Fanas con metralleta
El problema no es la existencia de fanáticos. El problema es el poder que puedan concentrar.
Neil deGrasse Tyson es un astrofísico estadounidense y uno de los divulgadores científicos más conocidos del mundo. Heredero del inolvidable Carl Sagan, continuó la senda del creador de Cosmos explicando temas complejos de forma clara y accesible para el gran público.
Hace un par de semanas, mientras el conflicto bélico en Medio Oriente escalaba, Tyson publicó un video en su canal de YouTube, StarTalk, en el que expuso algo que definió como "perturbador": desde que existe la civilización, las desavenencias entre las personas se han resuelto con violencia. La lógica, aseguró, ha sido siempre la misma: "si no podemos arreglar nuestras diferencias, entonces te tengo que matar".
Al principio, explica, el hombre se mataba por contacto directo, cuerpo a cuerpo. Después apareció el arco y la flecha, que permitió matar a distancia y a un mayor número de personas. Luego llegaron las armas de fuego y más tarde, las bombas, capaces de arrasar ciudades enteras en cuestión de minutos. Hoy, en 2026, una sola bomba moderna puede tener hasta cincuenta veces la potencia de las que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki. Y hay unas doce mil de esas armas en el mundo, listas para ser detonadas.
Esto, según Tyson, nos ubica en un momento de extrema inestabilidad, en el que la seguridad del planeta depende de la cordura de quienes tienen acceso a ese poder. Para ilustrarlo, citó una frase atribuida a Albert Einstein: "No sé con qué armas se luchará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se luchará con palos y piedras".
A lo largo de los siglos, el hombre logró comprender la complejidad del átomo y liberar su energía. Sin embargo, aún no ha podido resolver sus diferencias por otra vía que no sean los golpes. Y eso responde a su más profunda limitación: la incapacidad de aceptar la realidad cuando choca con sus propias creencias.
Lo vemos a diario en el barrio y en las más altas esferas del poder.
Uno puede presentarle a un fanático religioso toda la evidencia acerca de que el ser humano es el resultado de millones de años de evolución biológica, física y astronómica. Aun así, el tipo negará con la cabeza y dirá que usted está equivocado. Que fue Dios quien nos creó.
Del mismo modo, uno puede demostrarle a un fanático ideológico que en Cuba hay presos políticos, que no existen libertades individuales plenas, que no hay elecciones libres ni prensa independiente. Aun así el tipo negará con la cabeza y dirá que usted está equivocado. Que todo ese mal lo creó Estados Unidos (el Diablo).
Los sistemas de creencias no aceptan la discrepancia. La ciencia, en cambio, se construye sobre la evidencia y la posibilidad de corregirse. "Lo bueno de la ciencia es que es verdad, creas en ella o no", afirma Tyson. Cuando dos científicos discrepan, buscan más datos, revisan sus hipótesis y, eventualmente, ajustan sus conclusiones. Cuando la discrepancia ocurre entre fanáticos, en cambio, acaban yéndose a las manos hasta que uno logra imponerse sobre el otro.
El problema no es la existencia de fanáticos. El problema es el poder que puedan concentrar. Porque si bien a la realidad no le importa lo que uno crea, lo que unos pocos creen puede alterar la realidad hasta el extremo mismo de la extinción.