Cristianismo y cristiandad
La pérdida de fuerza de la cristiandad no significa empero el fin del cristianismo.
Hoy,Viernes Santo, una de las fiestas más importantes del cristianismo, merece una reflexión respecto a dos conceptos que se entrelazan, pero que al mismo tiempo son diferentes: el cristianismo y la cristiandad. Y esta es una diferenciación importante, porque si bien es cierto que todo indica que la era de la cristiandad está en declive, eso no es cierto respecto al cristianismo, que sigue inspirando a una proporción importante de la población mundial, ya sea en su versión católica o evangélica. En Europa, aproximadamente entre 65% y 75% de los europeos aún se identifican como cristianos, a pesar de que en Chile el declive es mucho más pronunciado y en el último censo solo el 54% se declaró católico y el 16% evangélico.
El cristianismo es una religión basada en la fe en las enseñanzas de Jesús y se refiere a un conjunto de creencias, prácticas, doctrinas, textos sagrados como la Biblia y los Evangelios y, por lo tanto, es algo profundamente personal y espiritual. Cristo es una figura tan relevante en la historia de la humanidad que, de hecho, dividimos nuestra existencia entre antes y después de Cristo.
La cristiandad, por su parte, es una definición histórica de índole cultural que se refiere al conjunto de valores y creencias que han influido y moldeado la cultura y la sociedad occidental en los más diversos ámbitos: en sus leyes, hábitos, valores y creencias, marcadas por la fe en las enseñanzas de Jesús. De hecho, por mucho tiempo, la revelación, la Biblia y la palabra de Jesús contenida en los evangelios constituían un sistema social y cultural monolítico. La cristiandad, entonces, no se entendía solamente como una religión basada en la fe personal, sino como una fuerza cultural que determinaba las instituciones, las leyes, los valores éticos, la política, el arte y el conocimiento.
Es difícil entender cómo la experiencia del hijo de un carpintero, nacido en un pesebre en un pequeño pueblo del imperio romano, perseguido, humillado, y en un día como hoy, hace mucho más de 2.000 años, crucificado en un madero, pudo producir una revolución de la magnitud del cristianismo.
Su mensaje en ese momento era revolucionario. Proclamaba, por primera vez, la igual dignidad de todos los seres humanos ante los ojos de Dios, el valor de la vida, y ofrecía un mundo que no era para triunfadores y héroes, sino que amparaba principalmente a los débiles, a los niños, a los pobres y a los enfermos. El cumplimiento de las leyes y de las múltiples reglas estrictas, propias del judaísmo, vino a ser complementado y superado por el amor al prójimo, la compasión, el perdón y la misericordia, los cuales pasaron así a ser los deberes morales principales. Más aún, la religión cristiana pasó a ser universalmente aceptada en Europa como la fuente originaria para definir la diferencia entre el bien y el mal.
La cristiandad se expresó en muchos ámbitos diversos, desde la creación de universidades en Bolonia, París, u Oxford; fue la fuente de inspiración de gran parte del arte occidental, de la arquitectura de las catedrales góticas y de la música clásica. Esto no quiere decir que no haya representado también una época histórica con muchas tensiones y conflictos, propios de todos los fenómenos históricos.
Es evidente que algunas de las bases fundamentales de la cristiandad han sido severamente erosionadas con el surgimiento de la modernidad, el conocimiento científico, la secularización de los Estados, la ausencia de un acuerdo respecto de cómo y de acuerdo con qué criterios definir los principios éticos que deben inspirar a la sociedad, el relativismo moral, el pluralismo y la aceptación de la diversidad. La pérdida de fuerza de la cristiandad no significa empero el fin del cristianismo, que sigue siendo una religión vital, que inspira a una proporción importante de la humanidad.