectos homogéneos sobre una generación. En la práctica, el debate suele formularse en términos de causalidad directa ("esto causa aquello") y con categorías generales ("la tecnología" como un bloque).
La segunda etapa es la externalización política hacia la ciencia. El tema se vuelve parte de la agenda pública: habilita anuncios, comisiones, informes y marcos regulatorios en discusión (¿le suena querido lector?). Al mismo tiempo, la expectativa de resolución se desplaza hacia la evidencia científica: se pide investigación que ordene el debate y entregue conclusiones aplicables.
La tercera etapa es la reinvención de la rueda. La investigación sobre tecnologías nuevas tiende a empezar con preguntas amplias y a repetir una progresión ya observada en pánicos anteriores. Se investiga "la tecnología" en general y se examina un resultado asociado a la preocupación del momento. Con el tiempo, la literatura se mueve hacia subgrupos, diferencias individuales, contenidos específicos y relaciones bidireccionales, pero esa acumulación rara vez se convierte en una base estable para el siguiente episodio.
La cuarta etapa es un nuevo pánico. El cambio tecnológico y la adopción social avanzan a un ritmo que suele ser más rápido que la producción de evidencia acumulativa. La política enfrenta entonces un problema: intervenir temprano con información incompleta o esperar resultados más sólidos cuando la tecnología ya está integrada en prácticas cotidianas. En muchos casos, el cierre del episodio no ocurre por resolución científica sino por reemplazo de agenda: una nueva tecnología aparece, concentra la atención y reinicia la secuencia.
La intención de quien escribe estas líneas no es abogar porque que cada innovación deba ser aceptada sin miramientos. Simplemente poner a consideración de quien haya llegado hasta acá que esto no es nuevo y que se ha cumplido casi de forma idéntica. Tal vez la idea sea parar un rato a pensar cómo podemos romper ese ciclo en el que Sisifo siempre empuja la misma piedra hasta el mismo exacto lugar.