Luces amarillas
El oficialismo sintió el golpe de unas encuestas salvajes. Se movió en marzo con apuro y dio señales contradictorias.
En el gobierno ya no sobra margen. Tampoco calma.
Se siente, sobre todo, en el Ministerio de Economía. Un año y medio después de que Yamandú Orsi anunciara a Gabriel Oddone como su principal carta, la presión, el nerviosismo y la tirantez están en el aire. La apuesta era contar con un ministro que transmitiera solidez, orden y previsibilidad.
Él no cambió, pero sí el terreno: los números optimistas se diluyeron, el plan original ya no puede estar en marcha y ahora empezó una gestión diferente. Serán cuatro largos años en los que habrá que cuidar cada peso. Ojalá que no sea solo a costa de los nabos de siempre. Cuesta ilusionarse.
La intranquilidad se origina en los números y se refleja en el tono. Alrededor del equipo económico hay menos soltura que al comienzo y mayor sensibilidad ante los cuestionamientos. No solo los que llegan desde la oposición, los empresarios o los medios.
Cuando hasta los reparos del fuego amigo irritan, es que el clima está enrarecido.
La caricatura del arranque del segundo año es la de un auto con el motor recién prendido. Orsi está en el asiento del conductor, pero no agarra el volante. Oddone va al costado con la mirada fija en las luces amarillas del tablero.
En el asiento de atrás, Alejandro Sánchez empieza a imaginarse con la banda presidencial. Jorge Díaz urde el próximo plan. Fernando Pereira pierde la paciencia y vuelve, una vez más, al refugio del pasado para defender al Frente Amplio. Berrea alguna barbaridad sobre Cuba o la extrema derecha. Nadie le responde. Oddone sube el volumen de la radio. Afuera, la oposición alterna entre mirarse el ombligo, mirar hacia el costado y mirar al cielo. Llueve. No hay quien abra un paraguas.
El oficialismo sintió el golpe de unas encuestas salvajes. Se movió en marzo con apuro y dio señales contradictorias. Algunos se cortan solos. Otros corrigen al presidente. Están los que sugieren falta de audacia. Como si el problema fuera solo la falta de épica y no el exceso de desorden. El presidente anuncia un nuevo ministerio y el principal senador de su sector lo cuestiona. Lo del túnel en 18 de Julio no importa por el túnel en sí, sino porque volvió a mostrar un modo de no decidir. Nadie cuestionó que el intendente admitiera que el mandatario no le había aclarado sus preferencias.
A esta altura, hablar de fallas de comunicación no alcanza. El punto es que Orsi evita tareas centrales del cargo: ordenar disputas internas, fijar una línea, sostenerla, explicar, decidir. El aparato paquidérmico del Estado vuelve imprescindible la impronta presidencial. Ese estilo individual determina si la autoridad se aprovecha o se desperdicia. El riesgo es alto: si quien gobierna no tiene la talla necesaria para el momento histórico, el país se expone a resultados aciagos.
Se evitó la recesión técnica por un pelo, no hay una sola proyección auspiciosa para este año, y las imprudencias trumpistas en Medio Oriente enturbian el horizonte. El oficialismo ya empezó a echarle la culpa de todo a Estados Unidos. Tanta pereza intelectual los hace olvidar que, cuando eran oposición, criticaron a diestra y siniestra sin tener en cuenta la pandemia, la sequía ni la guerra en Ucrania. Ahora todo sirve de excusa.
Una crisis solo tiene el potencial de convertirse en una oportunidad en manos de un liderazgo eficaz. Esa carencia es y será el flanco débil del gobierno, no solo porque la economía no ofrecerá alivio, sino que la política tampoco ofrece una dirección clara para atravesar un período de estrechez.
El momento exige decisiones difíciles. No hay margen para gastar de más. La cuestión es qué se va a recortar y quién va a asumir el costo, tanto el económico como el político.
Está, además, la contradicción de fondo, insostenible para corregir el rumbo. Por un lado, se predica crecimiento (que será magro), inversión (que no se atisba) y desregulación (que es encomiable, pero no suficiente). Por otro lado, se convive con corporaciones, dirigentes y sindicalistas expertos en ponerle trabas a todo con tal de que no toquen sus intereses.
La sensación de deriva no proviene de una conferencia mal dada ni de una mala semana. Nace de algo más persistente. Está el país de los hechos y está el país del presidente. Cada vez se parecen menos. Mientras el gobierno intenta vender normalidad y control, lo que transmite es improvisación y dudas.
En medio del desorden y el desespero, se consolida la veta peronista light del MPP. En su afán por conservar el poder, adopta con notable flexibilidad el lenguaje de la coyuntura. Un día pone a Bukele en agenda, otro coquetea con meter el cuco capitalista en las empresas públicas y, si hace falta, se prueba por un rato la camiseta del antichorro.
Lo único que, por ahora, salva al oficialismo es que a la oposición no se le cae una idea. Abusa de interpelaciones inconsecuentes que distraen y saturan la agenda. Critica un plan de 340 páginas sin haberlo leído. Algunos salen a decir que "a ganas nomás" arreglan la seguridad. Así es muy difícil, por no decir imposible.
En un escenario cada vez más complejo, no tenemos políticos a la altura. Conviene no engañarse. Las cosas siempre pueden empeorar.