Domingo, 29 de Marzo de 2026

Cada vez menos niños

ColombiaEl Tiempo, Colombia 29 de marzo de 2026

ANALISTA SENIOR
Lo que sugieren los datos es que cada vez más personas no están aplazando la decisión de comenzar o agrandar la familia, sino reconsiderándola de fondo

ANALISTA SENIOR
Lo que sugieren los datos es que cada vez más personas no están aplazando la decisión de comenzar o agrandar la familia, sino reconsiderándola de fondo.
RICARDO ÁVILA PINTO- ESPECIAL PARA EL TIEMPO@ravilapinto
Parece una ironía de la historia. La explosión demográfica vuelve a ocupar titulares al mismo tiempo que el mundo empieza a hablar de lo contrario: la implosión. El pasado 13 de marzo se conoció la noticia sobre la muerte de Paul Ehrlich, el biólogo estadounidense que en 1968 sacudió a occidente con La bomba poblacional, el libro que advirtió que el crecimiento desbordado en la cantidad de gente en el planeta llevaría a hambrunas masivas, escasez generalizada y colapsos inevitables. Probablemente el apellido mencionado solo está en la mente de unos pocos, pero con seguridad casi nadie se libró de su incidencia. Al alertar, entre otras cosas, sobre escenarios apocalípticos como la racionalización de agua y alimentos en Estados Unidos, el mundo tuvo mayor consciencia sobre los globales y la presión que el crecimiento de la humanidad podía ejercer sobre los recursos naturales. Ese diagnóstico también impulsó el ambientalismo y políticas orientadas al control de la natalidad en múltiples latitudes- Pero Ehrlich no tenía la razón, entre otras porque no pudo prever las inmensas ganancias en productividad agrícola e industrial sucedidas. Seis décadas después, la conversación parece haberse invertido. Lo que hoy dispara las alarmas es un fenómeno que tiene el signo contrario, pues el dolor de cabeza no son los nacimientos en exceso, sino de su caída. Cada vez más los datos coinciden en un mismo diagnóstico: las sociedades están dejando de tener hijos a un ritmo que comienza a preocupar por sus implicaciones económicas y sociales. Y eso pasa en los cinco continentes. Con muy pocas excepciones en lugares de África o Asia. Colombia no es ajena a ese desplome. De hecho, es uno de los países donde la reducción se está dando con mayor rapidez. Números que hablan Basta mirar las cifras más recientes. La semana pasada, el Dane publicó las estadísticas vitales consolidadas del año pasado, que volvieron a romper la marca del periodo previo. En 2025 se registraron 433.678 nacimientos, 20.223 menos que en el calendario anterior, lo que representa una disminución del 4,5%. Para encontrar un guarismo parecido hay que devolverse a cercanías de 1950 cuando en el territorio nacional vivían algo más de 12 millones de personas. El contraste es inmenso tan solo si se toman como referencia los 647.152 nacidos vivos de 2016. Frente a las propias proyecciones del Dane el desfase entre el cálculo y la realidad es tan significativo que inquieta. Por ejemplo, si bien los pronósticos vigentes dicen otra cosa, la población en edad escolar podría bajar en una tercera parte en algún momento de la próxima década, en comparación con la actual. Tan significativa transición se hace evidente al analizar la fecundidad por edades. Las mayores reducciones se concentran en mujeres jóvenes, particularmente entre los 15 y los 24 años, mientras el patrón reproductivo se desplaza hacia cohortes mayores: hoy, el mayor número de nacimientos ocurre en el grupo de 25 a 29 años. En paralelo, el país registra un aumento en las defunciones, que alcanzaron 283.378 en 2025, un crecimiento del 2,8% frente al año anterior. Cuando se saca el saldo neto, que es de 150.300 individuos, y se agregan los estimativos de migración a otras naciones, resulta altamente probable que la población esté disminuyendo. Para citar un caso concreto, tan solo España contabilizó la entrada con fines de residencia de unos 140.000 colombianos el año pasado. Lo que está ocurriendo puede leerse como un exceso de éxito. Durante décadas, Colombia fue un caso ejemplar en planificación familiar. A partir de los años sesenta, el acceso a métodos anticonceptivos se expandió de manera sostenida y permitió que millones de mujeres ejercieran control efectivo sobre su fecundidad. La maternidad dejó de ser un destino inevitable y pasó a ser, cada vez más, una decisión. Ese proceso tuvo efectos profundos. No solo se redujo el número de hijos por mujer, sino que también cayeron de manera significativa los embarazos adolescentes y se ampliaron las oportunidades educativas y laborales para las mujeres. De la mano de esas conquistas, apareció una nueva realidad demográfica que se agudizó en años recientes. Aparte del descenso sostenido en los nacimientos, aumentó la expectativa de vida que se acerca ya a los 80 años. Ese tránsito altera de manera profunda el equilibrio entre generaciones y plantea interrogantes de los que pocos prefieren hablar. Como van las cosas, en el futuro no muy lejano habrá menos personas en edad de trabajar, lo que puede traducirse en menor crecimiento económico y en una reducción de la base de contribuyentes. Al mismo tiempo, el aumento de la población mayor implica mayores presiones sobre el sistema de salud y, especialmente, sobre el pensional. Con razón se dice que el desafío no es solo demográfico, sino económico y social. Mujeres adelante, hombres atrás Entender por qué está ocurriendo este fenómeno exige mirar más allá. Como ha mostrado la economista y premio Nobel Claudia Goldin, el cambio está ligado a una transformación profunda en el rol de las mujeres. Tener hijos ya no es una consecuencia natural de la vida adulta, sino una decisión que compite con proyectos personales y profesionales. Pero el punto más incómodo está en los hombres. Mientras ellas han cambiado rápidamente, ellos no lo han hecho al mismo ritmo. En otras palabras, la caída de la fecundidad no es solo una historia de mujeres que deciden tener menos hijos, sino también de hombres que no han cambiado lo suficiente para hacer viable tenerlos. Como ha documentado Alejandro Gaviria en su estudio El desplome de la fecundidad en Colombia, el país ya venía experimentando una caída sostenida en este asunto como resultado de variaciones estructurales: urbanización, mayor educación, acceso a anticonceptivos y cambios en las aspiraciones de vida. Pero en los últimos años se observa algo distinto: una aceleración del descenso que no puede explicarse únicamente por esas tendencias de largo plazo. A esto se suma el impacto de la pandemia, que pudo haber apresurado decisiones que ya venían gestándose, como tener menos hijos o postergar la maternidad. Lo que sugieren los datos es que cada vez más personas no están aplazando la decisión de comenzar o agrandar la familia, sino reconsiderándola de fondo. Al contrario de lo que ocurre en varios países europeos, donde existe una brecha entre el número de hijos que las personas desean y los que finalmente engendran, en nuestro caso la distancia es mucho menor. Los resultados de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 2025 muestran que algo más de las tres cuartas partes de las mujeres ya ha alcanzado la cantidad de hijos que considera ideal o no desea tener más. Es decir, no cuentan tanto las restricciones económicas o de política pública, sino el cambio en las preferencias reproductivas. En ese contexto, Gaviria advierte que Colombia podría estar entrando en una fase de "ultrabaja fecundidad", un panorama demográfico más difícil de revertir. "Hay un efecto de contagio social. Puede que las parejas tengan el deseo inicial de tener hijos, pero, al ver que las que están a su alrededor no los tienen, desisten". Y agrega: "es como si pensaran: ‘si nadie lo hace, nosotros tampoco’". Recetas contra el desplome Frente a este panorama, distintos países han comenzado a ensayar recetas contra la implosión. No hay una fórmula única, pero sí una lista de ingredientes que se repite con variaciones El primero -y uno de los más consistentes- es el cuidado infantil. Ampliar la cobertura de guarderías, reducir su costo y facilitar la conciliación entre trabajo y familia aparece, de manera recurrente, como una de las políticas con mejores resultados relativos. La lógica es simple: si tener hijos no implica salir del mercado laboral o asumir costos imposibles, es más probable que las parejas decidan tenerlos. La evidencia sugiere que estas medidas sí logran aumentar la fecundidad, especialmente en la decisión de tener un segundo hijo, aunque sus efectos son moderados y no suficientes para revertir la tendencia general. Otro elemento tiene que ver con el mundo del trabajo. Licencias de maternidad y paternidad más generosas, esquemas de trabajo flexible y mayor protección frente a la discriminación buscan reducir el costo profesional de tener hijos. La evidencia muestra que estas políticas traen efectos desiguales. En algunos casos, contribuyen a que las parejas amplíen la familia; en otros, simplemente adelantan decisiones que de todas formas se habrían tomado. Como tercera opción aparecen los incentivos económicos, como ofrecer transferencias directas, bonos por nacimiento o beneficios tributarios con el objetivo de estimular la natalidad. No obstante, los estudios ilustran un patrón recurrente: los apoyos monetarios pueden tener efectos visibles, pero tienden a ser temporales y, en muchos casos, adelantan decisiones más que cambiar de forma estructural el número de hijos de un hogar. Una cuarta herramienta es el apoyo a los tratamientos de fertilidad. Algunos países han optado por ampliar el acceso a técnicas de reproducción asistida como parte de su respuesta a la caída de la fecundidad. Y aunque hay éxitos constatados, el impacto general acaba siendo menor. Así las cosas, la conclusión es incómoda: no existe una receta que, por sí sola, logre devolver la fecundidad a niveles de reemplazo. Más que soluciones definitivas, lo que el mundo ha encontrado hasta ahora son combinaciones que, en el mejor de los casos, logran contener parcialmente la caída. ¿Cómo nos vemos en ese contexto? "La informalidad en Colombia cambia el menú de opciones que se han usado en otros países", comenta Luis Fernando Mejía, exdirector de Fedesarrollo. Subraya que "las licencias parentales son medidas de política para el sector formal, que en nuestro caso no llega ni al 43 por ciento de los ocupados". En contraste, agrega que "el cuidado infantil tiene el beneficio de ser universal: no depende del vínculo laboral. Ahí llega una madre informal como una formal". Añade el experto que, aunque menos poderoso, otro componente viable es la flexibilidad laboral, pues justamente la rigidez de los horarios puede ser causa de que muchas mujeres no accedan a ciertos empleos. Algo del debate ya empezó a asomarse en Colombia, aunque todavía de manera fragmentaria. En 2020, la Corte Constitucional fijó reglas para el acceso a tratamientos de fertilidad con recursos públicos, reconociendo que pueden hacer parte del ejercicio de los derechos reproductivos, pero bajo condiciones estrictas y sin convertirlos en una obligación general del sistema de salud. En su momento, la discusión estuvo marcada por una preocupación central: la sostenibilidad financiera. El Ministerio de Hacienda advirtió entonces que atender a toda la población infértil podría costarle al país cerca de 13 billones de pesos anuales. Por eso, el tribunal estableció que el apoyo debía ser excepcional y focalizado: solo para personas o parejas sin capacidad de pago, sin hijos, en condiciones médicas que hagan viable el tratamiento, y después de haber agotado otras alternativas, con un máximo de tres intentos y aportes parciales de los beneficiarios. Sin embargo, aun en medio de las presiones, cruzarse de brazos no es una opción. No intervenir en el tema y resignarse a que las cosas ahora son así puede llevar a que a la vuelta de unos años aparezcan emergencias asociadas a una transición demográfica extrema. Mientras la crisis potencial se ignora, el sector privado empieza a moverse. En distintos países, un número creciente de compañías han comenzado a incorporar beneficios de fertilidad dentro de sus estrategias de bienestar laboral. "Los retos demográficos no deben ser ajenos al sector empresarial",comenta Catalina Ricaurte, gerente general de Merck para el Cono Norte y presidenta de Afidro. "Por eso hemos incorporado beneficios orientados a respaldar a nuestros colaboradores en su proyecto de vida, incluyendo el acceso a servicios de fertilidad y alternativas como el congelamiento de óvulos", dice. Al final, el desafío que se insinúa compete más a la sociedad como un todo que al gobierno de turno. Pero la discusión colectiva necesita comenzar por reconocer que ya no somos ni seremos como creíamos hasta hace muy poco, cuando nos reconocíamos como un país joven. No se trata de volver a viejas fórmulas ni de imponer decisiones desde arriba, sino aceptar lo que es verdad. La ironía es evidente: durante décadas, el mundo temió sumar demasiados hijos; hoy empieza a preguntarse cómo hacer posible para que lleguen los que se requieren con el fin de sostener a los mayores. Y Colombia, más temprano que tarde, tendrá que responder a esa misma pregunta.
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