Domingo, 29 de Marzo de 2026

La inclusión

UruguayEl País, Uruguay 28 de marzo de 2026

La inclusión no es una escena. Es una consecuencia, que una voz pueda entrar con ideas propias y que esas ideas tengan permiso de chocar, de mover algo.

Decimos "inclusión" como si fuera una puerta que se abre y listo, como si el problema terminara cuando alguien entra al salón. Pero la experiencia -en política, en medios, en cualquier organización- suele ser otra, entrar es solo el comienzo. Lo difícil es quedarse sin volverse un personaje, discutir sin que te cobren el tono.

E.T.A. Hoffmann lo contó de una manera extrañamente útil. En "El hombre de arena", Nathanael, el protagonista, se enamora de Olimpia, una joven perfecta que escucha, asiente, responde lo justo. No hay roce, no hay sorpresa, no hay confrontación. Es así que estas mismas formas de habitar los espacios provocan un enamoramiento similar en el entorno y durante un buen rato, esa presencia parece suficiente. Hacia el final del cuento se nos deja ver el mecanismo detrás y descubrimos que Olimpia es un autómata. Ahí aparece una verdad incómoda: lo fácil que es, a veces, confundir el estar con participar.

Esa es la trampa que vale la pena mirar cuando hablamos de inclusión: la diferencia entre estar y participar. Un ejemplo -visible en muchos ámbitos- es lo que suele pasar con las mujeres, donde ese contraste aparece con más nitidez. No como bandera ni como sermón, y mucho menos desde un lugar paternalista, sino como punto de observación: cuando el entorno cree que incluyó por dar un lugar, pero no queda tan claro si se habilitó un espacio real para incidir.

Porque la discusión rara vez está en el "sí o no": está en el "cómo". Cuánto pesa una intervención, cuánto se la deja insistir. Y, sobre todo, qué pasa cuando una voz no solo participa, sino que intenta cambiar el rumbo de la conversación.

La inclusión real se nota ahí: en si una intervención mueve algo. Si obliga a justificar una decisión, si abre una pregunta que no estaba en agenda, si cambia una prioridad. Porque si el espacio solo admite voces mientras no alteren el guion, la presencia existe, pero la participación se vuelve ornamental. En el medio aparece un fenómeno muy común, casi de sobremesa: el comentario bien intencionado que suena a apoyo, pero deja todo igual. A este personaje que comenta a veces se le llama coloquialmente "falso aliado". No para señalar con el dedo, sino para describir un mecanismo: se afirma la idea en abstracto, pero se la recorta en concreto. No siempre hay mala fe; muchas veces es reflejo, incomodidad o apuro por quedar del lado correcto. El problema es el efecto, la inclusión se vuelve una causa ajena, como si fuera una reivindicación unilateral y el resto acompañara con frases.

Y ahí está el punto central, esto no se construye solo con una parte haciendo el trabajo. Si la inclusión se vive como una pelea de un solo lado, se agota. La construcción conjunta exige algo más simple y más exigente: participación compartida, escucha real, disposición a revisar hábitos.

En la práctica, muchas veces la inclusión se parece a esto, entrar implica adaptarse. Adaptarse a reglas y formas de discutir que no nacieron hoy, que se armaron hace tiempo y que rara vez se revisan. No necesariamente por mala fe, sino por inercia. Pero si la inclusión es solo adaptación, el espacio no cambia; solo cambia quién se acomoda. La construcción conjunta empieza cuando también se habilita a revisar reglas de juego, y no solo a pedir que la persona nueva se amolde.

No hace falta convertir esto en un relato de víctimas y culpables. Es más útil pensarlo como un conjunto de reglas no escritas. Se ve en lo cotidiano,quién modera, quién fija el orden, quién cierra, y qué temas se dan por "resueltos" antes de discutirse. Reuniones donde "se escucha", pero ya está decidido. Paneles donde se aplaude, pero nadie toma nota. Lugares donde la firmeza se lee como exceso y la prudencia como falta de liderazgo. No son conspiraciones; son hábitos. Y los hábitos, cuando no se miran, terminan decidiendo solos.

Por eso la cooperación entre hombres y mujeres no se juega en gestos correctos, sino en la práctica, en qué tipo de discusión se tolera. Cooperar no es coincidir. Es poder discutir sin que el desacuerdo se vuelva personal. Es que el argumento importe más que el registro.

Fechas como el 8 de marzo sirven como recordatorio de esta diferencia. No para repetir fórmulas, sino para mirar lo concreto, en qué ámbitos hay mujeres presentes y, aun así, las decisiones siguen circulando por los mismos carriles. Dónde se escucha, pero no se deja que la voz tenga efecto. Dónde el clima es amable, pero el intercambio es estrecho.

La inclusión no es una escena. Es una consecuencia, que una voz pueda entrar con ideas propias y que esas ideas tengan permiso de chocar, de corregir, de mover algo. Y si eso no ocurre, la sala puede estar llena. Pero, como con Olimpia, quizás lo que falta no es gente. Es interlocución.
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