Jueves, 02 de Abril de 2026

El costo de hablar o silenciarse

ColombiaEl Tiempo, Colombia 2 de abril de 2026

La libertad de expresión es uno de los bienes más preciados que tenemos los seres humanos

La libertad de expresión es uno de los bienes más preciados que tenemos los seres humanos. Esa libertad de expresión hoy me permite escribir esta columna que está cargada de dolor y reflexión. La sociedad no alcanza a asimilar la magnitud de lo que implica ser víctima y sobreviviente del acoso o el abuso sexual, tampoco los señaladores morales que gracias a la libertad de expresión pueden ser jueces. No hay una comprensión sobre el peso sicológico, emocional y físico que recae en los hombros de quienes han afrontado situaciones de vulneración. Tengo que regresar a mis días de reportera de guerra, cuando la única forma de hacer llegar las notas a la redacción era dictándolas a través del teléfono de cable, en la cabina de Telecom, luego de haberlas escrito en una de las hoy menospreciadas libretas de papel. Y las imágenes salían en la portada del periódico, tras el largo recorrido que hacían los rollos fotográficos, desde que eran embalados en un sobre, una bolsa plástica y una atadura de cinta aislante, hasta llegar a las manos del conductor del bus interdepartamental o el piloto de una avioneta. La travesía de 24 horas terminaba en el terminal de transporte o el aeropuerto, cuando alguien del periódico recogía el paquete y raudo llegaba al cuarto de revelado, de allí al montaje de diseño, para terminar en la imprenta. Lo importante, lo prioritario, lo que tenía valía era la exclusiva, estar en el momento justo, ganarle la "chiva" a la competencia, salir primero, estar en el lugar de los hechos y justificarlo con apoteósicos informes, demostrar que se era capaz, y más siendo mujer. Ese era el mundo real. Lo demás, todo lo demás, pasaba a un segundo plano, o ni siquiera existía. Menos, si tocaba tragarse lo que no gustaba, era incómodo y golpeaba la dignidad. En unas redacciones masculinas, en unos modelos laborales patriarcales, decir que el compañero, el jefe o la fuente se estaban pasando de palabra o acción era mostrar debilidad y hasta incapacidad. Este 2026 es otro momento gracias a la tecnología, pero los discursos de poder y la responsabilidad inversa que le deja la carga de la culpa a la víctima siguen iguales. Y la libertad de expresión permite que hoy, en las redes sociales, los tribunales inquisidores puedan señalar sin pudor a las periodistas que tardaron diez años, tres meses o dos días en denunciar a sus agresores. Y ya condenaron a las que se niegan a hacerlo. El escándalo actual sobre los medios de comunicación, y sus salas de redacción con acosadores, está en boca de todos porque el movimiento feminista, se le quiera o no reconocer, logró romper en algo los miedos de hace 20 y 30 años. Lo que no va a cambiar, por ahora, es el costo que implica hablar o quedarse en silencio. En las dos posiciones no hay mucho de dónde escoger porque solo quien ha afrontado el acoso y el abuso sabe qué es sentir el pecho estallarse de angustia o pasar largas noches sin dormir. Solo quien soporta a su victimario en silencio puede comprender la sensación, no de miedo, de terror que recorre el cuerpo y se queda ahogada en una náusea que parece no tener fin. Hablar o silenciarse implica lo mismo. La afectación emocional no se puede pesar en una balanza. La valentía tampoco, y no es más valiente quien habla que quien calla, porque hasta para silenciarse se necesita valor. Yo opté por hablar tras nueve largos años. Ese 9 de septiembre del 2009 nació No Es Hora De Callar. Esa frase no es EL TIEMPO, la casa periodística que me ha acogido. Ni es un eslogan publicitario o una campaña de marca. Es la voz de una mujer sobreviviente, de miles de mujeres sobrevivientes, de las que hablan y las que no. A quienes levantan el dedo para señalar y reclamar, reflexionen un momento qué han hecho para denunciar un solo caso o acompañar a una víctima. Y a quienes han tenido la posibilidad de frenar, de sancionar a un abusador y no lo hicieron, reconcíliense con su inevitable papel de cómplices. No Es Hora De Callar.
Sobre el acoso sexual
Jineth Bedoya Lima
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